Copa de la Reina | Ros Casares 76 - Breogán 57

El Ros Casares, de favorito a campeón

Las valencianas no tuvieron problemas para imponerse al Yaya María.

FELICES. Las chicas del Ros Casares hicieron buenos los pronósticos y estaban encantadas con su título.
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Sonó la bocina y estalló la alegría, abrazos, lágrimas, campeones, oé, oé, oé. Y los flashes de los fotógrafos y los aplausos y los tambores y un señor que se disfrazó de Wally, el que nunca se sabe dónde está y que estaba aquí. La Copa era enorme, brillante y, lo que es más importante, no se le caía la tapa. Todo envuelto por esa emoción contagiosa que atrapa incluso al tipo que vende las pipas y los huesitos. No se diferenciaba mucho de la gloria de otros deportes, de otras copas y de otros campeones. Todo sería igual, idéntico, si no fuera porque apenas media hora después, cuando las ganadoras salieron del pabellón, nadie las esperaba, ni fans, ni autógrafos, ni siquiera Wally.

Después de tres días de sentirse importantes, las estrellas se sumergían otra vez en ese medio anonimato que rompen unos cuantos seguidores irreductibles o la mirada del curioso que fija su atención al ver que una cabeza sobresale en Zara. Por eso no había nadie esperando fuera del pabellón. Porque los fans caben dentro, unos son familia y otros caras conocidas, gente de toda la vida a la que no da miedo abrazar, cómo pedir autógrafos entonces.

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Ganó el Ros Casares, por cierto. Para que hubiera sucedido otra cosa se hubiera tenido que dar una complicada carambola cósmica y ayer era San Hilario, que debe ser un santo poco milagrero. El equipo valenciano es el único totalmente profesional. Su estructura es más seria, tiene más dinero y mejores jugadoras. Así las cosas a Juan Corrales, entrenador del Yaya María de Lugo, le tocó hacer de capitán de una misión suicida que duró viva un cuarto. Y eso que Page, la pívot americana del Casares, no jugó, a pesar de que hasta última hora su club intentó que no fuera sancionada por hacer kick-boxing.

Toda la épica del torneo se agotó antes de la final. El último partido no fue sino un homenaje (otro) que se dio Shannon Johnson, mejor jugadora de la competición, Amaya Valdemoro (que ayer parecía prima de Drazen Petrovic) y el propio Francisco Ros Casares, el mecenas que tiene una discoteca con acuario y tiburón, un equipazo de baloncesto y una Copa enorme a la que no se le cae la tapa.

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