¿Por qué está lloviendo tanto? Los tres factores del colapso climático que han desatado la ‘tormenta perfecta’ en España
Durante décadas, el muro de aire de las Azores fue nuestro seguro de vida climático. Hoy, un Ártico que se calienta a velocidad de vértigo, y un Atlántico que parece una caldera han convertido nuestra geografía en un carril de aceleración para borrascas cargadas de una humedad desconocida.


En 1924, un meteorólogo británico llamado Gilbert Walker llegó a una conclusión que hoy nos parece obvia de tanto escucharla, pero que fue revolucionaria: cuando la presión sube en un lado del océano, baja en el otro. Lo llamó “Oscilación”. Walker no tenía satélites. Solo contaba con barómetros y paciencia, pero entendió antes que nadie que el clima no es un mapa estático, sino un juego de balancines. Hoy, un siglo después, parece como si alguien hubiera decidido saltar con todo su peso sobre el balancín de la Península Ibérica. Y el mecanismo ha empezado a crujir.
La seguridad climática de España siempre había tenido un nombre propio: el Anticiclón de las Azores. No era solo una letra “A” en el mapa del tiempo de la televisión; era un muro físico de aire pesado que se asentaba sobre el Atlántico central. Su función era la de un guardaespaldas: bloqueaba el paso a las borrascas que nacían en Terranova y las obligaba a subir hacia el Reino Unido y Noruega.
En 1928, el propio Gilbert Walker, el mismo que descubrió la Oscilación, ya observó que los inviernos con un anticiclón muy fuerte en las Azores coincidían con inviernos secos en la Península y húmedos en el Reino Unido. Una conexión que los modelos actuales confirman y que es conocida como la NAO (Oscilación del Atlántico Norte).

Pero el Anticiclón de las Azores ha cambiado de patrón habitual en los últimos años. Nature Geoscience publicó en 2022 que este sistema de altas presiones ha sufrido una expansión “sin precedentes en los últimos 1.200 años”. No es que se haya vuelto loco de forma aleatoria, es que el calentamiento global ha alterado su fisonomía. Al expandirse, el anticiclón desplaza y modula las trayectorias de las borrascas atlánticas, alterando el reparto tradicional de lluvias entre el sur y el norte de Europa. Además, se ha vuelto menos predecible en su extensión y persistencia.
Cuando este muro se debilita o se desplaza ligeramente, la Península queda desnuda. Sin ese escudo, España deja de ser una fortaleza y se convierte en un carril de aceleración. Lo que estamos viendo es que el anticiclón ya no siempre es capaz de frenar el tren de bajas presiones; ahora, ese flujo de humedad encuentra pasillos abiertos que lo conducen directamente hacia el sur peninsular, barriendo el Golfo de Cádiz con una insistencia que está rompiendo las estadísticas de este inicio de 2026.
Si el anticiclón es el muro, la Corriente en Chorro (el Jet Stream) es el motor que mueve las nubes. Es un río de aire que viaja a gran velocidad rodeando el hemisferio norte a diez mil metros de altura. Su fuerza depende de una sola cosa: de lo frío que esté el polo frente a lo cálido que esté el ecuador. Cuanta más diferencia de temperatura hay, más fuerte sopla el chorro y más recto es su camino.
El Ártico está ardiendo. Se calienta cuatro veces más rápido que el resto del planeta, un fenómeno que la ciencia llama “Amplificación Ártica”. Al disminuir la diferencia de temperatura, el Jet Stream ha perdido fuelle. Los estudios de las últimas décadas confirman que este viento se ha debilitado aproximadamente un 14% desde 1979.

Al perder velocidad, el chorro deja de ser un tren de alta velocidad y se convierte en una manguera sin fuerza que empieza a serpentear. Los meteorólogos llaman a esto “Ondulaciones de Rossby”. El chorro ya no corre, deambula. Y en su deambular, dibuja una “ese” gigante que, este año, se ha quedado encallada sobre España. Estamos en lo que se conoce como una vaguada persistente. Imagina un valle en el aire donde cae y se queda atrapado todo lo que viene del mar. Al ir más lento, la borrasca no pasa de largo en un día: se queda tres, cuatro o cinco, machacando la misma zona hasta provocar inundaciones. Existe un debate científico sobre si estos bloqueos son más frecuentes ahora, pero la física de la ralentización es incontestable.
Falta un tercer factor para crear una tormenta perfecta. La ecuación de Clausius-Clapeyron de la termodinámica dice que por cada grado Celsius que aumenta la temperatura del aire, este puede retener un 7% más de vapor de agua.
La subida de temperatura del agua en el Atlántico Norte está alcanzando niveles históricos. El primer semestre de 2025 ya fue el tercero más cálido jamás registrado, y la tendencia en este inicio de 2026 sigue marcando anomalías extraordinarias de temperatura en la superficie del mar. Eso provoca que las borrascas que nos llegan se hayan convertido en esponjas gigantescas que han absorbido una cantidad ingente de humedad del océano. Cuando ese aire cargado choca contra la orografía de la Península, la descarga es brutal. No es que llueva más veces, es que cada nube viene con el “turbo” de la humedad oceánica puesto.

Los números de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) para este periodo quitan el hipo. En amplias zonas del suroeste peninsular, los acumulados de este invierno ya duplican los valores medios históricos. Mientras la media para un enero y febrero normal rondaría los 180 litros por metro cuadrado en numerosas estaciones del sur, este año hemos visto registros que superan los 350 y 400 litros en puntos clave de Andalucía occidental. Es un 100% de superávit que el suelo, simplemente, ya no puede drenar.
Al mismo tiempo que España se convierte en el sumidero del continente, el resto de Europa vive la otra cara de la moneda. Aquí los embalses se desbordan, pero en el sur de Alemania y en partes del centro y este de Europa están registrando periodos inusualmente secos. En el norte, ciudades como Estocolmo o Copenhague han vivido semanas con temperaturas varios grados por encima de lo habitual por estas fechas. El mapa se ha dado la vuelta: el sur recibe el impacto directo del Atlántico mientras el norte se queda con el aire que sube desde latitudes tropicales. Es la paradoja de un mundo con el termostato averiado en el que la lluvia ha dejado de ser un regalo del cielo.
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