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Científicos soviéticos descubrieron hace medio siglo a una familia aislada en Siberia: uno de ellos sigue viviendo allí 

La familia conseguía sobrevivir cada invierno gracias a la caza, la pesca y la recolecta de verduras de sus propios huertos, con un estilo de vida casi medievo.

Científicos soviéticos descubrieron hace medio siglo a una familia aislada en Siberia: uno de ellos sigue viviendo allí 
Autor Descono
Marta Tejedor
Actualizado a

Un equipo de geólogos descubrió en el verano de 1978 un fenómeno extraordinario. Mientras exploraban el sur de Siberia montados en un helicóptero, el piloto se percató de algo que no debía de estar en esa zona: un jardín. Una pequeña parcela que había sido cuidada por alguien, aunque en ese momento no lograron avistar a ningún ser humano por los alrededores. El sur de Siberia puede llegar a temperaturas inferiores a los 70 grados y, a pesar de la amplia población que habita en las principales ciudades de Novosibirsk, Omsk o Krasnoyarsk, la vida en medio del bosque puede llegar a ofrecer condiciones casi insoportables para un ser humano.

No obstante, allí estaba, un huerto con su casa en medio del bosque al sur de Siberia. Una vez en tierra, el equipo de geólogos consiguió hallar la cabaña misteriosa a 16 kilómetros de distancia de donde habían aterrizado con el helicóptero. Allí les recibió la anciana Karp Osipovich Lykov, la matriarca de la familia, junto a sus dos hijas adultas, Natalia y Agafia. A seis kilómetros de distancia, junto al río, vivían los otros dos hijos de mediana edad de Karp, por el momento allí solo estaban ellas tres.

Los geólogos ofrecieron pan a las jóvenes, pero ninguna aceptó la ofrenda. “No se nos permite”, contestaban ellas con un vocabulario arcaico. La familia vivía alejada de la civilización, donde era casi imposible acceder desde los pueblos más cercanos. Sus únicos medios de supervivencia eran la caza, la pesca y la recolección de verdura de su huerto. Cerca de la cabaña cuidaban ganado como vacas y, a pesar de las bajas temperaturas, conseguían mantener bien cuidado su jardín y su huerto.

Por qué vivían en medio del bosque

La familia de Lykov provenía de los Viejos Creyentes, una secta cismática cristiana ortodoxa conformada después que sus antepasados rechazasen en el siglo XVII los cambios que proponía el patriarca Nikon, líder de la Iglesia Ortodoxa Rusa. A los rebeldes que se negaron a sus modificaciones se les conocería tiempo después como Viejos Creyentes, quienes apoyaban las enseñanzas tradicionales del cristianismo. Sus actos se consideraron como alta traición y durante años fueron perseguidos y torturados por la sociedad y la Iglesia.

Los Viejos Creyentes buscaban la pureza en un mundo marcado por el pecado. Para ello siguieron estrictas normas sobre la dieta (nada de pan), vestimenta y forma de vida. Muchos de ellos se refugiaron en el bosque para huir de las autoridades y, ante la ausencia de un sacerdote en su cultura como representante de Dios en la tierra, quienes se alejaban de la civilización podían seguir con su culto sin ningún problema. No fue hasta 1905, cuando el zar Nicolás II puso fin a la persecución religiosa y muchos volvieron de los bosques a los pueblos.

Hasta 1920, la familia Karp había vivido pacíficamente en una aldea de Viejos Creyentes, en la remota región de Altái, en el corazón de Asia Central, donde las montañas siberianas forman fronteras con China y Mongolia. Algunas familias, incluidos los Lykov, se asentaron río arriba, pero en 1932 se creó la Reserva Natural de Altai y se prohibió la caza y la pesca en la zona, actividades fundamentales para su subsistencia. Se les ofreció a las familias poder trabajar en la reserva, pero quienes se negaron tuvieron que abandonar el lugar tiempo después.

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Todo empeoró en la Segunda Guerra Mundial, las autoridades rastrearon el bosque en busca de desertores, pero nunca encontraron a la familia de Lykov. Después de 44 años, hasta la llegada de los geólogos, los Lyok solo fueron avistados una vez por un grupo de turistas. Con la llegada de los geólogos, la familia seguía considerando al patriarca Nikon como un verdadero villano y Pedro el Grande, un zar que prefería a los dioses occidentales, a quien culpaban de la poca información sobre las dos guerras mundiales que habían ocurrido años atrás. En la actualidad, Agafia, una de las dos hijas de Karp, sigue viviendo en su cabaña y varios turistas y creadores de contenidos la visitan para saber cómo es la mujer que vivió toda su vida sin pan y apenas algo de comida.

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