Del piano de Zelenski al reality de Trump: por qué la gente elige a actores, cómicos y showmen para gobernar países
Ronald Reagan se preguntaba “cómo alguien que no sea actor puede ser presidente”. Quizá tenía razón. De la frase lapidaria de Zelenski ante la CIA al “Rambo” de Filipinas, la política moderna ha dejado de ser una gestión de datos para convertirse en puro teatro.


En Hollywood, Ronald Reagan solo era un actor del montón, pero en Washington se convirtió en una superestrella. Hay una anécdota que lo define: en 1984, durante un debate, Walter Mondale, su rival, le soltó que era demasiado viejo para el cargo. Reagan, que tenía 73 años, respondió sin pestañear y con el timing de un cómico de Las Vegas: “No voy a convertir la edad en un tema de campaña. No voy a explotar, por razones políticas, la juventud e inexperiencia de mi oponente”. Mondale, que tenía 56, se rió, el público estalló en carcajadas y Reagan ganó 49 de los 50 estados. Sabía que, en política, si haces que la gente se ría contigo, ya te has ganado su voto.
Reagan gobernaba con el visor de la cámara pegado al ojo. El escritor Gary Wills lo definió mejor que nadie: decía que Reagan era “un actor que interpretaba a un presidente que interpretaba a un presidente”. Su responsable de imagen, Michael Deaver, confesó años después que la agenda diaria de la Casa Blanca incluía más tiempo para preparar las fotos y la iluminación que para discutir políticas. Cuando fue elegido, los puristas se echaron las manos a la cabeza, pero él les cerró la boca con una frase de guion de cine: “A veces me pregunto cómo alguien que no sea actor puede ser presidente”. No era una broma. Él sabía que el Despacho Oval es el decorado más caro del mundo y que lo importante no es el memorándum de trescientas páginas, sino la pausa dramática antes de decir: “Señor Gorbachov, derribe este muro”. Y para que lo derribara no necesitó a Arnold Schwarzenegger, que años después sería gobernador de California.
Si hablamos de guiones imposibles, lo de Volodímir Zelenski roza la ciencia ficción. Antes de ser presidente de Ucrania, Zelenski se ganaba la vida doblando al oso Paddington y ganando la edición local de Mira quién baila. Era un tipo que salía en la tele haciendo parodias donde tocaba el piano con sus partes nobles. No es broma, está en YouTube. Su gran jugada fue una serie, Servidor del Pueblo, donde interpretaba a un profesor que acababa siendo presidente por un vídeo viral.
Zelenski fundó un partido con el nombre de la serie y arrasó con el 73% de los votos. Muchos pensaron que Ucrania había elegido a un payaso, pero cuando los tanques rusos asomaron por la frontera y la CIA le ofreció un avión para escapar, pronunció el mejor diálogo de su vida: “No necesito que me lleven, necesito munición”. En ese segundo, el actor se comió al personaje. Es el ejemplo perfecto de cómo un profesional de la escena sabe, mejor que nadie, cuándo hay que dar un golpe de guion que deje al mundo pegado al asiento.
Cruzando el mapa, en Filipinas, Joseph Estrada fue el “Rambo” de los barrios bajos. Le llamaban “Erap” y en sus más de cien películas siempre era un tipo humilde que defendía al pobre a puñetazo limpio. En 1998, los filipinos eligieron al héroe que les había salvado en el cine durante treinta años. Ganó por goleada, pero la gestión real no tenía especialistas para las escenas de riesgo. Intentó gobernar a base de carisma y populismo, pero acabó destituido por corrupción tras una revuelta popular.
Japón rompió sus férreos protocolos políticos con Junichiro Koizumi. Fue el primer político nipón que entendió que la política es puro espectáculo. Era un fanático obsesivo de Elvis Presley, hasta el punto de grabar un disco de grandes éxitos con sus canciones favoritas. Sus mítines parecían conciertos de rock y su melena rebelde era un desafío a los trajes grises de Tokio. En junio de 2006, durante una visita oficial a EE. UU., fue con George W. Bush a Graceland y se puso a cantar I Can’t Help Falling in Love mientras imitaba los movimientos de cadera de Elvis ante una estupefacta Lisa Marie Presley.
Y qué decir de Jimmy Morales en Guatemala. El tipo era un cómico que llenaba teatros con ‘Neto’, un campesino ingenuo que quería mandar. La gente estaba tan harta de la corrupción que prefirieron votar al que les hacía reír. Su lema fue demoledor: “Ni corrupto, ni ladrón”. Morales demostró que un monólogo en hora punta vale más que un millón de folletos. Ganó, claro. Pero el aterrizaje fue forzoso. Al final, ser el “antipolítico” parece genial hasta que te das cuenta de que el Estado no es un programa de monólogos.
Incluso Donald Trump fue la estrella de The Apprentice antes de poner el mundo del revés. Debió gustarle una barbaridad, porque luego trasladó la lógica del reality show al Despacho Oval. Sabe que en televisión el único pecado mortal es ser aburrido. Cada tuit y cada despido en directo en el programa eran memes para el día siguiente, y ahora los sigue haciendo igual desde el plató de la Casa Blanca, donde sigue gobernando como si tuviera una cámara siempre encendida. Parece convencido de que el votante no quiere programas electorales, sino un espectáculo donde el bueno, que siempre es él, mande al malo a casa con música de tensión.
Si rascamos en la historia, aparece el dramaturgo Václav Havel en la República Checa. Escribía teatro absurdo mientras los tanques soviéticos vigilaban su calle. Cuando cayó el comunismo, acabó dirigiendo un país desde el Castillo de Praga. Havel entendía el poder como una extensión de la cultura. Llegó a nombrar a Frank Zappa “embajador de buena voluntad” para el comercio checo. Estados Unidos protestó formalmente porque Zappa estaba en una lista negra por ironizar sobre la censura americana, pero Havel, con una media sonrisa, lo mantuvo en el puesto. Havel decía que la política es “el arte de lo imposible”. Tenía razón: pasó de ser un disidente con el jersey raído a ser el jefe de Estado que devolvió la democracia sin pegar un solo tiro.
Al final, la política y el espectáculo son primos hermanos. Todos queremos que nos hagan sentir que formamos parte de algo grande. Por eso votamos al que mejor la interpreta, al que nos hace reír o al que nos promete un final feliz. El problema llega cuando se encienden las luces de la sala, el actor se queda solo en el escenario y descubre que los problemas no se borran con aplausos y que la realidad siempre se guarda un giro inesperado para el último acto.
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