Ciencia

Rafa Abella, el sismólogo español que vive al pie de un volcán en la Antártida: “Me encantaría vivir una erupción en Isla Decepción”

El sismólogo atiende a Diario AS desde la Antártida donde nos cuenta sus tres décadas de experiencia e investigación científica en la isla Livingston.

Rafa Abella, el sismólogo español que vive al pie de un volcán en la Antártida: “Me encantaría vivir una erupción en Isla Decepción”
IGN
Laura Martin Sanjuan
Redactora de Actualidad
Cosecha del 81. Licenciada en Periodismo. Desde 2017 en Diario AS. Si hay un directo, estará tecleando. Sino, estará buscando una entrevista, un destino por descubrir o un personaje al que conocer.
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Base Juan Carlos I, Isla Livingston (Antártida). El viento corta la respiración, el hielo cruje bajo las botas y, a pocos kilómetros, la tierra tiembla con el pulso de un volcán activo. Así transcurre el día a día de Rafa Abella (Madrid, 1968), sismólogo del Instituto Geográfico Nacional (IGN), uno de los máximos responsables de la vigilancia volcánica española en la Antártida. Ha estado 14 campañas durante los últimos 30 años viniendo al continente blanco. “La primera vez que vine fue en el 95/96”, recuerda. “Nunca pensé que podría volver tantas veces. Es un privilegio”.

Hoy conversamos con él desde la isla Livingston, aunque gran parte de su trabajo se desarrolla en isla Decepción, uno de los volcanes activos más singulares del planeta. Allí, Abella y su equipo han levantado una nueva red de vigilancia que, según él, “puede ser una de las mejor monitorizadas del mundo”.

Rafa Abella, el sismólogo español que vive al pie de un volcán en la Antártida: “Me encantaría vivir una erupción en Isla Decepción”
La red de vigilancia envía datos a Madrid 24/7.IGN

Un laboratorio natural: la vigilancia de un volcán antártico

Decepción es un volcán vivo cuya última erupción importante fue en 1967 y la otra en 1970, destruyendo bases chilenas e inglesas. “Geológicamente, cincuenta años no son nada. El volcán puede reactivarse en cualquier momento”, explica Abella. La vigilancia que realizan se basa en tres pilares científicos:

Sismología: Escuchar la tierra. “Siempre les digo a los chavales que hacemos como los indios en las películas”, bromea. “Ellos ponían la oreja en el suelo para saber si venían los vaqueros. Nosotros ponemos un micrófono, un sensor, se llama geófono, y así detectamos cualquier movimiento del magma”. La red sismológica, que han ampliado campaña tras campaña, permite registrar terremotos ínfimos y obtener señales en tiempo real gracias a las nuevas comunicaciones basadas en Starlink que permiten enviar a la sede del IGN en Madrid. “Eso nos da una tranquilidad enorme”.

Deformación del terreno. Mediante estaciones GNSS, los clásicos GPS, observan si la isla “respira”, si se hincha o se deforma por presión interna. En ocasiones, estas anomalías han sido el primer aviso antes de una reactivación volcánica.

Geoquímica. Miden gases, temperaturas, acidez de aguas y composición de fluidos. “Si asciende el magma, se podría observar en esos parámetros”, explica. Es la misma metodología que el IGN aplica en Canarias, en los Campos de Caltrava y los volcanes de Olot.

Una red científica de nivel internacional

España es uno de los pocos países con presencia en isla Decepción en el verano austral. Allí conviven la base Gabriel de Castilla, del Ejército de Tierra, y el equipo científico del IGN. Siempre juntos. También colaboran con Argentina, que mantiene una mini-red sísmica propia. “Ellos tienen bastantes problemas técnicos; trabajamos juntos, pero el 80% de la instrumentación es española”, señala Abella. El flujo de datos llega 24/7 a Madrid, donde un equipo de guardia analiza cualquier cambio de actividad. “Si algo ocurre, somos nosotros quienes debemos avisar al Comité Polar, que es quien tiene la responsabilidad política de actuar”.

Rafa Abella, el sismólogo español que vive al pie de un volcán en la Antártida: “Me encantaría vivir una erupción en Isla Decepción”
Movimientos sísmicos durante los últimos 90 días monitorizados por el IGN.IGN

El reto de montar un observatorio en uno de los lugares más hostiles del planeta

Abella ha sido testigo de la evolución de la presencia científica española en la Antártida. Recuerda sus primeros años con una mezcla de sorpresa y nostalgia. “Veníamos con 20 cajas, montábamos durante tres semanas y luego desmontábamos todo. No sabíamos si al año siguiente podríamos volver”.

Todo cambió tras la visita del entonces ministro Pedro Duque y responsables del Ministerio de Ciencia. “Se dieron cuenta de que España tenía un problema: ¿cómo no estaba el IGN aquí? Desde entonces nos han dado continuidad y medios”. Hoy cuentan con una infraestructura estable, comunicaciones robustas y equipos de última generación. “Cuando me lo dicen, no me lo creo. Hemos podido construir una red nueva desde cero”.

Rafa Abella, el sismólogo español que vive al pie de un volcán en la Antártida: “Me encantaría vivir una erupción en Isla Decepción”
Rafael Abella trabaja para el IGN desde la Antártida.IGN

De El Hierro a La Palma: vivir una erupción en primera persona

La experiencia acumulada en Canarias les guía en la Antártida. “Con El Hierro vimos cómo se movía el magma, cómo los terremotos empezaron en el norte y acabaron en el sur. Tres meses antes ya sabíamos que algo iba a pasar”, recuerda. Y sobre el volcán de La Palma, afirma:“Estuvo tres años avisando. Fue un volcán muy bien vigilado”.

¿Le gustaría vivir una erupción en Decepción? “Sí, claro. Una erupción es un acontecimiento. Estamos preparados. A 6 o 7 kilómetros, sería prudente, salvo que haya interacción del magma con el agua. Pero estamos aquí para esto”.

Ciencia para el futuro, y para la sociedad

Además de la vigilancia diaria, Abella destaca la importancia de la divulgación. Desde la base conectan con colegios e institutos españoles casi a diario. “Es parte de nuestra misión. Aquí siempre hay un militar o un científico explicando lo que hacemos”. Los datos que recogen (incluidos los sonidos de glaciares, rupturas de hielo e incluso cantos de ballenas, que sus equipos captan sin querer), después de ser analizados, se ponen a disposición en el Centro Nacional de Datos Polares, para que otros investigadores puedan también realizar estudios diveros.

Pero el IGN tiene un objetivo claro: “Nosotros somos un servicio. Necesitamos datos en tiempo real para decir si puede haber una erupción dentro de tres meses. La investigación va de la mano, pero nuestra prioridad es proteger”.

Tres décadas después: ¿qué queda por descubrir?

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En los últimos 30 años en la Antártida, Abella ha visto cambiar el clima, las banquisas y la tecnología, pero hay cosas que permanecen: la incertidumbre, la belleza extrema, la sensación de estar al borde del mundo. “Siempre pensé que cada viaje sería el último. Y ahora quiero venir todo el tiempo que pueda. Es una experiencia única. Un privilegio”.

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