Ciencia

Llevaron millones de abejas para salvar el Sáhara y acabaron derretidas: la solución para frenar el desierto acabó siendo la geometría

El Sáhara ha resistido múltiples proyectos para detener su expansión. Una solución basada en la forma del suelo ha dado nuevos resultados.

Llevaron millones de abejas para salvar el Sáhara y acabaron derretidas: la solución para frenar el desierto acabó siendo la geometría
Jaime Esteban
Redactor en As América
Nació en Zamora en 2004. Es estudiante de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid y este es su primer trabajo en el mundo de la comunicación. Llega como becario a Diario AS en 2025, y es parte del equipo de AS América.
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El desierto del Sáhara es uno de los lugares más extremos del planeta. Aunque bajo su superficie existan lagos y grandes reservas de agua, las condiciones de la arena lo convierten en un entorno casi imposible para la vida. En algunos momentos del año, el suelo puede alcanzar temperaturas superiores a los 70 grados, lo que dificulta tanto la supervivencia de los seres vivos como cualquier intento de intervención humana.

Durante años se pusieron en marcha proyectos para frenar la expansión del desierto, pero la mayoría no prosperó. La plantación masiva de árboles como muro verde fracasó porque los brotes no resistieron el calor, la rápida pérdida de humedad y la dureza del terreno. Tampoco funcionaron las colmenas introducidas con fines ecológicos, ya que las altas temperaturas derritieron la cera y destruyeron los panales, provocando la muerte de las abejas.

Estos intentos fallidos llevaron a una conclusión. El problema principal no era solo la falta de agua, sino el estado físico del suelo. La superficie del Sáhara se ha vuelto compacta e impermeable tras décadas de sol intenso y uso excesivo, lo que impide que la lluvia penetre y favorece la erosión cuando el agua escurre.

Un cambio de enfoque basado en el terreno

Investigadores y comunidades locales comenzaron a aplicar una técnica sencilla basada en la forma del terreno. Se crearon pozos en forma de media luna orientados contra la pendiente para frenar el agua de lluvia, permitir que se acumule y romper la capa dura del suelo, facilitando así que la humedad se filtre hacia capas más profundas.

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Dentro de estas cavidades la temperatura es notablemente más baja que en la arena expuesta, lo que reduce la evaporación y ayuda a conservar el agua. Este proceso permite el regreso de pastos, insectos, aves y árboles autóctonos que habían permanecido latentes.

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