¡Por fin! Legaron los picks de las Finales de Conferencia de la NFL 2025
Por primera vez en 14 años, la NFL tiene cuatro equipos distintos en los juegos de Conferencia respecto a la campaña anterior


Hay una viscosidad distinta en el dolor que se cocina a fuego lento. La ciencia, en su afán por explicar todo lo que nos desborda, dice que las lágrimas emocionales, bautizadas en la academia como las psicógenas, son más densas que las que aparecen cuando cortamos cebolla o cuando el viento nos golpea la cara. Tienen más proteínas, son más pesadas. Están diseñadas para la pausa; resbalan por la mejilla con una lentitud deliberada, como si quisieran darnos tiempo a que alguien más note que nos hemos roto. Son, en esencia, un mensaje que el cuerpo envía cuando las palabras se quedan sin aliento.
El sábado por la noche, bajo las luces de una sala de prensa, vimos esa densidad en el rostro de Josh Allen. No era el Superman que suele saltar sobre defensivos de 100 kilos, era un hombre de carne y hueso, con los ojos empañados, pidiendo perdón por una deuda que Buffalo parece condenado a no liquidar. Sus cuatro entregas de balón contra Denver fueron disparos en el pie, un dolor demasiado familiar en Buffalo, donde las alitas se sirven picantes y las lágrimas se beben amargas.
Ser aficionado a los Bills es una prueba de resistencia emocional. Lo sé porque lo soy. Mi historia con Buffalo empezó lejos de Orchard Park, a miles de kilómetros, viendo perder el último de aquellos cuatro Super Bowls consecutivos. Yo era un niño con noción limitada del mundo, pero suficiente para entender la tristeza. Ese dolor se me quedó pegado. Desde entonces, mis más grandes cicatrices emocionales dicen “Made in Buffalo”. Somos el primer equipo en la historia en caer tres veces consecutivas en playoffs por tres puntos o menos. Una lamentable estadística que se une a la colección de tragedias griegas escritas con el pie de Scott Norwood.
Las lágrimas de Allen fueron tan espesas que alcanzaron a Terry Pegula, el dueño del equipo. No fue un análisis de video lo que sentenció al head coach Sean McDermott. Fue el mensaje social de ese llanto. Cuando tu líder se rompe así, el sistema ya no aguanta más remiendos. Sin mirar mucho al pasado, Pegula despidió a McDermott, el hombre que arrancó de raíz la cultura perdedora de la organización, pero que no fue capaz en nueve años de llevar al equipo al gran juego, ni contando con Superman.
Pero la NFL es una máquina que no sabe de lutos. Mientras en Buffalo limpian los restos de la tragedia, el calendario nos arroja a unas Finales de Conferencia que son un espejo de la misma narrativa de la temporada. Por primera vez desde 2011, tenemos a cuatro equipos nuevos en esta instancia. No hay rastro de los protagonistas del año pasado. Sólo quedan los supervivientes de una postemporada que ya suma 15 cambios de liderato en el último cuarto, una cifra inédita que explica por qué nuestras glándulas lagrimales están trabajando tiempo extra.
Este domingo, la geografía del éxito se traslada a las alturas de Denver y al ruido ensordecedor de Seattle. En la AFC, los Patriots visitan a unos Broncos que parecen haberle robado el destino a Buffalo. En la NFC, los Rams viajan al norte para medir fuerzas contra los Seahawks. Estamos ante el choque de las tres mejores ofensivas contra tres de las cuatro mejores defensivas de la liga. Es el equilibrio perfecto antes del caos.
Muchos desprecian el llanto. Lo llaman vulgar, melodramático o una debilidad de la que hay que “reponerse” para seguir produciendo. Se equivocan. Llorar es el reflejo de lo que nos importa. Y en este deporte, donde la gloria se decide por centímetros o una decisión arbitral que desafía la lógica, la lágrima es el único testimonio honesto que nos queda.
So Josh Allen throws 2 INTs, fumbles 3 times, loses 2 and the world mourns his heartbreak but if Lamar Jackson throws an INT and fumbles once he's a choke artist? Did I get this narrative right? pic.twitter.com/85SWNbCXxb
— Lombardi Party of One (@RSRLombardi) January 18, 2026
Juegos de la semana
Patriots (-5.5) en Broncos:
Hay estadios que guardan ecos, y el Empower Field at Mile High es una catedral de fantasmas para los New England Patriots. Hace 10 años, este mismo escenario albergó el último gran baile entre Tom Brady y Peyton Manning; hoy, la escenografía es idéntica, pero los actores han cambiado de piel. Los Patriots llegan como favoritos, una rareza estadística para un visitante en Denver, pero la lógica de las apuestas no se alimenta de nostalgia, sino de la cruel realidad médica. El tobillo de Bo Nix se quedó en la ronda divisional y, con él, gran parte de la mística de estos Broncos.
La narrativa de este domingo se centra en Jarrett Stidham, un hombre que conoce bien los pasillos de Foxborough. Seleccionado por los Patriots en 2019 como el heredero aparente de Brady, Stidham se encuentra ahora ante el partido de su vida, pero con un óxido preocupante: no ha lanzado un pase en condiciones reales desde 2023. El destino tiene un sentido del humor retorcido al ponerlo frente a Drake Maye, el fenómeno de segundo año que ha devuelto a Nueva Inglaterra a su hábitat natural por decimosexta vez en la historia. Maye viene de domar la tormenta frente a Houston, lanzando tres touchdowns bajo la nieve y demostrando que su brazo es inmune al clima. Este jueves fue nombrado en el grupo de candidatos al premio MVP.
Mike Vrabel, quien ya sabe lo que es levantar el Lombardi como soldado de Belichick, busca ahora la gloria desde el pedestal del estratega. Podría convertirse en el octavo entrenador en la historia en llevar a su equipo al Super Bowl en su primera temporada. Sin embargo, Denver es un territorio donde los porcentajes de victoria suelen morir. Los Broncos ostentan un récord de 8-2 en finales de conferencia, el más alto de todos los tiempos. Tienen el antídoto histórico: un 4-1 en postemporada contra los Patriots, incluyendo aquellas amargas derrotas para New England en 2013 y 2015.
Nueva Inglaterra busca ser el quinto equipo desde 2003 en completar el milagro. Del sótano de la división al Super Bowl en un sólo invierno. Pero para lograrlo, deberán evitar las pérdidas de balón que casi hunden a Maye la semana pasada y rezar para que la defensa de Denver, la cuarta mejor de la liga, no encuentre en Stidham un gestor eficiente. En las alturas de Colorado, donde el oxígeno escasea y la historia pesa, los Patriots intentarán demostrar que su linaje es eterno, incluso con un nuevo rey al mando.
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Rams en Seattle (-2.5):
El Lumen Field o como sea que el marketing decida llamar hoy al manicomio de Seattle será el escenario de una de las finales de conferencia más eléctricas de la última década. Es un duelo de espejos deformantes: la mejor ofensiva de la NFL contra la mejor defensiva. Los Rams, con el brazo potente de Matthew Stafford y el veneno de Davante Adams y Puka Nacua, promedian 30.5 puntos por partido. En la otra esquina, los Seahawks de Mike Macdonald permiten apenas 17.2. Es la tercera vez desde la fusión de 1970 que los números uno de ambos lados del balón se citan para decidir quién viaja al Super Bowl.
La trama personal es irresistible. Sam Darnold, el quarterback de las mil vidas, tiene la oportunidad de redimirse ante sus verdugos. Los Rams lo han martirizado con nueve capturas en los playoffs pasados y cuatro intercepciones en la Semana 11 de esta temporada. Sin embargo, Seattle es un equipo que se alimenta del caos. Ya remontaron 16 puntos ante Los Ángeles en diciembre para ganar en una prórroga delirante. Pero el factor psicológico más punzante tiene nombre y apellido: Cooper Kupp. El hombre que fue el MVP del Super Bowl con los Rams ahora viste el azul de los Seahawks, buscando unirse al selecto club de leyendas que eliminaron al equipo que los hizo inmortales.
Sean McVay, que cumplirá 40 años el sábado previo al juego, se enfrenta a Mike Macdonald (38) en un duelo de mentes brillantes que rejuvenece la liga. Los Rams buscan ser el quinto equipo comodín en la era moderna en llegar al gran domingo, apoyados en una racha de cuatro victorias consecutivas en finales de conferencia desde 1999. Pero Seattle, el primer clasificado, viene de desmantelar a los 49ers con una paliza de 41-6 que envió un mensaje de terror a toda la NFC.
En la NFL, los enfrentamientos divisionales en esta instancia tienen una regla no escrita. Desde 2002, el ganador de la división ha ganado cuatro de cinco veces, y ese equipo siempre terminó levantando el Super Bowl. Seattle tiene la localía y la defensa, pero los Rams tienen a Stafford, un veterano que sabe que en los momentos de máxima presión, la precisión vale más que el volumen de ruido. En la ciudad de la lluvia, las lágrimas de alegría se mezclarán con el sudor de una batalla que promete ser un clásico instantáneo.
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