Juego usado, online pagado

La actual generación sigue afianzando las numerosas injusticias con los aficionados por las que tristemente pasará a la historia. La última gran infamia, que por desgracia ya se quedará con nosotros para siempre, es el llamado online pass, o el boicoteo sistemático al mercado de segunda mano.

A pesar de que este humilde servidor de ustedes lleva ya varios años especializándose en la redacción de textos retro, no solía considerarme un nostálgico radical hasta hace bien poco. Siempre me han gustado los juegos del pasado, sí, pero con la misma fuerza y pasión con la que también me interesaba por los títulos del presente. Sin embargo, esta generación actual, caracterizada por el salto a la alta definición y la definitiva implantación del online en las consolas, me está convirtiendo en un retro gamer radicalizado a base de ofrecerme sinsabores, injusticias e incluso afrentas varias, hasta el punto de hacerme ver que ésta será la primera generación que ni mucho menos recordaré con cariño en un futuro próximo, sino más bien con una gran tristeza y un sentimiento de pérdida que me temo ya será irrecuperable.

Y es que tras comenzar en esto con una Atari 2600 y un buen número de aquellas míticas Game & Watch que inundaban los bazares y relojerías de la España de principios de los 80, para luego dar el salto a los 16 bits de la mano de un Atari ST (la generación de los 8 bits acabé saltándomela, ya que transcurrieron muchos años hasta que pude convencer a mis progenitores para que me compraran una nueva plataforma con la que sustituir a la Atari 2600), pasando después a la mítica PlayStation y posteriormente a su no menos legendaria heredera PlayStation 2, enfocaba esta generación actual con bastante incertidumbre, aunque era una incertidumbre no exenta de esperanza. Tras una toma de contacto inicial durante la generación de los 128 bits, la red de redes echaba al fin raíces en el mundo de las videoconsolas. Ése era el cambio más significativo, aunque además irrumpían otras novedades también dignas de mención como la llegada de la alta definición y el abaratamiento sistemático de esas grandes pantallas planas que sustituían a los orondos televisores de toda la vida, lo cual me permitió sustituir el vetusto (y sin embargo entrañable) televisor cuadrado de 14 pulgadas que me había acompañado a lo largo de tres generaciones lúdicas por una flamante y enorme pantalla panorámica de 32 pulgadas.

Así, teníamos el esperado salto tecnológico que conlleva toda nueva generación, junto a la significativa mejora visual que suponían las nuevas pantallas HD. ¿Y qué pasaba con el online? Todo era una gran incógnita, un territorio virgen e inexplorado para los consoleros. Las compañías prometían maravillas sin fin. Nos regalaban los oídos con el concepto de juegos distribuidos digitalmente, los cuales serían significativamente más baratos que los títulos llegados en formato físico ya que se abaratarían multitud de costes como podían ser la fabricación de materiales (caja, instrucciones, disco de juego…), no tener que tratar con distribuidores, la eliminación de las tiendas físicas como último eslabón de la cadena, etc. También se nos prometieron videojuegos cuya vida útil se alargaría hasta el infinito y más allá, dado que las compañías seguirían apoyando dichos productos con el lanzamiento de nuevo contenido descargable como personajes extra, niveles extendidos, mapas multijugador… En definitiva, las promesas fueron muchas; finalmente, y como todos ya sabemos, no se cumplió ninguna, o al menos no de la manera en que todos creíamos que lo harían.

Así, las compañías han usado esta definitiva implantación de Internet en las videoconsolas para saquear los bolsillos del usuario a base de ofrecer a precio de oro fondos de escritorio, avatares para nuestros perfiles, inconclusos juegos en formato físico que nos obligan a pasar por caja una y otra vez para poder obtener una experiencia completa, cuotas mensuales para poder jugar online, absurdas medidas anti usuario (porque para luchar contra la piratería de poco o nada sirven) como el DRM… Pero lo que ha desbordado el vaso del absurdo, lo que ha hecho que el abajo firmante haya perdido toda esperanza de que la industria recupere la cordura, ha sido sin duda el llamado online pass. Con él, estas compañías que ya no saben qué hacer para sacar el dinero a los usuarios han decidido acabar con el mercado de segunda mano, continuando con una actitud voraz e insaciable que parece no tener fin.

Sí, de acuerdo, no nos engañemos, esto es un negocio. Las compañías no están aquí por amor al arte, sino para ganar dinero. Pero, ¿a qué precio? ¿Dónde está el límite? Con el online pass ahora pretenden arrebatarnos el mercado de segunda mano, argumentando que hace más daño a la industria que la propia piratería (probablemente la falsedad más salvaje y absurda que jamás se haya dicho desde que el videojuego es videojuego). Con la compra-venta de segunda mano, los únicos que ven beneficios son las tiendas físicas, no las compañías. Eso es un hecho, aunque, ¿no han podido Ubisoft, Electronic Arts, Sony y la legión de compañías que se suman en cada vez mayor número a esto del online pass pensar que el dinero que un jugador recibe al vender un juego puede ser usado para comprar un título nuevo? ¿O que comprar un título de segunda mano, solo porque estaba a buen precio, solo para probar, puede hacer que a dicho usuario le guste la licencia y ya a partir de entonces acabe adquiriendo las sucesivas entregas de la saga de primera mano?

No es mi intención con esta columna la de defender a las tiendas físicas, principales perjudicadas, junto a los usuarios, con esto del online pass. Y no lo voy a hacer porque los precios de los títulos que suelen ofertar de segunda mano son a todas luces injustificados en no pocas ocasiones, hasta el punto de que hoy día comprar un título usado nos puede incluso salir más caro que adquirir un juego nuevo al tener que pagar esos 10/20 euros extra del online pass que nos permitirá acceder al contenido que solo el poseedor original del juego pudo desbloquear (que no descargar) gratuitamente. Tan solo me pregunto: ¿No forman las tiendas físicas parte de la industria, al igual que las compañías? ¿Por qué este ataque sin cuartel a la segunda mano, ahora, en esta generación, ya sea con códigos de un solo uso o con asuntos tan polémicos y absurdos como la única partida grabable e imborrable del Resident Evil de 3DS? ¿Por qué seguir lanzando piedras a la frente de tiendas y usuarios cuando estos dos elementos también forman parte de los engranajes que mueven y mantienen a la industria? ¿Es que el online en consolas no puede servir para otra cosa que no sea dar disgustos a los jugadores o dejar sus bolsillos vacíos?

En fin, sea como fuere, está claro que ya no hay vuelta atrás. Ojalá la hubiera. Ojalá Nintendo, Microsoft o Sony ofrecieran a sus cansados y explotados usuarios la posibilidad de comprar sus próximas consolas sin el condenado online por bandera. De ser así, yo gritaría a los cuatro vientos aquello de 'Shut up and take my money!' y firmaría sin dudarlo. ¿Videojuegos que ofertan única y exclusivamente lo que se incluye en el disco, libres por lo tanto de DLCs, pases online, desbloqueo de contenido y parches metidos a posteriori para tratar de arreglar lo que no debería estar roto? ¿Juegos de segunda mano que puedo comprar sin tener que preocuparme de cuánto más tendré que pagar para disfrutar de la experiencia completa? ¿Una videoconsola que no perderá casi toda su razón de ser cuando quede desfasada y cierren sus servidores? En esta ocasión, al menos, sí que puedo decir que tiempos pasados fueron muchísimo mejores; y es que todo lo que acabo de enumerar era algo que sí tenían las generaciones anteriores, algo que se ha perdido para siempre jamás tanto en la generación actual como en todas las que habrán de venir.