Avaricia en fascículos
El mercadeo de juegos en porciones está suscitando la queja airada de no pocos aficionados a los videojuegos. Sin embargo, todo indica que el auge de esta práctica está lejos de terminar. Afortunadamente, nos queda a los consumidores el derecho a la pataleta, y la potestad de decidir qué descargas adquirimos.
La avaricia es, junto a la pereza, la ira, la envidia, la soberbia, la lujuria y la gula, uno de los pecados capitales y se considera, con los dos últimos, uno de los llamados "pecados de exceso". Aunque en su concepción cristiana la avaricia designa específicamente el ansia desmedida por la adquisición de riquezas, es oportuno aplicarla también a otras realidades. Ya que quien comete tal pecado a menudo también acepta sobornos, incurre en la traición, el egoísmo, la deslealtad, el engaño, el robo o incluso el asesinato. Más allá del marco de la rígida moral impuesta por las enseñanzas del cristianismo y el catolicismo, cualquier persona con una mínima ética, profese la fe que profese, si es que profesa alguna, condenará la actitud de quienes procuren amasar dinero por todos los medios y no persigan otro fin que el propio lucro.
Recientemente estamos asistiendo, no sin reparos y quejas airadas que han hallado eco en prácticamente todas las comunidades de jugones, a la ejecución de una política editorial por parte de estudios de desarrollo y empresas distribuidoras consistente en expandir no ya la vida útil de un juego, sino su rentabilidad, más allá del momento de la venta del título en cuestión. El brindar soporte a los compradores de productos populares ofreciendo ocasionalmente expansiones para ciertos videojuegos es un mecanismo de producción que ha servido para satisfacer a los fanáticos que ansiaban poder disfrutar de nuevas aventuras de sus personajes favoritos, y cabe destacar que estos añadidos han supuesto, hasta ahora, un producto bastante minoritario y que, por lo general, ha sido bien recibido por el consumidor cuando ha reunido la calidad suficiente.
Sin embargo, nos econtramos actualmente con una especie de fiebre que aprovecha la existencia de plataformas mainstream de distribución digital, como Xbox Live, PlayStation Network, Wiiware o Steam, para contemplar el futuro lanzamiento de adiciones desde el mismo momento de la concepción de un videojuego. Lo que no es necesariamente malo, pero ha terminado por suponer un menosprecio hacia el interés y los derechos de los videojugadores. Algo que desde MeriStation debemos denunciar, y que se traduce en la aparición de contenidos de descarga que no son más que códigos de desbloqueo de fragmentos de un juego que se encuentran ya en el disco que en su momento adquirimos, o de capítulos extraídos de la obra original y que son distribuídos separadamente con el objetivo de que su venta suponga mayores ingresos a las arcas de las empresas de desarrollo y producción de productos de ocio digital. Un atropello en toda regla a los intereses del consumidor.
Mi actitud personal como videojugador no es a priori contraria a los llamados contenidos descargables. De hecho, soy de los que ha descargado el modo Versus de Resident Evil 5, que es poco más que un código de desbloqueo para un apartado que creía que iba a ser tan adictivo y trepidante como Mercenaries (craso error) y hasta todos los trajes alternativos de Street Fighter IV, un añadido que es completamente accesorio, que ni mejora la jugabilidad del juego ni aumenta ninguna de sus características, un mero complemento estético que probablemente sólo los mayores apasionados de este gran arcade de lucha habremos comprado. Sin duda estos son ejemplos de expansiones triviales, que pueden interesar a un público limitado, y quien pasa por caja lo hace a sabiendas de qué va a encontrarse. No obstante, Ubisoft acaba de lanzar dos episodios nuevos para su Assassin's Creed II y Capcom ha empezado a hacer lo propio con Perdido en un Mar de Pesadillas y Evasión a la Desesperada para Resident Evil 5. Vaya por delante que quien esto escribe es un apasionado tanto de las aventuras de Desmond Miles y de sus antepasados como, sobre todo, de la saga zombi por excelencia en el mundo de los videojuegos. Considero, no obstante, que estos lanzamientos suponen una burla y un abuso a aquellos que somos, en el fondo, responsables últimos del éxito de esas franquicias.
Porque es obvio, y de hecho así lo han manifestado ambas compañías, que todos esos capítulos fueron concebidos como parte integrante de los videojuegos que ahora pretenden completar. Lo que constituye a todas luces un reconocimiento tácito de que en su día adquirimos juegos fragmentarios, parciales y, por tanto, imperfectos. En el caso de Resident Evil 5 Capcom podría argumentar que se hacía referencia durante el desarrollo de la historia a los sucesos que esos dos nuevos apartados se encargan de explicar pormenorizadamente. Lo que es cierto, pero convierte la adquisición de las descargas en perfectamente prescindible. En lo concerniente a Assassin's Creed II, Ubisoft lo tiene mucho más difícil.
Porque quien haya jugado la Batalla de Forli y la Hoguera de las Vanidades habrá descubierto que, mientras que su entidad y valor como pieza segregada de la obra original está más que en entredicho, ambos episodios se encargan, por una parte, de describir con detalle a un personaje, Caterina Sforza, que es de los más carismáticos de toda la aventura y protagoniza los mejores momentos del juego, y, por otro lado, de mostrar el discurso final del protagonista, que sirve como perfecto compendio de sus vicisitudes, le define como héroe entregado a una causa, le otorga una profundidad que durante todo el juego parecía que carecía y demuestra perfectamente su evolución. Así que resulta que el Departamento de Ideas Geniales de ambas compañías decidió que preferían vender un producto menos redondo, con menos sentido, en definitiva peor, para tener ocasión de seguir explotando sus artículos más allá de la venta del juego en soporte físico. Puede ser una operación rentable, por supuesto, pero estas empresas demuestran nulo respeto por la integridad de sus obras, sed exagerada por el logro de mayores dividendos, y poca empatía con los destinatarios últimos de su trabajo, cuando no absoluto desdén.
BioWare, contrariamente, está demostrando con sus expansiones para Mass Effect y Dragon Age - Origins que episodios inéditos que se añadan a una historia perfectamente completa pueden ser, además de rentables, algo muy bien recibidos por los fans. En el caso de las memorias 12 y 13 del juego de Ubisoft, el sablazo ha venido acompañado de una muy fea artimaña para asegurar que quien juega esos añadidos los ha adquirido legalmente: no podremos acceder al contenido descargado si no estamos conectados a internet, lo que significa malpensar de usuarios legítimos y supone un engorro para quienes no pirateamos y nos conectamos ocasionalmente a la red con nuestra videoconsola u ordenador.
No cuestiono la calidad de los juegos citados, y tampoco la de sus más que discutibles expansiones. Pero me parece paradójico e injusto que mutilar fragmentos de un juego termine por suponer la obtención de pingües beneficios por parte de los artífices del producto. Probablemente, quien incurra en cálculos semejantes está actuando fraudulentamente ante el consumidor, pero parece que deberemos acostumbrarnos a adquirir los juegos por fascículos. Siempre viene bien recurrir al refranero: "Mano que te da de comer no has de morder". Rogaría a empresas como Capcom o Ubisoft que se aplicaran el cuento.
Personalmente, he escarmentado, pese a mi pasión por determinados títulos, garantizo que me lo pensaré muy mucho antes acercarme de nuevo a quien ya me ha clavado dentellada y creo que es una actitud inteligente obrar con cautela ante quienes, por encima de todo, únicamente demuestran avaricia. La gallina de los huevos de oro puede seguir rindiendo un tiempo, pero no sé si podrán seguir exprimiéndola mucho más. Mientras tanto, enriquézcanse ustedes cuanto puedan, aunque en adelante les costará contar con mi concurso. Los contenidos descargables arbitrarios, el epítome de la codicia, amenazan con romper el saco.