Educado por los videojuegos

En tiempos de alboroto social, la industria ya forma parte de la cultura en España. Un hecho que refleja la importancia del sector como vía de aprendizaje, al igual que la literatura o el cine. Por fin puedo afirmar de cara al público que he sido educado por los videojuegos…

Si la semana pasada se lamentaban los penosos acontecimientos protagonizados Tim Kretschmer, ‘el asesino de Counter Strike', y muchos temían otra caza de brujas en contra de los videojuegos, parece que en los meses venideros el sector va a poder respirar con cierto margen de alivio. El Congreso de los Diputados ratificaba este campo como parte íntegra de la cultura española, tras meses, si no años, de peticiones y ruegos por parte de diversas desarrolladoras y grupos que defienden los valores de esta industria. Son pocos pero están ahí y ante ellos tenemos que quitarnos el sombrero: por fin aparece una buena noticia por el buzón de correo.

Por primera vez y sin que sirva de precedente, existe una noticia publicada en la prensa nacional que lejos de vituperar los efectos de los videojuegos se limita a expresar la noticia desde la lejanía. No es cuestión de entrar en el eco o repercusión de la susodicha, que ocupaba un minúsculo espacio en la edición digital del vespertino. Es mucho más apasionante discutir las ventajas y desventajas de este suceso. Los usuarios debaten en las comunidades los posibles efectos positivos de este hecho, partiendo de la base de que en cierto modo esto nos otorga mayor reconocimiento, tanto a usuarios como a los pobres periodistas que nos dedicamos al sector.

Tampoco quiero entrar en campos semánticos, en el socorrido uso del diccionario para definir qué es la cultura. En estos casos siempre es mejor tirar del conocimiento popular, de lo que el ciudadano de a pie conoce y maneja en el día a día. Ser una persona culta viene a significar en la mayoría de los casos ser una persona inteligente. Por ende, que los videojuegos sean considerados cultura viene a decir que es una fuente de conocimiento. Dicho en otras palabras: cuando introducimos un juego en nuestra consola favorita y le dedicamos algunas horas estamos aprendiendo algo. Formando nuestra mente, culturizándonos, aprendiendo cosas que otros son incapaces de conocer.

Pienso en Okami, que descubrió una vertiente artística japonesa a una legión de seguidores. También en Persona 4 en su contenido filosófico, psicológico, lectivo, emocional. Me pregunto cuánto han tardado en darse cuenta de que los videojuegos son una vía educativa, y no me refiero precisamente a productos del estilo Aprende con Pipo, tampoco a Brain Training, que dentro de lo que cabe se basan en una propuesta claramente lectiva o útil para el usuario de marras que se decida a probar los beneficios de sendos videojuegos. Cuando miro hacia mi pasado y pienso que soy jugador desde que tengo uso de consciencia, lejos de sentir vergüenza o incluso temor a la opinión pública, me enorgullezco de haber curtido mi mente de forma jovial y entretenida. Sin traumas.

Sí, yo he me he educado con los videojuegos. Las ventajas de que por fin sean considerados parte de la cultura me garantiza no haber perdido el tiempo ociosamente sin ninguna utilidad de cara a la galería -nunca personalmente, en mis adentros-. También soy consciente de que cientos de desarrolladoras que se han dejado la piel a tiras en el sector recibirán ayudas y el soporte de un gobierno que ha sido capaz de reconocer una verdad tan obvia, de las de blanco y en botella. Pero eso a nivel de usuario francamente no me interesa. Los aficionados llevan buscando décadas no ser diferenciados de aquellos que se entregan a la literatura, al cine o a la música. Nunca he entendido cuál es la diferencia entre un melómano y un ‘freak' de los videojuegos, ese término con aires despectivos que ahora pierde todo su valor.

Ahora formo parte de la élite de la cultura. Ya no soy considerado un tío ‘raro', ahora soy culto porque el gobierno así lo ha decidido. Nada de esto hace que en mi cabeza cobre más valor el tiempo que he empleado con los videojuegos, tampoco el hecho de leer a Kundera, Kafka o Dostoievski me hace sentir un Ser superior a los demás. Que los videojuegos formen parte de la cultura es un hecho muy significativo pero no cambia nada, ni la percepción de los ignorantes a este respecto (tal como volvimos a comprobar hace una semana en el caso Kretschmer) ni tampoco la idea general que cada jugador tiene de sí mismo a la hora de disfrutar de un videojuego.

No obstante, un comentario reciente de Vin Diesel activó las alarmas en mi cabeza, fraguando el contenido de esta columna. El actor se declaraba un aficionado de la industria desde su más tierna infancia, aunque sólo fue capaz de reconocerlo cuando Steven Spielberg se metió de lleno en el desarrollo de un videojuego. 'Si él puede, yo también puedo, pensé, así que me lancé a crear una desarrolladora'. Puede que Spielberg sea un reputado director de cine con una legión de fans a sus espaldas, pero Diesel, que siempre tuvo miedo de reconocer sus gustos y aficiones, es hoy el fundador de Tigon Studios, y por ende de productos del calibre de Escape from Butcher's Bay o de The Darkness. A Diesel lo que realmente le preocupaba era sentir que estaba aprendiendo con ellos, un hecho poco menos que irrisorio en aquel entonces.

¿Cuántos usuarios serán capaces de reconocer ser jugadores habituales? Cientos, miles. ¿Cuántos profundizarán en el sector, con ánimo de encontrar productos realmente beneficios que les aporten nuevas ideas y conceptos? Pienso en Final Fantasy y recuerdo la importancia de la amistad, de la sinceridad. Un buen amigo mío me explicaba el otro día cómo aprendió prácticamente a leer forzando su mente para comprender los complejos diálogos de Baldur's Gate. Y  pienso también en tantos otros juegos de estrategia que te muestran la importancia de ir paso a paso en la vida. Jugar y hacerlo en su justa medida es igual de beneficioso que leer un libro, cada cosa tiene sus ventajas e inconvenientes, pero no hay nada por encima de lo otro. Ahora también contamos con el reconocimiento estatal.

Es evidente que no todos los productos son igual de beneficiosos, que pasar doscientas horas jugando al exitoso Counter Strike, World of Warcraft o a cualquier juego deportivo no aportan nada más allá del factor diversión, por lo menos no a mí. Pero estoy seguro de que cada experiencia que he vivido desde los tres años hasta ahora ha contribuido a descubrir algún nuevo aspecto sobre la vida, y sinceramente espero que siga siendo así hasta cansarme, porque tengo claro que si juego es por elección mía y no por la de nadie. Exactamente igual que Kretschmer jugaba por afición y no por demencia. Esa ya se la garantizaron los padres al ignorar los gritos de auxilio de su hijo y no precisamente el hecho de pasar unas horas al día en la estepa africana disfrutando de las bondades de cierto videojuego.

En cualquier caso hay que celebrar el hecho de que por fin se reconozca nuestra industria como parte útil del ocio y seguir peleando por nuestros derechos como lo han hecho otros desde las altas esferas. Una buena forma de empezar es analizando concienzudamente a qué jugamos y cuáles son nuestros intereses. Sólo entonces estaremos aprovechando realmente el tiempo, aprendiendo como hay que aprender de todo en la vida. A fin de cuentas tenemos fecha de caducidad y depende de nosotros sacarle el máximo jugo a lo que nos ha tocado vivir.

Nota: Esta columna es una opinión personal del autor y no refleja necesariamente la opinión de MeriStation.com a este respecto.