Mi fiel compañero
Apunta mejor, nos saca de más de un apuro y lo pasamos mejor con él. ¿Pero y si, irónicamente, hace de nuestra experiencia algo menos personal, más "artificial"...?
Todo comenzó aquel día que nos tocó repeler una invasión Locust en no sé qué planeta. Él, socarrón a la vez que noble, agitador a la vez que comprometido, consiguió sacarme de más de un apuro. Los mataba de un único disparo, causaba auténticos estragos cada vez que usaba sus explosivos, y de vez en cuando se permitía dispararme en la nuca para hacerme ver que podía ser lo suficientemente molesto. A pesar de ello, la verdad es que hacíamos buena pareja: los alienígenas mordían el polvo a cada paso que dábamos. No tardaron en sucumbir ante nuestro fuego, así que cuando la diversión terminó decidimos asociarnos. Acabar con otras amenazas, ya sabes, por el orden del Universo y todas esas cosas. La verdad es que a nosotros nos divertía, ya estuviésemos matando a bichos de colores a bordo de un Warthog que intentando arreglar un pasado lleno de Quimeras y con poco futuro en el horizonte. Cada uno le añadía al otro una perspectiva diferente, nuevas maneras de encarar las cosas.
Pero como cualquier asociación que se precie, aunque esta fuese por placer, no podía durar eternamente. Poco después, casi de casualidad, vimos cómo una ciudad se sumergía, llevándose en ella a las mentes más inteligentes de la época. Liderándoles a todos iba un megalómano, con sueños de grandeza y una ambición de la misma talla. No te enfades, le dije a mi compañero, pero en la batisfera sólo cabe uno. Aceptó a regañadientes, temeroso de que no volviese a verme nunca, y confieso que yo mismo tenía ciertas dudas al principio; en cierto modo me había vuelto dependiente, no sentía esa complicidad que lo hacía todo más fácil y a la vez lo llenaba todo de matices. Pero conforme me adentraba en esa extraña distopía llamada Rapture, me vinieron a la mente grandes recuerdos: de cuando salvé al mundo desde las instalaciones de Black Mesa, de cuando pude liberar a una princesa a lomos de Epona, de cuando eliminé a aquel SOLDADO primera clase eran algo diferente a esos destellos de diversión como los que había tenido hasta el momento, algo más que aquellos momentos épicos hombro contra hombro.
Cuando terminé mi misión a varios kilómetros bajo la superficie continué en mi periplo conjunto. Sin embargo, nunca las cosas fueron como solían serlo, y la añoranza a aquello que despertó en mí fue creciendo poco a poco. Esas emociones, sí sí, emociones, no podían ser sustituidas por muchos temas de los Rolling Stones que tocásemos a dúo, o por mucho que aceptásemos arriesgados encargos para el mejor postor como mercenarios. Así que volví a irme por mi cuenta, esta vez para ser el conejillo de indias de una máquina excéntrica que no hacía más que ofrecerme tartas y abrirme extraños portales. De nuevo, una eléctrica sensación recorrió mi espina dorsal. Definitivamente, esto era diferente. Por lo menos tan necesario como aquello, pero ante todo diferente.
Mi colega de armas no quiso comprenderlo. Fue de esas veces en las que se cerró antes de siquiera poder escuchar mi historia. A él le traían sin cuidado robotijos, ciudades decadentes o esclavizadas por alienígenas. Él sólo quería mi compañía. Y me halagaba saberlo, no creas, pero siempre uno termina cansándose de aquello que le es impuesto. Le conté mi intención de no abandonarle, de poder tener ambas alternativas, de poder ir de aventuras sólo o con él, y así no negar nada. Aceptó, aunque a regañadientes, e incluso fue necesario abatir a miles de zombis durante nuestra huida de aquella ciudad infectada para volver a recuperar la conexión que tuvimos antaño. Notaba el recelo, la desconfianza, pero sobre todo mis deseos de continuar en mi odisea personal.
Un día, de repente, nos vino como caído del cielo un pequeño recado donde se nos pidió hacernos cargo de los alemanes y de los japoneses de hace unas cuantas décadas. A mi memoria vino una misión, muy similar, pero donde se hacía uso de armamento moderno y no luchábamos contra naciones, sino contra terroristas. Fue la gota que colmó el vaso; cuando intenté explicárselo, él no entendía siquiera a qué venía todo eso. ¿Significaba aquello que todo era cosa mía? ¿Que al fin y al cabo, podía llegar a sentir emociones en compañía, sin esa necesidad de soledad? Definitivamente, era la misma experiencia, la misma mecánica. Pero no se asemejaba en nada a como lo había percibido por mí mismo.
Ahora estoy confuso. Porque los Helghast vienen a por nosotros y me dicen que él, mi fiel compañero, no puede venir. Y yo estoy seguro de que, por mucho que intente explicárselo, él se enfadará. Porque sabe que hay ciertas cosas que se pueden compartir, y esta es una de ellas. Al fin y al cabo, a él le da igual cómo se llamen los alienígenas, qué color tengan, o incluso si son humanos vivos o no, porque sabe que mientras haya espacio para dos siempre podrá venir conmigo. Y en una guerra lo hay. Por eso, a pesar de que insista, se lo tomará como algo personal. Eso seguro.
Esta columna es una opinión personal del autor que no representa necesariamente la de MeriStation.