Morir innovando

Mirror's Edge es sólo la punta del iceberg en cuanto se refiere al debate entre la innovación y la calidad, términos que en boca de muchos van reñidos con la diversión. La originalidad es la única vía de escape para ofrecer productos novedosos que atraigan la atención del usuario.

La industria de los videojuegos ha cambiado mucho a lo largo de los años. Es un hecho irrebatible, uno de los muchos tópicos que se barajan entre analistas de videojuegos y del que cualquiera que eche un escueto vistazo al pasado puede darse cuenta rápidamente. Exactamente igual que con el cambio climático o la omnipresente crisis financiera, las consecuencias de las transformaciones que sufren las grandes industrias no son palpables hasta que pasa un ciclo, un lapso temporal en el que se reajusta el sistema. Así se comprende que los videojuegos que conocemos hoy en día no tengan nada que ver con los que disfrutábamos hace una década; el mercado se adapta a las exigencias de los consumidores, y con ello se recurre inevitablemente a nuevas ideas con las que innovar y avanzar.

La innovación se antoja algo imprescindible, tanto que resulta una cualidad inherente en el ser humano -o por lo menos en algunos-. A todos nos llama la atención aquello que no conocemos, la novedad; ese mágico e ilusionante producto que nos va a ayudar a descubrir un mundo nuevo. Sólo hay que ver la estrategia que ha seguido Nintendo en la nueva generación para comprender que el consumidor ya no es el mismo de antes, indistintamente de los gustos personales de cada uno. El éxito de la compañía de Kyoto tiene mucho que ver con la originalidad, con las ganas de ofrecer algo innovador que dejase al público deseoso de ir y probar, de jugar y entretenerse. De hecho podemos constatar que la novedad es uno de los mayores atractivos para el ser humano contemplando la actitud de un niño ante el mundo que le rodea, siempre descubriendo fascinantes juguetes con los que fantasear. Encontramos un último ejemplo en las campañas publicitarias, en la perpetua búsqueda de ideas con las que captar nuestra atención, que vienen a reforzar la idea de que ser original es uno de los puntos que más valoramos en todo producto destinado al entretenimiento.

Ha sido difícil valorar hasta qué punto la originalidad y la innovación son pilares sobre los que se sustenta Mirror's Edge. En la redacción hemos mantenido largas y acaloradas discusiones para aclarar qué nota se merecía la primera aventura de Faith, en las que desde los primeros comentarios se hizo alusión al esfuerzo de DICE para llevar a cabo un juego que ofrece un planteamiento realmente original y nunca antes experimentado. Por alejarse de los tópicos y dar en el centro de la diana con un sistema de juego único, que abre nuevas posibilidades al jugador. Al final todos acabamos cediendo ante una verdad incontestable, y es que Mirror's Edge es ante todo un juego al que se le debe valorar por querer salirse de la norma, arriesgando ante la perspectiva del fracaso a la que toda idea original y fresca está condenada en esta industria tan exigente. Y eso que DICE tampoco ha inventado la rueda, sencillamente ha reunido el valor suficiente para trabajar en un proyecto ambicioso y con ganas de aportar algo nuevo.

Desde el ‘Gaming 2.0' a los divertidos juegos arcade que se han unido al plantel del mercado junto a la nueva generación, la tendencia de los desarrolladores ha cambiado. Los usuarios responden ante estas ideas revolucionarias, y ahí está de nuevo el ejemplo de Nintendo para confirmar esta afirmación, aunque aún se perciba cierta reticencia a la hora de valorar en su justa medida estos productos. Son conceptos que siempre deberíamos exigir a las empresas, que nunca deberíamos dejar pasar por alto a la hora de desembolsar los 60€ de marras que cuesta comprar un juego. Sin embargo la realidad es bien distinta. Son las continuaciones, las secuelas y los refritos los que pueblan el mercado, aunque por suerte la filosofía de algunas de estas empresas ya comienzan a mostrar los primeros signos de cansancio, como en el caso de Square Enix. Es paradójico que la compañía que más ha sabido innovar y en el género de los JRPGs esté enfrascada en la actualidad en dos o tres series, lo mismo que sucedía con EA, que por suerte poco a poco ha ido regresando a un nivel de calidad aceptable en los últimos años.
 
En los dos ejemplos citados, la única vía de escape ante el bucle en el que se vieron atrapadas ha sido una vez más la de innovar, la de esforzarse de verdad a la hora de plantear nuevas ideas. Desgraciadamente la clave del éxito no reside única y exclusivamente en ofrecer algo nuevo al jugador; a veces contar con los elementos que ya conocemos y mejorarlos es la mejor opción para elaborar un producto redondo, como sucedió con Bioshock. Ya no es tabú hablar de juegos inmersivos, profundos, que exigen lo mejor del jugador sin apostar por la diversión rápida y directa. Si analizamos punto por punto las características de Bioshock no encontraremos en él nada realmente nuevo, pero sí una memorable puesta en escena y muchos argumentos que lo sitúan por encima de grandes clásicos del género. Nadie sabe explicar por qué, pero cuando ponemos las manos encima de Dead Space es prácticamente imposible soltar el mando hasta que finaliza el juego, incluso tratándose del ejemplo más vivo y sangrante de lo que se puede lograr al reunir distintos conceptos y ofrecerlos sin rodeos, sin divagaciones, yendo directamente al grano.

Precisamente el caso de Dead Space es otro de los ejemplos que más están dando de qué hablar en los últimos meses, con una campaña de publicidad subliminal basada en aportar más información del argumento por medio de elementos ajenos al videojuego en sí, mediante películas, cómics y demás. Por primera vez hablamos de compartir el peso de una historia entre varias formas de entretenimiento y no simplemente jugando, enriqueciendo la experiencia final. Son cambios distintos a los que impusieron Miyamoto o Kojima en su día -reconocidos maestros gracias a su inagotable imaginación y ganas de sorprender-, pero que a la larga pasarán a formar parte del futuro de la industria. Y paulatinamente, sin que nos demos cuenta, el mercado habrá vuelto a cambiar y se volverá a repetir el cambio de ciclo que sufrimos hace algunos años tras la llegada de la nueva generación.

El agotamiento de algunas franquicias que en su momento presumieron de ser productos novedosos es otro hecho tristemente irrefutable en el mercado. Casos como el de Viewtiful Joe o el que atravesaba Lara Croft hace unos años son los más claros ejemplos de que una idea se derrumba con el paso del tiempo cuando pierde frescura. Por el momento seguimos disfrutando de compañías que ponen toda la carne en el asador y que ofrecen lo mejor de sí mismas cada vez que lanzan un producto a la calle. Ya decía que Mirror's Edge no es más que la sombra alargada que proyectan otros títulos como Okami, Spore o Little Big Planet. Incluso Dead Rising o el extrovertido LocoRoco, juegos que no se olvidan y que permanecen en la retina del jugador durante años. El único modo de llegar hasta lo más alto, hasta cada hogar en el que haya una consola, es morir innovando. El éxito llega después.