¿Un mal necesario?

Cada vez más juegos tienen publicidad dentro de su código. El impacto de estos anuncios es tal, que hasta se están llegando a localizar y adecuar al público de cada país. ¿Es realmente necesario llegar a esto para poder desarrollar un juego de calidad?

Durante años, nos hemos quejado de la interminable publicidad en la televisión. Extensos minutos de anuncios que cortaban películas, series y programas de interés para vendernos aparatos y artículos de lo más variopinto. Pero pese a las quejas o a las nuevas leyes al respecto, la situación sigue igual, y las pausas publicitarias son parte fundamental de la supervivencia de toda cadena de televisión.

Por suerte, no hemos llegado hasta el extremo de tener un descanso que nos ofrezca una serie de vídeos promocionales cada quince minutos de juego. Pero poco a poco, la publicidad se está haciendo un hueco en las consolas, adentrándose en terrenos que tal vez no sean los suyos y que pueden llegar a desconcertar a los pobres usuarios que reciben esa información subliminal.

Al principio, los anuncios llegaban como sinónimo de realismo. Disfrutar de un juego de fútbol con las vallas publicitarias de rigor añadía ese plus de credibilidad que bien podría suplirse con algún que otro guiño tales como anuncios de la compañía desarrolladora o logos del juego en cuestión. No obstante, sería cuestión de tiempo que las compañías empezasen a pagar por ver su logotipo impreso en pantalla, para que los usuarios lo viesen y lo asimilasen cada vez más con las continuadas sesiones de juego.

Vale, se puede alegar que es fútbol, y qué hay más normal en la liga española que ver anuncios de los diarios deportivos cada domingo en los estadios más importantes de la jornada. Del mismo modo, en los simuladores de conducción ambientados en grandes ciudades, la publicidad clásica y bien conocida de según qué ubicaciones (como Trafalgar Square) debe estar presente para que sea creíble esa representación virtual de la realidad.

El problema es que, por mucho que se haya pelado por el realismo en su máxima expresión, lo que se ha logrado en realidad ha sido abrir una puerta que tal vez acabe desencadenando una situación similar a la que comentábamos antes de la televisión. ¿Acaso tiene algún sentido real el toparnos con logos de una famosa compañía telefónica española en nuestros conciertos de Guitar Hero?

En más de una ocasión, las propias compañías comentaron que la introducción de la publicidad en los juegos podría abaratar costes. Dicho planteamiento suena idílico, y la realidad es tan dura como para ver que tenemos la publicidad, pero seguimos pagando lo mismo por esos juegos. ¿En qué nos benefician realmente esos anuncios omnipresentes? Aparte, claro está, de conseguir plasmar su emblema en nuestras retinas.

Podemos irnos al extremo contrario. Ubisoft permitió la descarga de algunos de sus juegos de forma gratuita, con tan sólo soportar algunos minutos de pop-ups y publicidad varia. Ese es el uso que se le debería dar a este elemento mediático intrusivo, que gracias a él se pueda ofrecer el mejor servicio al usuario. Si tan sólo va a estar presente sin que el jugador observe ninguna ventaja real de que esté ahí, entonces a bueno seguro que la inmensa mayoría preferirán una experiencia libre de intromisiones ajenas.

La publicidad es un arma muy poderosa con dos caras: dándole un buen uso, todos ganamos; imponiéndola sin motivo, tal vez acabe siendo algo contraproducente.