Con más consolas, mejor

El creador de la serie God of War, David Jaffe, aseguró recientemente que la idea de contar con una sola consola en el mercado sería beneficioso para todos. Las ventajas para los usuarios parecen llevarle la contraria en una industria cada vez más heterogénea.

El giro que ha dado el mundo de los videojuegos en los últimos tiempos ha roto por completo con el clásico esquema que presentaban antes consolas similares en la forma y con matices en el contenido. La apuesta de Nintendo por su otra vía, la incursión de Sony en el mundo portátil o, en menor medida, el vuelco de Microsoft hacia el online han dejado atrás la simple lucha de marcas y exclusividades típica de épocas anteriores. No hay uniformidad, y por lo tanto el camino hacia una consola única parece más difícil con el paso del tiempo.

 La competencia mantiene viva la carrera tecnológica en los videojuegos. Ésta permite que haya precios competitivos, que aparezcan líneas económicas, que una fabricante decida cambiar el rumbo y apostar por un sistema de juego totalmente distinto o que otra decida poner toda la carne en el asador con la consola más potente del mercado. Sin competencia, el ciclo vital de ese prototipo de hardware definitivo no tendría prisa por consumirse. El precio, ya sea de la consola o de los juegos,  no tendría una línea roja marcada por la competencia a la que adecuarse y la carrera tecnológica pasaría a ser un paseo en bicicleta.

¿Habría bajado Playstation 3 de precio al año de salir al mercado sin tener rival? ¿Nintendo se hubiera esmerado en buscar alternativas atractivas en sus estandartes para portátil y sobremesa? ¿Microsoft habría mejorado su 360 no sólo en servicios, sino también en fiabilidad? Las respuestas a estas preguntas solo presentan un escenario desolador si se compara con el actual.
Echando un vistazo al mercado portátil, en este se puede apreciar la buena mano de la competencia. Después de un apabullante dominio de Gameboy, acentuado sobre todo con su versión Advance -sin rivales reales-, la llegada de Sony para plantar cara a Nintendo no ha podido ser más beneficiosa para el mercado. Y para los usuarios. Un salto tecnológico importante y muy superior al visto hasta ahora con PSP y una Gran N con las pilas puestas bajo un concepto totalmente de juego con Nintendo Ds.  Sin Sony moviendo ficha en las portátiles, habría habido una doble pérdida.

Dicho esto, y vista la situación actual, una parte cada vez más importante del mercado no quiere algo así. Muchos poseedores de Wii y Nintendo DS, dos ejemplos que rompen con una cierta armonía establecida desde hace más de 20 años entre consolas de una misma generación - y es que Super Nintendo y Megadrive o Playstation 2 y Gamecube están cortadas con un patrón similar-,  gozan del éxito llegado, en parte, desde un nuevo tipo de usuario. Un jugador que aterriza en el mundillo ante una alternativa. Con un solo hardware, este trozo importante del pastel podría alejarse de nuevo, algo que no interesa a las desarrolladoras.

Una hipotética solución sería dar apoyo, dentro de la supuesta consola única, a una iniciativa de una third party que presenta, por ejemplo, un nuevo control. Craso error. Wii como consola no es competencia de las programadoras. Es un soporte en el que trabajar. En la hipótesis anterior, el nuevo control es un rival al que derribar con, porqué no, otro derivado jugable. Al final, se perdería el soporte único para una idea brillante disperso entre la feroz competencia en el software y los añadidos. A fin de cuentas, cada consola no deja de ser un concepto de entretenimiento que, más o menos distinto, intenta cubrir una cuota de mercado, un tipo de demanda que no implica necesariamente estar interesado en todo lo demás. Por eso es mejor que la compañía que quiera saque su consola propia a la venta. El mercado ya es lo suficientemente inteligente como para decidir quién sobrevive (o no).

Esta columna es una opinión personal del autor que no representa necesariamente la de MeriStation.