Distinción involuntaria

Vivimos en una sociedad teóricamente plural, que busca la igualdad entre razas, valores y géneros. Como movimiento global, el ocio electrónico proyecta estereotipos, los masifica y expande entre los jugadores. ¿Conocemos las implicaciones de nuestros actos como profesionales?

Es indiscutible que en pleno siglo XXI todos buscamos y añoramos la creación de una sociedad plural, sin diferencias ni exclusiones. No son pocos los políticos que toman esta lucha como bandera electoral, prometiendo notables mejoras y anunciando arduas batallas contra aspectos como la discriminación en cualquiera de sus frentes. Sin embargo, y aunque las mejoras en estas primeras décadas de democracia en España no han sido pocas, seguimos residiendo en una igualdad más teórica que práctica.

Lejos de realizar un discurso que aborde de manera crítica las múltiples carencias de diversos grupos sociales -desfavorecidos, inmigrantes, etc.-, algo que por otra parte no está en mi mano, quiero centrar mi visión en un aspecto que nos atañe como jugadores y personas. Evidente es, sin duda, que medios como la televisión, el cine o la industria musical inciden sin miramientos en estereotipos sociales que, por una parte, alimentan el ego comercial y necesario de la sociedad actual y, por otra, atacan y acentúan esas diferencias que tanto defendemos cuando toca destacar la fibra social.

Dicho esto, huelga decir que nosotros, desde profesionales hasta jugadores, también tenemos mucho que aprender en ese campo. Al igual que la televisión con sus esbeltas azafatas y sus presentadores "metrosexuales", el sector del ocio electrónico también se sirve de estereotipos sociales para ganarse la atención del público. Fornidos protagonistas y chicas de lo más agradables a la vista. Nada que objetar ante estos roles necesarios para que la maquinaria de la mercadotecnia triunfe.

Sin embargo, si centramos nuestro objetivo en un punto más concreto como es el sexismo en los videojuegos y la presencia del género femenino, encontramos situaciones muy diferentes. ¿Cómo queremos que aumenten las mujeres aficionadas a este ocio predominantemente masculino si somos los primeros que las marginamos? Y ojo, que yo soy el primero que levanto la vista para ver las 'babes' en una feria internacional, por lo que asumo mi parte de culpa.

Posiblemente este sexismo no sea intencionado, faltaría más, sino una mera proyección involuntaria de los cánones bajo los que se asienta nuestra sociedad. Me ha sorprendido bastante, por ejemplo, la línea de títulos "Imagina ser..." de Ubisoft, con sus ediciones de Cocinera, Veterinaria, Diseñadora de Moda y Mamá; sólo roles habituados a la figura de la mujer. Si hace décadas nos quejábamos de que las pequeñas eran apartadas del mundo académico y laboral en pos de las artes culinarias, hoy tendríamos que llevarnos las manos a la cabeza, pues volvemos a lo mismo, sólo que aprovechando el potencial de la tecnología digital.  A pesar de ello, no puedo negar que estos títulos sólo han podido salir de la cabeza de un creativo sobresaliente, que en estos momentos debe estar frotándose las manos con las notables ventas navideñas de esta serie de juegos.

Basta también de modos multijugador simples y casi absurdos, como el principal de Super Mario Galaxy, que desde el ámbito publicitario se ha presentado ante el jugador como el modo de juego ideal para mantener entretenida a la novia mientras juegas. Señores, las chicas saben controlar el mando tan bien como nosotros.

No arremeto ni contra Ubisoft, ni contra Nintendo, sino contra todos nosotros. Incluso contra mi persona. Como profesionales y jugadores, debemos tener un poco más de ojo a la hora de reproducir estereotipos sociales que, por poco importantes que puedan parecer, implican mucho más. Recuerdo con especial apego una de mis primeras entrevistas para MeriStation, donde junto a otros compañeros conversé con la jugadora de pro 'Anouc' Ana Oliveras Daví, del desaparecido equipo femenino de Counter Strike de x6tence. El impacto que causó en mi ver el nivel de esta jugadora sólo es equiparable a la apabullante derrota que sufrí jugando a Street Figther contra una amiga. Sólo espero no tener que sorprenderme por estas cuestiones nunca más y, sobre todo, que de mi boca no vuelva a salir la pregunta: "¿No te sientes rara entre tanto jugador?"