En paños menores

El contenido sexual en los videojuegos demuestra que los adultos tenemos una presencia cada vez más destacada en el sector. No obstante, algunas organizaciones se empeñan en censurar estas temáticas que tanto en el cine como en la televisión están a la orden del día.

Estoy acostumbrado como jugador a que todos los dedos señalen nuestra afición. Es triste, pero cierto. Pienso que aún la industria es joven, que tiene un futuro de lo más próspero por delante y que es normal que cualquier nueva forma de cultura o arte provoque polémicas de todo tipo. A pesar de todo, no puedo evitar indignarme ante tal incesante retahíla de acusaciones que no sólo son hipócritas y sensacionalistas, sino que además carecen de toda lógica. Lo último, una bienintencionada iniciativa por parte de Amnistía Internacional que reclama una mayor regulación del acceso a contenidos únicamente para adultos por parte de los menores.

Digo bienintencionada porque, por ejemplo, en su informe nombra la violencia y el contenido sexual de Scarface: The World Is Yours mientras la película original de Brian de Palma está a la vista en cualquier establecimiento; y no es que se corte precisamente con la sangre, los tacos o las formas femeninas. También me entra la risa al conocer que critican la recomendación a más de siete años que tiene Juiced 2 en la que se destaca a las chicas explosivas que pueblan sus menús. Y de la forma en la que nombran los juegos -citando a éxitos como 'Infetc", 'Silet Hil 1' o 'Proyet Zero 3'- mejor ni hablamos, porque dan una imagen más bien cómica.

También se centran en lo poco efectivo que resulta PEGI como código autorregulatorio, y se insiste en que el gobierno debe de promover leyes a tal efecto. Ahora yo pregunto, ¿es culpa únicamente de las tiendas, o es la clara desinformación de las familias lo que hace que un niño termine jugando a estos títulos? Porque si no es así, parece que la única solución sería relegar la condición de las tiendas especializadas a la misma que la de los sex-shops para así evitar crear generaciones violentas o sexistas…

Seamos sinceros, señores. Somos personas adultas, y como tales, gustamos de ver una cierta cantidad de este tipo de contenido no explícito porque sirve en cierto modo a la narración o simplemente porque resulta divertido de ver. No obstante, parece que el miedo a gastarse los beneficios en litigios crece por parte de las editoras, y cada vez son menos los atrevidos a insinuar como personas con necesidades a sus protagonistas. De hecho, basta que sean asuntos de los más nimios para que lleguen a los titulares de los periódicos o la televisión.

A mi mente me viene la polémica generada por la escena lésbica e interracial en Mass Effect, que suscitó todo un debate completamente estúpido. ¿Si hubiesen sido hombre y mujer no hubiese pasado nada? E igual ocurrió con el famoso mod Hot Coffee, o, sin alejarnos tanto, con las típicas acusaciones por parte de ilustres colectivos que se indignan porque se puedan mantener relaciones con prostitutas en los Grand Theft Auto. Y todos miramos con buenos ojos a una saga predilecta entre los aventureros gráficos como es Leisure Suit Larry. Incluso, si echamos la vista un poco hacia atrás, ¿quién no recuerda a Hana y a Rain de lo más acarameladas en Fear Effect 2 para la primera PlayStation? Hasta en los MMOs como Habbo Hotel o Second Life se realiza el intercambio de bienes por 'servicios' de lo más variopintos.

Luego, por otro lado, existen los llamados efectos colaterales de esta tendencia; esto es, que los vendedores apliquen su regla de oro: 'que hablen bien o mal de ti, pero que hablen'. Bochornosos ejemplos como el de BMX XXX, cuya experiencia distaba mucho de lo que el título insinúa -tanto de las tres X como de su simpatía con el deporte que homenajeaban-, o el más reciente Playboy: The Mansion indican lo perjudicial que puede ser para la propia industria la censura tan sistemática de cierto tipo de materias. Porque, queramos o no, lo polémico vende.

Pues bien, todo esto no pasa desapercibido a la vez que sí lo hacen millares de productos similares al alcance de cualquiera. Ya no estoy hablando de la copiosa pornografía que puebla Internet, a sólo un click de distancia para cualquiera que se lo proponga, sino de la programación que ven día a día en televisión, con ese 'edredoning' por parte de los personajes de los reality shows o la muestra casi íntegra de cuerpos desnudos en los programas del corazón. Es más, aún no he visto a nadie lanzar acusaciones a un estilo musical de moda a tenor del sexismo manifiesto que pueblan sus letras. Y no estoy diciendo que se deba censurar, ojo. Simplemente me pregunto qué intereses mueven el hecho de que sea a nosotros a quienes se nos culpe.

Quizás sea por esos prejuicios que asocian a las videoconsolas con los más pequeños de la casa, no lo sé. Pero el hecho de que se invierta tanto esfuerzo en que nuestra experiencia interactiva no sea la que deseamos resulta preocupante. Preocupante porque siguiendo este camino Mass Effect 2 podría no llevar más escenas del mismo tipo a causa de unos supuestos ya en base erróneos. Y es que, si en el cine abundan las escenas sexuales, si en la música se insinúa continúamente… ¿por qué los videojuegos han de ser la excepción?

Esta columna es una opinión personal del autor que no representa necesariamente la de MeriStation.