Corazón y consola rotos
Es ley de vida. Todo videojugador sabe que tarde o temprano su consola se acabará rompiendo. Pero aún así, el día que al pulsar el boton Power no sucede nada, es inevitable sufrir la incómoda y desagradable sensación de que se está frente al Game Over definitivo.
O bueno, no hay que ponerse tan dramáticos, ya que siempre nos quedará la opción de mandarla al SAT de su respectivo fabricante o comprarnos una nueva. Pero esos primeros instantes en los que asimilamos la muerte de nuestra consola, serán los peores momentos que pasaremos con la máquina que tantas horas de diversión nos ha dado desinteresadamente.
Y creedme, que sé bien lo que digo. Justo ayer cuando me estaba preparando para disfrutar de mi ración diaria de trabajo/ocio con mi Wii, presencié cómo unas horribles líneas horizontales junto a un estridente sonido inundaban el menú principal de la consola. No me lo podía creer, por tercera vez en un año me había vuelto a quedar con la misma cara de tonto al ver que me tocaba mandar de nuevo una consola al servicio técnico.
Pero que no cunda el pánico ni salten las alarmas de ningún seguidor acérrimo, que mi intención no es criticar la calidad de los productos de Nintendo, Sony, Microsoft o cualquier otra marca del mercado. Como experimentado informático, sé que todos los aparatos electrónicos tienen una determinada posibilidad de fallo de la que no podrás escapar ni comprando la mejor y más cara máquina del momento. Pero ver cómo la mala suerte se ceba conmigo de nuevo -y por extensión me pongo en el caso de millones de videojugadores del mundo en mi misma situación- ha hecho que me decida a escribir estas líneas, para que al menos mientras que mi Wii viaja por primera vez a Madrid (Las dos ocasiones anteriores fueron sendas DS con la bisagra rota), me pueda desahogar y el tiempo pase más rápido hasta su regreso.
Porque ese es otro de los problemas de que se rompa una consola. Cuando desde hace meses o años has creado una especie de ritual sagrado que consiste en que cada día te sientes en tu sillón preferido, enciendas la consola, y desconectes durante un rato viviendo mil aventuras; el saber que durante un plazo comprendido entre dos y seis semanas no vas a poder cumplir con esa tradición, hace que todo se vea más negro. Mucho más negro. Claro que podría recurrir a jugar con mi PSP o DS, a leer un libro de los que se me acumulan en la mesita de noche, ver la TV -no, por favor- o aprovechar el tiempo con cosas mejores. Pero es ver el hueco que ha quedado libre en la estantería, y me inundan los recuerdos, la nostalgia, y el mono de poder volver a jugar con ella y disfrutar como antes de la rotura.
Así que hasta que venga el transportista con el tan anhelado paquete de vuelta, sólo me queda esperar maldiciendo mi suerte y a todas y cada una de las leyes de Murphy. Porque si en su día ya tuve que aguantar durante varias semanas que mi círculo de amigos me restregase por la cara las bondades y excelencias de juegos como Final Fantasy 3 o Elite Beat Agents mientras que yo esperaba que mi DS volviese con las bisagras reparadas, en esta ocasión tendré que morderme la lengua cuando todo el mundo esté hablando de lo increíble de juegos como Umbrella Chronicles, Mario Galaxy, Endless Ocean o Sonic y Mario en los JJOO.
Porque está claro que si una consola se tiene que romper, siempre lo hará un par de días antes de ese título que llevas esperando meses para que salga a la venta. Es ley de vida.