Crisis de madurez para el E3

El E3 ha dejado de existir tal y como se le conocía. La macroferia no ha podido aguantar la enorme presión que suponía para las empresas el participar cada año en un evento tan costoso.

Se veía venir, algunos pretendían cerrar los ojos y hacer como si todo fuera a seguir igual, otros deseaban que las cosas siguieran un rumbo que permitiera reconducir la situación sin que se notase cara al exterior. Pero la realidad ha dictado sentencia para la Electronic Entertainment Expo, que no volverá a presentarse en su formato actual

De poco sirven las argumentaciones de Doug Lowenstein a toro pasado. La decisión no ha sido propia de ESA, sino que ha venido por parte de buena parte de los actores principales de la industria del videojuegos, hartos de derrochar dinero en el pozo sin fondo en el que se había convertido la exposición anual de Los Angeles. Sólo el alquiler del suelo del Convention Center suponía un desembolso millonario para las empresas, que además tenían que correr con los gastos de montaje, mantenimiento, seguridad... todo al final para conseguir dar lustre a una exposición cuyos resultados publicitarios pueden decantarse hacía un título de la competencia.

Y ese es el gran problema del E3 para las compañías: demasiados esfuerzos para llegar a un evento en el que se agolpa tantísima información que apenas es digerible para público y prensa. Las distribuidoras grandes como EA, Activision, Sony, Nintendo o Microsoft ya han comprobado que pueden conseguir efectos publicitarios mucho más inmediatos y rentables montando sus propias citas, en donde la prensa puede estar en contacto directo y en exclusiva con los títulos propios de la compañía, sin que su atención se disperse entre cientos de juegos de la competencia.

Francamente, si bien el E3 es un evento tremendamente excitante para los amantes de los videojuegos, su formato actual era un auténtico disparate para buena parte de los que están implicados de algún modo en la feria. Para la prensa era un infierno del que muchos veteranos estaban ya muy quemados, dado que resultaba casi imposible valorar en su justa medida todo lo que pasaba ante sus ojos. Para los desarrolladores suponía una presión extraordinaria, ya que estaban obligados a cambiar su ritmo de trabajo para presentar algo palpable en la feria (lo que es caldo de cultivo para que salgan demostraciones horripilantes que hacen poca justicia a lo que va a ser el juego final). Y para distribuidores y grandes cadenas de distribución, la feria era más bien una excusa extremadamente cara para reunirse.

Pero la feria también tenía cosas buenas, como el aglutinar en un mismo espacio tanto a las compañías más grandes como a los estudios más pequeños. Estos últimos, con menos capacidad de financiar eventos propios, pierden un gran escaparate (que no incluye sólo a prensa y a visitantes, sino también a potenciales productores, ya que más de una vez un proyecto sin distribuidor ha encontrado uno tras una reunión en Los Angeles). Además, el E3 constituía el mayor evento del mundo de los videojuegos como y toda industria del entretenimiento necesita eventos que celebren y realcen sus propios contenidos.

¿Y ahora qué? Hay que tener una actitud constructiva y entender que el E3 no era viable en su formato actual. La patata caliente la tiene ahora ESA, que seguramente ha tenido que maniobrar a contrapie y todavía no tiene muy claro qué va a hacer. Los actores de la industria del videojuego deben un respeto a Lowenstein, que lleva años luchando a brazo partido para que los videojuegos sean tratados con el mismo respeto con el que son tratadas otras industrias del entretenimiento, así como para defenderla de los atropellos de abogados con ansia de notoriedad y negocio. Partiendo de esa base, no sería de recibo que el nuevo E3 fuera simplemente abandonado por los grandes.

Se necesita un nuevo enfoque. Una cosa que podría y debería hacerse en el nuevo E3 es dejar un espacio a una entrega de premios de la industria para la industria (al estilo de los Oscar), que permitiría que esos días se aprovechasen para premiar a los más destacados durante el pasado año. También hay que ofrecer a los estudios y distribuidores más modestos un espacio común en que poder presentar sus propuestas de forma conjunta, de modo que los profesionales que acudan a Los Angeles tengan un sitio centralizado para fijar sus citas con los que no pueden permitirse montar eventos propios. Por último, las grandes empresas deberían asegurarse de concentrar eventos propios esos días en la ciudad californiana, ya que así pueden moderar costes, crear una lista de invitados manejable, presentar su oferta en un ambiente menos caótico y competitivo que el Convention Center y además asegurar el interés del evento. ESA tiene un gran reto por delante del que podría salir una feria tan interesante como lo ha sido hasta ahora, pero en un formato mucho más útil y manejable.