Videojuegos con responsabilidad
Los menores de edad confiesan que ocultan a sus padres qué videojuegos usan. Los padres no tienen tiempo para jugar con sus hijos y averiguar a qué estan jugando.
Desde la China, donde el gobierno considera una plaga los juegos multijugadores masivos online, hasta EEUU, donde varios estados han intentado sin éxito restringir la venta de videojuegos, y España, donde a mediados de noviembre Protégeles.com y el Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid pidieron que Bully no se comercialice, la opinión pública está preocupada por el consumo de videojuegos por parte de los menores. La diferencia generacional entre los unos, padres, profesores y miembros de asociaciones de protección al menor, y los otros, los menores de edad que han crecido con el ordenador, la consola y los videojuegos, es abismal y probablemente la raíz del problema esté en el desconocimiento y la despreocupación.
Como ocurre con las películas, que reciben una recomendación por edades en función de sus contenidos, los videojuegos llevan bien visible en la caja una recomendación por edad común en toda Europa y que los fabricantes aplican por voluntad propia, es decir, estamos hablando de una autorregulación. Los intentos de censurar un determinado videojuego por sus contenidos para proteger a los menores pueden parecer justificables, pero con su aplicación quedarían afectados los aproximadamente 4 millones de usuarios de videojuegos mayores de edad, que tienen todo el derecho a usar este tipo de software. Si no, el siguiente paso sería poner límites a la censura. ¿Qué podemos mostrar? ¿Dónde cortamos?
No podemos aspirar a que las tiendas realicen un control policial de la edad del comprador, entre otras cosas porque se ha demostrado poco efectivo en otro tipo de productos más directamente dañinos para la salud como el alcohol y el tabaco. Según la encuesta realizada a 4.000 estudiantes españoles de entre 10 y 17 años que dieron a conocer el Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid, Protégeles.com y Civertice a mediados de diciembre, más de la mitad de ellos usan o han usado alguna vez videojuegos piratas. La piratería, una lacra que afecta especialmente a España, lógicamente sobrepasa cualquier control de edad que puedan realizar las tiendas. Según la misma encuesta, un tercio de los encuestados admiten jugar con títulos para mayores de edad y que casi un 40% reconoce que juegan a títulos que sus padres no aprobarían de saberlo, algo que deja muy patente que la solución no llegará por un mayor control en la distribución.
Tampoco queremos caer en la denuncia fácil de que los padres son los únicos responsables y que, simplificando, la culpa es suya. La sociedad española ha cambiado mucho en las últimas décadas y cada día es más normal que los dos progenitores trabajen. Los niños quedan más tiempo en manos de los abuelos, de cuidadores o sencillamente solos, y aumentan las probabilidades de caer en el lado oscuro, de probar algún videojuego para mayores. Pero sí que estamos de acuerdo con el Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid cuando pide una participación más activa de los padres tanto a la hora de controlar el tiempo que dedican a los videojuegos, algo que ya les preocupa según la citada encuesta, como también a la hora de supervisar los contenidos de los videojuegos que usan sus hijos, algo que desgraciadamente aún está muy verde.
El control constante por parte de los padres es impracticable, tanto ahora como hace décadas, cuando los niños se iban de casa al salir del colegio y no volvían hasta horas más tarde. Desde mi humilde opinión, la solución está en la palabra, en intentar consensuar una solución razonada entre padres e hijos y en un control más laxo pero sin bajar la guardia. Mostrar interés en los videojuegos a los que está jugando y hablar de ellos. En muchos casos supone un esfuerzo de aprendizaje tanto para los padres, probablemente en mayor grado, como para los hijos, pero vale la pena. Creo yo.