Secuestro y deporte

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Secuestro y deporte

Secuestro y deporte

Las figuras del deporte son componentes atractivos para los raptores y les sirven para intentar alcanzar sus objetivos.

 

Un halo de silencio presidía el vestuario del Barcelona un 5 de marzo de 1981. Tras acudir a la capilla del Camp Nou para elevar una plegaria junto al párroco Joaquim Francèsc, la plantilla se reúne para decidir si jugar o no en el Vicente Calderón. Finalmente se apuesta por el sí después de cerca de una hora de discusión. Hay voces discordantes, como la de Bernd Schuster. “No jugaré, además de piernas tengo corazón, sólo quiero que vuelva”, aseguró el centrocampista de melena rubia ante los medios. Sus palabras aludían a la figura de Quini. ‘El Brujo’ había sido secuestrado cuatro días antes tras un Barcelona-Hércules, partido en el que, cómo no, marcó dos goles. Dos individuos le abordaron a punta de pistola cuando se iba a dirigir al aeropuerto para recoger a su esposa y le obligaron a subir a una furgoneta DKW de color blanco. Al ver que no llegaba nunca, Mari Nieves, la mujer del cuatro veces máximo goleador de Primera, cogió un taxi que le trasladó hasta el domicilio familiar. Su marido tampoco estaba allí. Tras realizar una serie de llamadas y sin conocer información alguna sobre su paradero, dio la voz de alarma. El Barcelona se apresuró en advertir a las fuerzas de seguridad de su desaparición. La noticia corrió como un reguero de pólvora por la ciudad condal y casi 20 horas más tarde se confirmaba el triste suceso. Quini había sido secuestrado. Así comienza la historia sobre un drama que se prolongó durante 25 días. Un período cargado de tensión que mantuvo a toda España en vilo.

A las 22:05 horas del 25 de marzo de 1981, Enrique Castro ‘Quini’ era liberado en Zaragoza tras penetrar la policía en un sótano situado en el número 13 de la calle Jerónimo Vicen. Uno de los raptores, Víctor Miguel Díaz Esteban, de 27 años, era sorprendido junto al delantero asturiano. Ese mismo día fueron detenidos en la ciudad maña José Eduardo Sandino Tejel y Jesús Lázaro Aznar, mientras que Fernando Martín Pellerano fue capturado en Ginebra tras haber retirado un millón de pesetas de los 100 que habían sido depositados en una cuenta del Credit Suisse para el rescate de ‘El Brujo’.

Visiblemente desmejorado, con una poblada barba y vistiendo un chándal azul, Quni no tuvo malas palabras para sus secuestradores: Al principio pensé que me matarían y nunca volvería a casa, pero se portaron bien conmigo. Siempre me decían que no pasaría nada”. La Audiencia de Barcelona condenó a los acusados a diez años de prisión y a pagar cinco millones al jugador. Quini renunció al dinero y 31 años más tarde se reencontró con uno de sus secuestradores. “Fue todo muy cordial. Todos podemos cometer un error”, dijo después de haberse sentado frente a frente con ellos. Tienen su perdón.

El caso de Quini conmocionó a la opinión pública española y tuvo su reflejo en forma de un fortalecimiento de las medidas de seguridad alrededor de las figuras deportivas del momento. Schuster, que al final disputó aquel partido ante el Atlético, dotó de protección privada a su familia.

Sin embargo, el secuestro de Quinocho no fue el único ni el primero que se produjo en el panorama mundial. El primer gran precedente se dio el 23 de febrero de 1958. El pentacampeón mundial de Fórmula 1 Juan Manuel Fangio fue secuestrado en La Habana por el ‘Movimiento 26 de Julio’ que comandaba Fidel Castro, entonces guerrillero en Sierra Maestra. Los motivos, puramente propagandísticos. La idea no era otra que publicitar internacionalmente su causa política y ganar adeptos para la Revolución. El plan trazado por la guerrilla proyectaba el rapto del piloto argentino un año antes, en el estreno del Gran Premio de Cuba, que tanto había perseguido Batista. No pudo emprenderse por una caída de militantes y se adoptó aplazarlo para la edición siguiente. Faustino Pérez, uno de los célebres barbudos castristas, encabezaba todas las operaciones en la capital cubana. También ésta. Con Óscar Lucero, capitán de milicias, y Manuel Uziel como los grandes ejecutores de la trama. El céntrico Hotel Lincoln, lugar en el que se hospedó el piloto, fue el escenario donde se efectuó el secuestro. Tras dos días de intensos seguimientos y una ocasión perdida en un cóctel en el Hotel Nacional, los golpistas vieron su oportunidad en la tarde del 24 de febrero. Por la mañana, Fangio se había hecho con la pole en las sesiones de entrenamiento. Horas más tarde su suerte cambió. Encañonándolo con una pistola sobre las costillas, Uziel le forzó a acompañarle y le condujo a un chalet donde permanecería durante 27 horas hasta su puesta en libertad. En ese tiempo pernoctó en la mejor habitación de la casa, comió con total normalidad e incluso le llevaron el desayuno a la cama. La intención de los guerrilleros se asentaba en la idea de que Fangio trasladase después una imagen conciliadora de su retención. Así fue. Siempre habló bien de sus secuestradores, con los que se volvió a encontrar en 1981 cuando era presidente de la Mercedes. Conoció también a Fidel Castro. El exmandatario sostuvo siempre el éxito de esta operación como uno de los grandes triunfos de la revolución cubana.

El secuestro de Fangio inspiró cinco años más tarde el rapto de Di Stéfano en Caracas a cargo del Frente de Liberación Nacional de Venezuela. El cautiverio del mítico jugador madridista se inició en la madrugada del 25 de agosto de 1963 y se extendió durante 72 horas. La portada de ABC fue esclarecedora sobre la finalidad del mismo: ‘El rapto de Di Stéfano, maniobra política del FALN’. El grupo armado pretendía atraer la atención del mundo sobre sus actividades. No hubo ningún tipo de exigencia económica. “Le secuestramos basándonos en su fama. Eso nos ayudaba a obtener nuestros fines, su prestigio y la fama del Madrid”, garantizó Paul del Río, uno de los raptores, en una entrevista publicada por AS el 25 de agosto de 2005. El FALN urdió la intriga a propósito de un viaje del Real Madrid a la capital venezolana para participar en la Pequeña Copa del Mundo. El proyecto se concretó en realidad. Los guerrilleros se presentaron en la habitación de Di Stéfano en el hotel Potomac, haciéndose pasar por policías y le ordenaron acompañarles a comisaría. Una vez en el coche, le comunicaron que se trataba de un secuestro. Tres días después le soltaron, a cien metros de la embajada de España. Se me hicieron eternos. Ellos se portaron bien conmigo, jugaban a las damas, al ajedrez, decían que eran estudiantes. Me ponían la radio, me traían periódicos, relató Di Stéfano en su libro de memorias, ‘Gracias Vieja’, escrito por el director de AS, Alfredo Relaño, y el también periodista Enrique Ortego. Aunque también hubo momentos en el que sus pensamientos gozaban de un calado bien diferente: “Pasó un día y pensé que me iban a liquidar, que me iban a matar. Mi cabeza se rindió […]”.

No siempre hubo un final feliz. La masacre de Múnich en los Juegos Olímpicos de 1972 tuvo un ejemplo de desenlace fatal. El grupo terrorista de origen palestino ‘Septiembre Negro’ asesinó a cinco atletas y seis entrenadores israelíes después de retener a nueve de ellos durante casi ocho horas. El caso del atleta Miguel Sánchez tampoco acabó bien. Fue uno más de los cerca de 30.000 desaparecidos durante la dictadura argentina. De él no se supo nunca más desde un 8 de enero de 1978. El periodista de La Gazzetta dello Sport, Valerio Piccioni, le ha recuperado del olvido. Impresionado por la historia del deportista tucumano, es el ideólogo de La Carrera de Miguel, celebrada en Italia desde el año 2000 y en Argentina desde 2001. Una iniciativa reivindicativa con el deporte como bandera.

Incidentes más ligeros y rocambolescos han salpicado a otras estrellas del deporte. En este caso del ajedrez. Bobby Fischer y Boris Spassky, protagonistas de la partida del siglo, celebrada en 1972, que ganó el primero. Fischer acusó, 32 años después de su glorioso triunfo, al gobierno norteamericano encabezado por George W. Bush y al ejecutivo nipón de tejer su detención durante ocho meses por intentar abandonar Japón con un pasaporte que había expirado. El famoso ajedrecista era requerido por la justicia de su país por haberse enfrentado a Spassky en suelo yugoslavo en 1992, cuando Estados Unidos prohibía a sus ciudadanos viajar a dicha nación. “No ha sido una detención, sino un secuestro”, aseveró Fischer tras su liberación.

Más extravagante fue el rapto de Spassky, aquejado desde 2010 de un ictus. La familia denunció su desaparición de su casa de París el 16 de agosto del pasado año. Fue hallado por su hijo en un hospital de Moscú el 8 de septiembre junto a Valentina Kuznetsova, que se identificaba como la agente del jugador. Ella le sacó de Francia acusando a la familia de maltratarle, y, por medio de un pasaporte expedido por la embajada rusa, le trasladó hasta la ciudad moscovita. Spassky está ahora de nuevo dentro de las fronteras galas. Su misterioso viaje parece un pasaje propio de la Guerra Fría...

No todos los relatos sobre cautiverios refieren acontecimientos tan excepcionales. La mayoría se fundamentan exclusivamente en razones económicas. Ésa fue la causa del ataque, por suerte no perpetrado, que sufrió Iván De la Peña el 30 de enero de 2001. Dos individuos quisieron raptarle en el garaje de su casa, pero el entonces futbolista del Barcelona se percató y logró huir, teniendo la frialdad de memorizar la matrícula del coche de los asaltantes, lo que facilitó el trabajo policial. Una vez dado el aviso a las fuerzas de seguridad, se localizó el vehículo y se inició una persecución que terminó con el arresto de ambos individuos. Poco antes, uno de ellos hirió de bala a uno de los agentes.

David Beckham también se llevó un enorme susto. La policía inglesa desbarató en el año 2000 un intento de secuestro a Victoria Adams y su hijo Brooklyn para pedir a su marido 300 millones de las antiguas pesetas por el rescate. La misma situación vivió el serbio Kezman, exfutbolistas del Atlético, cuando jugaba en el PSV holandés en 2003. Las fuerzas de seguridad frustraron el plan antes de consumarse.

Latinoamérica es el escenario por excelencia donde el secuestro a deportistas alienta su expresión máxima. Los casos se cuentan por decenas. El mítico ciclista Lucho Herrera, ganador de la Vuelta a España en 1987, fue ‘plagiado’, como dicen en Colombia, por las FARC durante 24 horas. Dos meses antes fue el también ciclista Oliverio Rincón el que padeció esta lacra. Ambos casos se debieron a pretextos políticos. No obstante, lo más habitual es que residan en fines monetarios. El jugador de béisbol venezolano Wilson Ramos estuvo tres días en cautiverio; los futbolistas Diogo Rincón y Vinicius Pacheco fueron sometidos a un secuestro relámpago (método muy utilizado); y Daniel Villalba y Juan Cazares, jugadores de River Plate, permanecieron retenidos seis horas por un grupo de ladrones. Son las últimas víctimas directas más reconocidas. Directas, sí, porque otra técnica muy habitual en el continente americano se basa en capturar a familiares de deportistas. Grandes figuras del fútbol como Romario, Robinho, Riquelme o los Milito, entre muchos otros, vieron como sus padres, madres o hermanos eran secuestrados para demandarles altas sumas de dinero. Ante esta tesitura, hay quienes prefieren abandonar sus lugares de origen. El venezolano y exjugador de la NBA Óscar Torres huyó atemorizado de su país y se refugió en Tarragona para jugar en la Liga LEB ORO hace casi año y medio.

África y Asia también son otros marcos inseguros en muchos de sus paisajes. Tres episodios sirven para plasmar el grado de inseguridad que viven algunas imágenes del deporte. El presidente del Comité Olímpico de Libia fue capturado en 2012 y liberado una semana después. Tres años antes, el sudafricano Japie Mulder, antiguo astro de los Springbok, campeones del mundo de rugby en 1995, salió indemne junto a su familia de un secuestro express. Y en Irak, el árbitro Hazem Hussein estuvo inmovilizado durante días por un grupo de hombres armados. Los tres ejemplos citados se fundamentan en móviles políticos, económicos y represivos, por ese orden.

Y al contrario. A veces se invierten los papeles y el deportista se convierte en secuestrador. Los nombres más relevantes son el del el excampeón olímpico de patinaje artístico austríaco Wolfgang Schwarz y el del portero mexicano Omar ‘Gato’ Ortiz. Otro guardameta que se vio relacionado en un caso similar fue René Higuita. Fue acusado de actuar como mediador en un secuestro y estuvo detenido durante seis meses en 1992. Sin embargo, la Corte Constitucional de Colombia le dio la razón al intérprete de la legendaria jugada ‘El Escorpión’ y condenó al Estado a pagarle 17.344 dólares en concepto de indemnización por los daños causados.

La industria del secuestro se ha convertido, pues, en un gran negocio cuyo objetivo, mayoritario, se mide en términos económicos. De ahí que la figura del deportista irrumpa con fuerza y, en ocasiones, se generen historias increíbles. ‘Forty Mirage, considerado el mejor potrillo de carreras argentino y valorado en más de un millón de dólares, desapareció el miércoles de su caballeriza en el hipódromo de Tandil. Los ladrones exigen 300.000 dólares por devolver sano y salvo al caballo’, era una información del periódico argentino Crónica el 11 de julio de 2004. Asombroso.

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