Aquellas noches
Hace muchos años yo quería ser el Capitán Trueno hasta que, harto de comprar tebeos, me percaté que entre mi héroe y la reina Sigrid sólo había un amor de hermanos. ¿Cómo un mocetón de agilidad de gato, melena Llongueras y sabiduría infinita sólo alcanzaba a rozar sus morros con tan espectacular rubia? Quemé la colección entera ante la cara de asombro de mi hermano chico, que todavía no me lo perdona.
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Después he querido ser, sucesivamente, mil héroes: Clark Gable, John Wayne, Ramón Arcusa, Campanal, Bob Dylan, Aute y portero del cine Emperador, que estaba en Triana y echaba las mejores películas del mundo. Me fui haciendo mayor rematando córners con las farolas y pateando los gatos de mi calle, pobrecitos.
Una noche descubrí a un tipo que decía ser un Loco, que leía a Whitman, a Neruda y a Lorca, que conversaba de igual manera con Serrat y Vicente el del Canasto, que hablaba de Di Stéfano, de Juanita Reina y del Betis. Se lo decía a mi oído de paria de la noche, sin engolar la voz, mientras Pink Floyd me acariciaba como lo hubiera hecho el perro que nunca tuve. Aquellos días desterré a John Wayne y a todos sus primos, y nunca más desterré a los espejos. Incluso no me avergoncé de estar un poco loco.