La arista Peuterey

Observo desde Courtmayer cómo la arista de Peuterey se pierde en el horizonte camino de la que fue hasta hace unos cuantos años la cima más alta de Europa, el Mont Blanc. Hoy el gigante blanco de los Alpes ha perdido su trono en favor del advenedizo Elbruz, un grosero montañón en el corazón del Caúcaso sin más mérito que su altura. Hechos como éste son de los que abruman los hombros con el peso del tiempo que huye y hacen pensar en una famosa y algo pesimista sentencia: "Dios, ha muerto. Marx ha muerto. Y yo no me encuentro muy bien".

Le queda el consuelo al Mont Blanc (y a los que le seguimos siendo fieles como a un rey destronado en el exilio) de que nadie puede arrebatarle el pasado glorioso de haber vivido en sus laderas el nacimiento del alpinismo, en el siglo XVIII. Un aliento iniciático y legendario parece rodear como una bruma de aventura esta cordillera de hermosas arquitecturas rocosas y su delicada claridad de líneas y formas. Para quien ama la montaña, la cordillera de los Alpes simboliza un viaje a los orígenes. Fue aquél un tiempo de pioneros que se atrevieron a soñar con pasar por donde no se podía pasar, como dijera Mummery. Se empeñaron en superar lo imposible, abriendo las puertas a un universo desconocido: el de las más altas cumbres.

Pudiera parecer que los gigantes del Himalaya han logrado aplastar con su sombra la capacidad de atracción de los Alpes. Pero nada más lejos de la realidad. Los Alpes siguen siendo la ineludible escuela por la que tienen que pasar las sucesivas generaciones de alpinistas. Pero, además, siguen ofreciendo atractivos retos de indudable envergadura. Desafíos como la integral de Peuterey.

Hemos venido para rodar la peripecia de dos jóvenes escaladoras, Ester Sabadell y Helena del Río, afrontando una verdadera expedición alpina: el recorrido integral de la arista de Peuterey, la más larga de Europa. Viéndoles preparar esta expedición no puedo evitar recordar cómo eran las cosas allá por los años 70 del pasado siglo. Eran tiempos de escasez que hacían agudizar el ingenio y suplir con voluntad y pasión las enormes carencias que sufríamos. Bien es verdad que algunos agudizaban otras cosas, favoreciendo que, por ejemplo, fuese Chamonix uno de los primeros lugares donde se implantaron los dispositivos magnéticos anti-robo en los artículos de alpinismo. Nunca sabrá el cuerpo de la gendarmería francesa lo mucho que ayudó a algunos compañeros gracias a unos pocos litros de gasolina extraídos de sus coches-patrulla.

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Por fortuna, los tiempos han cambiado a mejor en todos los sentidos. Lo que sigue igual es la belleza desafiante de los Alpes y la pasión que anima a los alpinistas jóvenes. Tanto lo uno como lo otro nos hacen enfrentar el futuro con optimismo y creer en la capacidad del ser humano para lo mejor. Y lo necesitamos ahora más que nunca en días como éstos en los que ha mostrado, en toda su cruel miseria, su lado más maldito.

Sebastián Álvaro es el director del programa de Televisión Española Al filo de lo imposible.

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