Guirao, de la sombra al timón
El canterano fue clave en la buena segunda parte del Leganés en Valladolid. Salió en lugar de Melero y ejerció de ‘5’ eficaz. Con Oca sólo había jugado dos ratitos en 13 jornadas.


Carlos Guirao volvió a demostrarle a Igor Oca ante el Valladolid (derrota por 3-2) que está en condiciones de afrontar más minutos que los que el entrenador vizcaíno le ha dado desde que cogió las riendas del Leganés. Desde su estreno, el 7 de diciembre de 2025, el técnico sólo tiró del chico en dos partidos de los 13 que había dirigido: 20 minutos en su estreno contra el Córdoba y 2 ante Castellón. Nada más. Eclipsado por la titularidad perenne de Diawara, ni siquiera la baja del guineano en Pucela (sanción) le permitió dar el salto al once. Tuvo que esperar a la segunda parte para salir, dar orden al equipo después de una primera mitad “terrible” (Oca dixit) y permitir a los pepineros tener opciones de empatar un partido que, sin embargo, acabó en derrota.
Oca apostó inicialmente en la titularidad por Melero para jugar en lugar de Diawara, aunque en realidad el madrileño no hizo la misma función que suele desempeñar su compañero. Oca dibujó un sistema que, en la salida de balón, era algo así como un 3-1-4-1-1, con sólo tres defensas (Leiva, Miquel y Marvel), Cissé convertido en el ‘5’ que sacaba la bola. Por delante, Dani Rodríguez y Melero a modo de interiores y Plano de enganche.
Esa estructura interior fue un problema recurrente para el Leganés, porque ni Cissé, ni sus acompañantes lograban agilizar la salida de pelota blanquiazul, lo que permitió al Valladolid aprovecharse con robos y contras rápidas que, casi siempre volcadas desde la izquierda, donde Franquesa dejaba mayores huecos a la espalda. Por ahí percutieron los locales y por ahí se desangró un Leganés que tapó la hemorragia con la entrada de Guirao.

Ancla y timón
Su presencia liberó a Cissé, que dejo de ser el encargado de sacar la pelota. Guirao ejerció de ancla y timón al que todos buscaban para mover al equipo. Y con una referencia serena, el Leganés ganó el orden que necesitaba para armar ataques con criterio y peligro. El chaval también se animó a ejercer conducciones que desarmaban las líneas pucelanas y, por momentos, inyectó un extra de actitud que se contagió entre sus compañeros. La segunda parte, con él al mando, no tuvo nada que ver con la primera.
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No fue suficiente para rascar algo de Valladolid. Pero en una mirada al medio y largo plazo, a Guirao sí le sirvió para reclamar más protagonismo y, de paso, dejar claro que hay potenciales variables que se pueden aprovechar en un conjunto que, en la la sala de máquinas, suele girar en torno a dos-tres piezas habituales: Diawara, Cissé y Melero. Guirao ya ha demostrado que puede ser uno más en ese baile de opciones.
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