El Leganés activa el modo final
Las alarmas encendidas por el riesgo de descenso a Primera RFEF hacen que en el club, equipo y afición se haya asumido el partido ante el Valladolid con la seriedad de quien se juega la vida.


El Leganés ha activado el modo final. Objetivo: Valladolid. No es que los pepineros estén en ciernes de afrontar este partido con emoción porque valga un título con el que se termine la temporada. Lo de ahora es más importante que eso. Evitar el descenso a Primera RFEF, un riesgo que se ha instalado como una desvelada realidad que, por mucho que merodease los alrededores de Butarque este curso, parecía ajena al sur de la capital. Ya no. El miedo es cierto. Próximo. Y con él, la asunción de que toca ponerse firmes, apretar los machos y creerse que lo que está por venir es asunto más que serio. De supervivencia. La vida o el descenso.
Y en ese objetivo, lo que pase este sábado en Valladolid (18:30) es clave. O quizá más que eso. Ganar al Pucela implicaría un doble golpe que puede terminar y mucho lo que suceda en el resto de la temporada. Partido bisagra. Para bien. Para mal. Vencer implicaría meterle cuatro puntos de distancia a los blanquivioletas, equipo que marca ahora la frontera entre la salvación y el pozo, garantizarse el golaveraje (el partido de la primera vuelta terminó 3-0) y dar un salto en la recolección de los 16 puntos que hacen falta para llegar a la frontera psicológica de los 50.
Tan importante es el duelo, tan necesario es sumar y que el Valladolid sume lo menos posible, que incluso el empate se atisba como una cosecha válida, visto que impide a un rival directo cazarte y superarte y, de paso, hace que el Leganés rasque algo hacia ese anhelo matemático del medio centenar de puntos. ¿Y la derrota? Ésa se intenta no contemplar, aunque resulta escenario factible para este equipo que, de caer, podría incluso meterse en puestos de descenso si el Huesca diera la sorpresa y ganara al Málaga en La Rosaleda. Y todo con sólo 12 partidos por jugarse.
Piña en el vestuario y las gradas
El margen es escaso. La plantilla lo sabe. Anda el vestuario en estos días tratando de hacer piña. Tratando de apartar las cuitas que pudieran darse por circunstancias deportivas para remar en la dirección adecuada con la que rascar los puntos que hacen falta. No es proceso fácil viendo la incidencia de las bajas médicas (también por sanción) que amenazan a este partido. Éste es un grupo que no está deslavazado, pero tampoco tan unido como -por ejemplo- se vio en el curso del ascenso. En esa tarea por sumar conjuntamente andan ahora sus líderes.
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Y mientras tanto, los que nunca fallan siguen ahí. Apretando. Es la afición pepinera el mayor activo social de un club que verá como hasta 600 aficionados acompañan a los suyos al Nuevo Zorrilla. Valladolid siempre ha sido uno de los desplazamientos mayores de la parroquia blanquiazul. Viaje que esta vez mezclará la indignación que maceran en sus gargantas desde hace tiempo (los cánticos contra la directiva son habituales partido tras partido en Butarque) con la necesidad de estar al lado del equipo y generar la chispa que dé el impulso definitivo. Un triunfo en esta final que no lo es, pero como si lo fuera para ganar algo más que un título: la permanencia en Segunda.
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