Castellón

Castellón sueña en binario

Los ‘Orelluts’ están en plena lucha por el ascenso a Primera con un modelo para fichar único en España. El Brighton y el Saint-Gilloise también abrazan esta fórmula.

Los jugadores del Castellón durante la celebración de un triunfo.
CARME RIPOLLES
Alejandro Soto
Redactor en la sección de fútbol
Redactor en la sección de fútbol de la web del Diario AS desde 2019. Narró en directo para AS.com, durante dos años, partidos de LaLiga Santander, Champions League, Europa League o de la Eurocopa, entre otros. Amante del deporte en general, con especial predilección por el fútbol y sus pequeñas historias.
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Hace no mucho tiempo, el Club Deportivo Castellón pasaba por uno de los momentos más difíciles de su centenaria historia. Corría el año 2011 cuando se consumaba el descenso administrativo de la entidad albinegra a Tercera División por problemas de impagos. Ahogado por su maltrecha economía, se encaminaba incluso hacia su desaparición. Hoy, quince años más tarde, en Castalia sueñan con regresar a Primera poniendo fin a una ausencia de 35 años en la élite. Los Orelluts han pasado del drama a la euforia encabezados por Pablo Hernández, leyenda de la entidad y respaldados por la gestión de un hombre que aterrizó en La Plana con ganas de romper moldes. Hablamos de Haralabos Voulgaris.

Nacido en 1975, Voulgaris, canadiense de orígenes griegos, es un hombre que amasó una auténtica fortuna gracias a las apuestas deportivas y al póker. Se dedicó a utilizar las matemáticas para detectar patrones con los que dejar el azar del juego a un lado y ganar mucho, muchísimo dinero. Alcanzó tal prestigio que los Dallas Mavericks le ficharon en 2018 como Director de Desarrollo e Investigación Cualitativa. Su misión: poner su privilegiado manejo del big data al servicio de la franquicia texana de la NBA para fichar jugadores. Sin embargo, la cosa no acabó bien (llegó a tener desavenencias con Luka Doncic, por aquel entonces la estrella del equipo) y salió de los Mavs en 2021. Un año más tarde aterrizaría en Castellón de la Plana.

En 2022, año del centenario del club, Bob Voulgaris compró el Castellón sin un atisbo de duda en sus intenciones: basaría en el big data todas sus decisiones a la hora de fichar. Para muestra, estas declaraciones concedidas en el podcast oficial del club albinegro: “Somos un club de datos. Todo el mundo tiene que entender esto. No ojeamos a nadie tradicionalmente. Hacemos un poco de scouting para el filial porque hay muy pocos datos para los jugadores más jóvenes. Pero para nuestro primer equipo, somos un club de datos y así vamos a operar mientras yo esté aquí”.

Todos los jugadores que llegan al Castellón deben haber encajado previamente a la perfección en el algoritmo que el propio Voulgaris ha desarrollado (y sigue desarrollando en continua optimización). Todos, de acuerdo a las estadísticas que vierten su desempeño sobre el césped, deben cumplir unas características comunes y todos deben entrar en la filosofía que el grecocanadiense quiere inculcar: un fútbol de ataque. Así, mediante el big data, Voulgaris halló jugadores como Israel Suero (hasta 2023 militaba en la segunda división alemana) Romain Matthys (fichado del Maastricht, de segunda holandesa) o Brian Cipenga (procedente del Paços Ferreira portugués).

Voulgaris entiende que esta es la única manera que tiene de llegar lejos en el fútbol español: detectar talentos ocultos gracias a una manera única de moverse en el mercado y, sobre todo, obtener plusvalías. Comprar barato y vender caro. Es una filosofía que al Castellón le está funcionando a las mil maravillas, pues ya logró volver al fútbol profesional y, en febrero de 2026, se ilusiona con un posible retorno a Primera División. Su dueño, en declaraciones realizadas en 2023, mostró que no anda precisamente corto de ambición: dijo que quería competir contra Real Madrid y Barcelona “en un máximo de seis o siete años”. Cuatro años después de su llegada a Castalia, Voulgaris se acerca a, paradójicamente, errar en sus propios pronósticos.

A la Champions con un algoritmo secreto

Las matemáticas y la crudeza de los números a veces entran en conflicto con el fútbol. El big data no entiende de un disparo al travesaño por mucho que exista la métrica de los goles esperados. Las estadísticas no pueden explicar factores más humanos que atañen a un futbolista, como su periodo de adaptación a un nuevo equipo o su aclimatación a una nueva cultura o a un nuevo idioma. El modelo de Bob Voulgaris no es perfecto… pero sí que tiene un elevado ratio de acierto. Y no sólo existe el ejemplo del Castellón para demostrarlo. En Bélgica, más concretamente en Forest, un municipio ubicado en el extrarradio de Bruselas, juega el Royale Union Saint-Gilloise. Un club que, con un modelo francamente parecido al orellut, ha destronado a los equipos con más solera del país, como el Brujas, el Anderlecht o el Standard de Lieja.

Fundado en 1897, el Saint-Gilloise tuvo su anterior época de bonanza durante la primera mitad del siglo pasado. Tras la Segunda Guerra Mundial, el club empezó a caer y, en la década de los setenta, desapareció de la primera división belga hasta el 2021, año en el que por fin regresó a la élite. Cinco años más tarde es el vigente campeón de la Jupiler Pro League, ha llegado a la Liga de Campeones y ha jugado contra colosos de la talla de Bayern de Múnich, Inter de Milán y Atlético de Madrid. El porqué de este espectacular renacimiento lo tiene un hombre cuya historia guarda muchas similitudes con la de Bob Voulgaris: Tony Bloom.

Castellón sueña en binario
Los jugadores del Royale Union Saint-Gilloise saludan a su afición en su desplazamiento al Metropolitano para jugar contra el Atlético en Champions.Juanjo Martín

Y es que Bloom (nacido en Inglaterra en 1970), al igual que Voulgaris, también hizo su fortuna y se forjó un estatus en el mundo del deporte gracias a su éxito en las apuestas deportivas y en el póker. También es un matemático que comenzó a bucear en el big data para aumentar sus probabilidades de prosperar en el juego. Y también decidió aplicar sus conocimientos a la industria deportiva. En 2009 se convirtió en el accionista mayoritario del Brighton & Hove Albion. Lo sacó de su letargo en el tercer escalón del fútbol inglés y lo asentó en la Premier League, impulsando la construcción de un nuevo estadio y llegando incluso a competir en la Europa League. Bloom no se detuvo y, en 2018, entró de lleno en el Saint-Gilloise para alcanzar todos los logros previamente descritos.

Esto ayuda a comprender las sinergias entre el club inglés y el belga. Por ejemplo, el japonés Kaoru Mitoma jugó en el Saint-Gilloise y ahora lo hace en el Brighton. Bloom, para evitar conflictos con la UEFA por el candente tema de la multipropiedad, se diluyó dentro del accionariado del Saint-Gilloise. Pero su sello es una evidencia: ficha, al igual que el Castellón, apoyado constantemente en el algoritmo. Y no en uno cualquiera, sino en su propio algoritmo. Resulta que el matemático inglés es el creador de Starlizard, una consultora de datos deportivos que tiene su propia base de datos a la que sólo tienen acceso el Saint-Gilloise y el Brighton. En otros términos, Bloom no utiliza para fichar a una empresa de acceso común, como Opta, sino que utiliza su propio algoritmo ‘secreto’. Tal es el nivel de secretismo de esta base de datos que ni siquiera los empleados de la empresa conocen el modelo al 100%.

De este modo, consigue lo mismo que el Castellón a una escala todavía mayor: detecta talento que no está a la vista del gran público (ni a la del resto de los equipos, pues la base de datos es suya), lo potencia y lo vende por mucho más dinero del que invierte. Sirva como ejemplo Moisés Caicedo. Bloom fichó para el Brighton, en invierno de 2021, al mediocentro ecuatoriano por unos seis millones de euros. Dos años y medio más tarde se lo vendió al Chelsea más de 22 veces más caro: concretamente, por 133 ‘kilos’.

A estas plusvalías hay que agregarle, además, que Bloom usa al club belga como ‘trampolín’. Le concede a futbolistas la oportunidad de foguearse en una liga que no es de primer orden justo antes de dar el salto a la Premier League y, probablemente, terminar vendiéndolos más tarde por todavía más dinero. Es el modelo de negocio en el que Bloom se mueve como pez en el agua: un sistema basado en el big data que le reporta enormes beneficios temporada a temporada y que, incluso, le ha llevado a codearse con gigantes en la Champions League. Un modus operandi que bien parece una réplica, a gran escala, de lo que Bob Voulgaris está construyendo en Castalia.

La IA cambia el tablero

La inteligencia artificial ha pasado a ser parte del día a día de prácticamente todo aquel que goce de conexión a internet. Ya sea para el ámbito laboral, para organizar las tareas diarias, para consultar información o incluso para ordenar pensamientos, se ha hecho un hueco en la cotidianidad del ser humano a un ritmo vertiginoso. Y el fútbol, naturalmente, también ha sido permeable a esta irrupción. La IA ha entrado en escena en el deporte rey y amenaza con ser un elemento transformador a todos los niveles. Ya no es sólo cuestión de big data, el gran arma de Bob Voulgaris y de Tony Bloom. Ya no se trata de disponer de los datos. La IA tiene la capacidad de sintetizar toda esa información y de darle forma. De simplificar procesos y ahorrar tiempo, esfuerzo y dinero.

Es el scouting, quizás, el apartado que sufre una mayor transformación con la llegada de la inteligencia artificial. Ahora existen herramientas que permiten recabar, en segundos, información que a un equipo tradicional de ojeadores le llevaría años y años conseguirla. Puede, en un abrir y cerrar de ojos, ver cientos y cientos de partidos para analizar a un determinado jugador o equipo de cualquier parte del mundo y, en base a eso, crear informes ordenados y optimizados para los clubes. Datos que antaño costaban mucho tiempo, esfuerzo y dinero están, ahora, a golpe de click. Esto hace que clubes más pequeños estén ahora más cerca, gracias a la IA, de gigantes que cuentan con enormes grupos de analistas trabajando para ellos. Y también reduce el riesgo de fichajes fallidos, pues detecta con más facilidad a los jugadores que reúnan las características que un determinado equipo demande y predice, además, el posible encaje del futbolista en su nuevo contexto.

También puede cambiar enormemente el grueso del trabajo diario de los cuerpos técnicos. La inteligencia artificial es capaz de recabar una información mucho más completa sobre el rendimiento de los futbolistas a nivel individual y, también, a nivel de estructura como equipo. De darle una explicación y un sentido a los movimientos de cada uno de los once jugadores y a los movimientos colectivos. También los de los rivales. Hay herramientas que se fijan, por ejemplo, en parámetros como la ubicación de los jugadores sobre el terreno de juego, en patrones de pases, de desmarques… las hay, incluso, que son capaces de detectar un riesgo de lesión atendiendo a los patrones de movimiento de un futbolista en concreto. Son capaces de monitorear la fatiga y, en consecuencia y a la larga, de ayudar a prevenir lesiones. La IA, por lo tanto, puede suponer un impacto enorme en la forma de entender el juego.

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Y también podría cambiar, por último, la experiencia del aficionado. Ahora, los hinchas pueden acceder a través de sus smartphones a herramientas que, gracias a la inteligencia artificial, ofrecen lecturas tácticas de los partidos en tiempo real. Esto puede, de forma irremediable, interferir en debates y en cómo el espectador percibe el juego. La IA, en resumidas cuentas, ha llegado para quedarse y apunta a cambiar el fútbol tal y como lo conocemos.

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