Fútbol

“No todos pueden ser el Real Madrid, pero muchos pueden aprender de su modelo”

El deporte crecerá un 61% hasta 2030, pero el dinero no llega a todos: menos del 5% de los deportistas vive bien de su carrera.

El Real Madrid ha convertido su estadio en una referencia mundial con una reforma de 1.170 millones de euros. El nuevo Bernabéu cuenta con techo retráctil, césped móvil, pantalla LED 360º y tecnología de vanguardia, permitiendo su uso para eventos deportivos y conciertos todo el año. Su capacidad asciende a 84.000 personas buscando no solo brillar en el Mundial, sino también a generar ingresos los 365 días del año.
Marta Trabanca
Actualizado a

El deporte ya no es solo pasión, competición o espectáculo. Es una de las grandes industrias globales del siglo XXI. Y sus cifras empiezan a hablar el mismo idioma que las grandes economías del planeta.

Según el informe Sports for People and Planet, elaborado por el World Economic Forum junto a la consultora Oliver Wyman, la economía mundial del deporte alcanzará en 2030 los 3,7 billones de dólares (unos 3,2 billones de euros), lo que supone un crecimiento del 61% en apenas cinco años. A más largo plazo, el sector podría rozar los 7,6 billones de euros en 2050, casi cuadruplicando su tamaño actual.

Si la industria del deporte fuera un país, ya estaría entre las grandes economías del mundo”, resume Carles Murillo, catedrático de Economía en la UPF y expresidente de la Sociedad Española de Economía del Deporte. “Sus ingresos actuales ya superan al PIB de España y se acercan al de Alemania”.

Pero tras ese crecimiento histórico se esconde una pregunta: ¿A quién beneficia realmente este boom económico?

“El deporte crece de forma real, pero desigual”, advierte Jaime Fortuño, experto en patrocinio deportivo y cofundador de MBP Coaches’ School. “El crecimiento no beneficia por igual a todos los actores del sistema”.

A ese diagnóstico se suma Iván Cabeza, economista y profesor del Departamento de Economía y Empresa de la Universidad de Barcelona (UB), que pone el foco en la calidad del boom: “El deporte está creciendo de verdad, pero no todo ese crecimiento es igual de sólido. Hay áreas muy sanas y otras donde se están pagando precios demasiado altos”

Un crecimiento potente… pero no exento de riesgos

El informe del WEF dibuja un escenario expansivo, impulsado por cuatro grandes motores: turismo deportivo, inversión, deporte femenino y mercados emergentes. Sin embargo, también lanza una advertencia: el crecimiento no está garantizado.

“La trayectoria es positiva, pero ningún sector crece de forma indefinida sin riesgos”, explica Murillo. “La inactividad física, los efectos del cambio climático, posibles cambios en los hábitos de consumo o incluso el uso intensivo de la inteligencia artificial pueden alterar esta senda”.

El estudio cifra en hasta un 14% la posible pérdida de ingresos anuales del sector si no se actúa frente a estos desafíos. En términos absolutos, serían más de 500.000 millones de dólares en 2030, una cifra que podría escalar hasta 1.600.000 millones en 2050.

Cabeza coincide en que no se trata de una burbuja general, pero alerta de excesos puntuales: “En algunos mercados los derechos audiovisuales están inflados y los costes —especialmente salarios y fichajes— suben más rápido que los ingresos. El riesgo aparece cuando se confunde facturar más con ganar más dinero de verdad”.

Para Jaime Fortuño, el riesgo no es tanto una burbuja generalizada como un crecimiento mal enfocado: “El deporte crece porque conecta con emociones, identidad y ritual colectivo. El peligro aparece cuando el crecimiento se apoya solo en expectativas financieras y no en una base deportiva y social sólida”.

El turismo deportivo, gran acelerador del negocio

De todos los motores del crecimiento, el turismo deportivo es el más potente. Representará cerca del 60% del aumento total de ingresos hasta 2030, con tasas de crecimiento superiores incluso al turismo tradicional.

Eventos como maratones internacionales, grandes competiciones o torneos globales movilizan a miles de personas y convierten al deporte en un dinamizador económico del territorio. “No hay que olvidar que el mayor impacto económico de un evento no está solo en el espectáculo, sino en el gasto de participantes y asistentes”, apunta Murillo.

Fortuño coincide, pero lanza un nuevo aviso: “El reto es crecer sin excluir. Si el deporte se convierte solo en experiencias premium, pierde su función social y debilita su base”.

El deporte como activo financiero

La inversión es otro de los grandes pilares del crecimiento. El deporte se ha consolidado como clase de activo global, atrayendo a fondos de inversión, capital riesgo, grandes fortunas e incluso estados.

“El riesgo aparece cuando el crecimiento se apoya más en expectativas financieras que en bases deportivas y sociales sólidas”, advierte Fortuño.

El informe del WEF destaca operaciones emblemáticas como la valoración de 10.000 millones de dólares de Los Angeles Lakers, la más alta en la historia del deporte norteamericano.

Según Cabeza, el riesgo, está en el corto plazo: “Cuando un club se gestiona solo como un activo, aumenta la tentación de exprimir ingresos futuros o endeudarse más. El deporte no es una fábrica: depende de resultados inciertos, y si el rendimiento falla, el modelo se tambalea”.

“El problema no es tratar al deporte como activo”, matiza Carles Murillo, “sino hacerlo sin una lógica de valor compartido”. Fortuño lo resume con claridad: “Cuando el corto plazo financiero pesa más que el proyecto deportivo y social, se erosiona la identidad y la sostenibilidad”.

Real Madrid, la élite económica del fútbol

Ese crecimiento global tiene nombres propios. Y uno de ellos es el Real Madrid.

Según el informe Football Money League de Deloitte, el club blanco es por tercer año consecutivo el equipo de fútbol con más ingresos del mundo, con 1.161 millones de euros en la temporada 2024-25. Casi 200 millones más que el FC Barcelona, segundo en el ranking con 974,8 millones.

El informe subraya que el crecimiento del Real Madrid se apoya especialmente en los ingresos comerciales, que aumentaron un 23%, impulsados por la venta de merchandising, nuevos socios estratégicos y la explotación del Santiago Bernabéu como activo multifuncional.

Es una excepción en escala, pero no en principios”, señala Fortuño. “No todos pueden ser el Real Madrid, pero muchos pueden aprender de su modelo: marca global, gestión profesional y visión a largo plazo sí son replicables; su posición histórica, no”.

Murillo añade un matiz clave: “No existe un modelo único. La gobernanza, la base social y el contexto competitivo condicionan cualquier intento de réplica”.

Mucho dinero… pocos deportistas viviendo de él

Aquí aparece la gran contradicción del sistema. Mientras el sector factura billones, menos del 5% de los deportistas de alto nivel logra vivir bien de su carrera. En muchos deportes olímpicos, el porcentaje cae al 1–2%.

“Es una deuda histórica”, afirma Murillo. “El sistema sigue centrado en exprimir el rendimiento, pero no en acompañar al deportista antes, durante y después de su carrera. La falta de protección tras la retirada lastra muchas vocaciones, especialmente en deportes minoritarios”.

Fortuño coincide: “El valor está hiperconcentrado en una élite. Faltan modelos que protejan y den recorrido al deportista más allá del resultado inmediato”.

Cabeza lo resume desde una óptica económica: El deporte funciona como una economía de élite: unos pocos ganan mucho y la mayoría tiene carreras cortas, ingresos inestables y poco respaldo. El debate no es cuánto dinero hay, sino cómo se reparte y cómo se protege mejor a los deportistas”.

A esta brecha se suma otro dato preocupante, el 80% de los jóvenes no alcanza los niveles mínimos de actividad física, lo que tensiona los sistemas de salud y contradice la esencia misma del deporte.

Algo no funciona si una industria que nace del movimiento no consigue activar a la sociedad”, resume Murillo.

El deporte femenino afronta un crecimiento real y un reto estructural

Uno de los focos más esperanzadores es el deporte femenino, cuyos ingresos se triplicaron entre 2022 y 2025 hasta alcanzar los 2.350 millones de euros.

“Estamos ante un cambio estructural”, asegura Fortuño. “Pero ahora toca consolidar calendarios, audiencias y modelos propios, no comparativos”.

Murillo apunta que el avance es evidente, aunque desigual: “Hay más práctica, más visibilidad y más presencia en la gestión, pero persisten brechas salariales, mediáticas y de estatus que hay que corregir”.

El patrocinio con propósito supera al logo

El informe del WEF señala al patrocinio como una de las grandes palancas de transformación del deporte. El patrocinio deportivo ya mueve más de 50.000 millones de dólares a nivel global, lo que lo convierte en la segunda mayor fuente de ingresos del deporte profesional, solo por detrás de los derechos audiovisuales.

El logo es necesario, pero no suficiente”, advierte Carles Murillo, que subraya que la simple visibilidad ya no garantiza retorno ni conexión con el público. En la misma línea, Jaime Fortuño lo explica desde la lógica empresarial: “El impacto bien trabajado no es filantropía; es estrategia a medio y largo plazo”.

Ambos coinciden en que el futuro del patrocinio pasa por proyectos con impacto social real, medible y sostenido, capaces de ir más allá de la simple exposición de marca y de reforzar la relación entre deporte, salud y comunidad. “Las marcas que entienden el impacto generan vínculos más sólidos y duraderos”, sostiene Jaime Fortuño

¿Y si el deportista fuera realmente el centro?

La pregunta final atraviesa todo el informe —y todo el sistema—: ¿Qué pasaría si el deportista fuera algo más que un generador de ingresos? Durante años, el crecimiento del deporte se ha apoyado en la acumulación de competiciones, eventos y activos, muchas veces al límite del rendimiento humano. Sin embargo, empieza a abrirse paso una idea distinta, poner al deportista en el centro no es solo una cuestión ética, sino también económica.

Tener en cuenta al deportista como persona y profesional es una responsabilidad ética”, sostiene Carles Murillo, “y, además, refuerza el impacto económico”.

En esa misma línea se sitúa Iván Cabeza, apunta a un cambio estructural del modelo: “Cambiaría la forma de repartir el valor y de cuidar el talento. Habría más protección, carreras más sostenibles y menos presión por exprimir calendarios. Poner al deportista en el centro no es algo idealista: es cuidar el principal activo del sistema y hacer el modelo más sostenible a largo plazo”.

Jaime Fortuño lo resume con una frase contundente: “Un deportista cuidado rinde más, conecta mejor con la audiencia y genera valor durante más tiempo. Ponerlo en el centro no es idealismo; es eficiencia”.

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El deporte va a crecer. Eso parece claro. El verdadero reto ya no es solo cuánto factura, sino cómo reparte, a quién llega y qué legado deja.

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