Las razones del ‘cooling break’ entre Marcelino y el Villarreal
Han decidido esperar hasta junio para aclarar si renuevan un contrato que expira este 2026 o se separan para siempre. La Champions, ésta y la próxima, clave.

Que los protagonistas de esta historia prefieren que se dejen los temas contractuales para junio, no quiere decir que esté prohibido explicarlos. Marcelino y el Villarreal están interesados en dar continuidad a un matrimonio que, de momento, caducará en cuatro meses después de siete temporadas de la mano, un parón para reflexionar y dos lunas de miel. Pero también es cierto que ni uno ni otro se va a tirar de los pelos si alguna de las partes, con asertividad y valentía, pone encima de la mesa el tema del divorcio. En una relación todo cabe; la pasión y el desgaste. Y ésta, repleta de cariño pero también de careos con fuertes personalidades, no iba a ser menos.
La Champions es la palabra clave. Por un lado, porque es la competición que ha enfriado el entusiasmo general. El triste papel del Submarino durante esta temporada en la competición europea ha dejado huella. Un solo punto de 24 en la fase de grupos ha emborronado el histórico papel en el campeonato doméstico. Y por otro, porque la necesidad de volver a acceder a los puestos de privilegio este curso, por la espectacular vía de la Liga, es donde todo el mundo en el club quiere centrar ahora los esfuerzos. Luego, con todo bien atado, se verá. Por eso, la realidad es que Marcelino acaba contrato este 2026 y cualquier cosa puede pasar.
Los intentos para llegar a un acuerdo de renovación encallaron en diciembre, antes de la eliminatoria de Copa en la que el Racing, un viejo conocido del asturiano, eliminó al Villarreal. El club castellonense se movió para hacerle llegar a su entrenador una propuesta de otro año de contrato, con la opción de ampliarlo uno más si se cumplían los objetivos. Y es aquí donde la cosa se empezó a torcer. No porque Marcelino pidiera el oro y el moro con un acuerdo de larguísima duración. Nunca fue su estilo, como él mismo sentenció recientemente en rueda de prensa. Pero sí es cierto, según los que le conocen bien, que esperaba un guiño de más confianza. Al menos un contrato sin esas condiciones después de haber dado la gloria al club con un ascenso, semifinales de Europa y de Copa y diversas clasificaciones a la Champions, que es donde la entidad se juega los cuartos.
El hecho de que en la primera etapa de Marcelino en el Villarreal se generó tensión a la hora de consensuar planes y plantillas, por lo que la familia Roig y él acabaron provisionalmente peleados en 2016, ha empujado ahora a demostrar que la experiencia es un grado. Antes de hacer saltar los plomos por la diferencia de criterios, se ha preferido optar por la calma y aplazar las negociaciones para más adelante. El cuerpo técnico de confianza —y que siempre entra en el pack que costea Marcelino con el contrato que negocia— no lo dice pero lo celebra. Ve mucho mejor esperar que tensar la cuerda con el peligro de que quiebre.
Todos quieren quedarse por unos u otros motivos, por mucho que Arabia, Qatar y otros mundos lejanos seduzcan a alguno. Unos, porque viven en Valencia, como Marcelino. Otros, como su hijo, porque de su mano no deja de crecer como Davide con Ancelotti. Y alguno más porque han hecho piña, y hasta familia, con la buena gente de Vila-real. Para el grupo de trabajo no hay mejor club donde trabajar. Por ello, creen que siempre es mejor negociar con otro pase a la Champions en el bolsillo que con el reciente disgusto por Europa.

Aunque se ha especulado mucho con el futuro de Marcelino, hoy la realidad es que sólo piensa en amarillo. Alavés y poco más. Hay quien desliza (igual porque no lo conocen demasiado) que a sus 60 años podría retirarse porque, salvo a los tres grandes, ya ha dirigido a los mejores clubes de España y no es probable un regreso a Valencia o Sevilla. Y, además, lo de salir al extranjero (Marsella) no le dejó muy buen recuerdo. Si acaso siempre estará ahí la alternativa del Athletic, donde se fue por todo lo alto y nunca se ha cerrado las puertas... Lo de mirar a la Selección, en cuyas quinielas estuvo antes de la llegada de De la Fuente, y el Atlético, donde lidera su amigo Mateu Alemany, no coinciden con sus tiempos.
Para que La Roja fuera una posibilidad, España se la tendría que pegar en la Finalissima y caer estrepitosamente en el Mundial. Y ni aun así. Sus mayores apoyos en la Federación ya no están. Y, para colmo, aterrizar en el Metropolitano en estos momentos es otra utopía. Simeone tiene contrato hasta 2027 y, salvo tropezón legendario o estampida, lo cumplirá. Para después, aunque su candidatura estaría en estudio, el club rojiblanco sueña con una doble vía: la de Luis Enrique, si no alarga su vinculación en el PSG más allá de lo pactado (le queda año y medio), o la de más cholismo con gente de confianza. Fernando Torres y Filipe Luis están en cabeza.
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El Villarreal, por su parte, confía y trabaja en que el pacto con Marcelino llegue a buen puerto. No hay un entrenador que garantice tanto como él un rendimiento inmediato. Eso sí, no todo el mundo internamente lo ve claro, un sector reconoce que es un tema complicado y, como es lógico, para cubrirse las espaldas, nadie ahí dentro está de brazos cruzados. De vez en cuando se miran alternativas —alguna de ellas acaba de caer en el paro— por si no hubiera entendimiento. Se hace con discreción, por la obligación de ser previsores y sin llamar aún a ninguna puerta. El respeto a Marce es mayúsculo. El equipo marcha cuarto, con nueve puntos de ventaja sobre el quinto a falta de 11 jornadas. Y eso es lo que importa en una tregua en la que ninguna parte da nada por imposible. De seguir así, para bien o para mal, las novedades y, entonces sí los anuncios oficiales, podrían llegar con la primavera. La estación donde más y mejor florece el amor.
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