Arbeloa heredó el sofá gris tras probar el diván de sus maestros
La terapia desvelada, de la que echará mano otra vez, no es nueva y las hay muy sofisticadas. Él, como buen paciente, cogió lo mejor de Aragonés, Del Bosque, Mou..


“Si alguien no está contento viene al sofá gris. Por él ha pasado mucha gente en este mes y me gusta”. Álvaro Arbeloa, aprovechando un provisional cambio anímico de su tropa, se soltó en unas de las últimas ruedas de prensa para recordar que los trapos sucios se lavan en casa y que los futbolistas —con demandas, quejas y problemas — pasan por su consulta habitualmente para hacer terapia. Una sinceridad que sorprende. Una complicidad que, sin embargo, no es nueva. El diván lo puso de moda el siglo pasado el psicoanalista Sigmund Freud tras el regalo de una paciente. Acoplados ahí, sus cobayas se abrían, según el maestro, imbuidos por un estado de relajación especial. Y el técnico del Madrid conoce bien sus efectos. Como paciente —y dicen que fue bueno— lo comprobó.
Miguel Ángel Portugal, uno de sus entrenadores en el Castilla que le utilizó de central y le elevó a capitán, da fe. Su particular estrategia para dialogar giraba en torno al deporte: “Me iba a jugar al pádel con Álvaro, Soldado y otros. Eran los capitanes y los líderes. En otros equipos he llevado a la plantilla a jugar al ‘paintball’ [ya lo introdujo Chaparro en el Betis y luego lo hicieron Xavi y tantos otros en la era moderna]. Sobre todo, en momentos difíciles, con el fin de armonizar las relaciones. Gestionar bien el grupo es clave. Como decía Del Bosque, tener un buen vestuario es mejor que cualquier táctica. Aunque yo añadiría, sutilmente, que con la reserva necesaria”.
Precisamente el exseleccionador que nos talló la estrella en el pecho tenía una peculiar forma de dirigirse a sus pupilos. Y Arbeloa también mamó de esas iniciáticas ideas que fueron casi leyes en La Fábrica. Como también sucedió con las de López Caro, que era un fiel creyente que tiraba a menudo de pasajes religiosos (se rezaba en el vestuario), al estilo de Paquito en el Rayo cuando recitaba la Biblia. Vicente también tenía ese tono monacal, pero era más socarrón e incisivo. No era amigo de los despachos y, como recuerdan pesos pesados de la pluma como Enrique Ortego (Onda Cero) o Joaquín Maroto (AS), prefería la táctica de la puerta fría en los pasillos de los hoteles. Aquí te pillo y aquí te mato. Cuando las cosas se torcían, eso sí, pedía ayuda a su sancho Toni Grande. El segundo siempre remarca que llevaba a los más jóvenes a El Pasteles, restaurante de cabecera donde el club se aseguraba que el dueño, gran amigo de Julen Lopetegui, diera de comer de cuchara a canteranos como lo fue el espartano.

Con Ronaldo, que ya era un gallo de marca mayor, Del Bosque prefirió pedir auxilio al preparador físico Javier Miñano. Cuando llegó al Bernabéu, Ronie quería debutar de inmediato, pero no estaba listo. Así que Vicente prefería que otro lidiara con sus exigencias. “Si voy yo, igual me lía…”. Vicente ya vio esta inteligente forma de delegar en Miguel Muñoz, que vendría a ser el bisabuelo deportivo de Arbeloa. Él se apoyaba en la Selección en Miera y Suárez para que hicieran de psicólogos. Normalmente las sesiones en el hall iban bien, si obviamos el caso de Setién en el Mundial de México.
El actual entrenador del Madrid ha tenido buenos guías en el arte de la dialéctica en la intimidad. Con Aragonés coincidió en la Selección y juntos fueron campeones de la Eurocopa 2008. Ahí ya vio que la persuasión es clave para liderar equipos. El Sabio da por sí solo para un libro. De haber tenido sofá gris, a estas alturas de febrero ya se hubiera visto obligado a tapizarlo. Quizás por eso, García Traid en el Burgos prefería que el mueble para las arengas personales fuera más duro y de skay rojo. El mítico Fede Castaños lo recuerda: “Nos ponía ahí enfrente de la pizarra y nos daba hasta galletas”.

Aragonés, a quien Arbeloa adoraba, hizo de todo para escuchar a los jugadores y, sobre todo, para aleccionarles. Con unos, se convertía en un filósofo peripatético: cogía a su víctima por el hombro y paseaba con él alrededor del campo leyéndole la cartilla. En los añitos del infierno, “le dio unos guantes de boxeo a Javi Moreno y otro par se los enfundó él mismo para resolver los problemas”, hacen memoria varias leyendas atléticas. Un plan del que también tiró con Etoo en el Mallorca tras aquel memorable enganchón en La Romareda. “Usted y yo lo vamos a solucionar como hombres”. En otra ocasión situó la consulta en París. En la biografía de Etoo, escrita a cuatro manos por Javier Miguel y Carazo, cuenta el camerunés —además de su capítulo pugilístico con mil detalles— que un día se presentó con Sonia Monroy y el míster le llamó la atención: “Yo le voy a enseñar lo que es la vida de verdad porque le veo que va perdido”. Le llevó a la ciudad de la luz y se les hizo de noche… Luis se fue atemperando. Sin bajar su intensidad. Xavi contó en El País que, como el de Hortaleza era insomne, se metía en su habitación hasta la madrugada a darle buenas sobas. “Usted no es japonés. Usted entiende lo que le digo”.
De Caparrós también ha podido copiar métodos Arbeloa. Aunque alguno de ellos, los más seductores, serían complicados de ejecutar hoy, en la era del tardeo. Caparrós dejaba salir en el Sevilla a sus jugadores los jueves, como también hizo Juande, y, para ello, les ponía el entrenamiento el viernes por la tarde. “Iban (íbamos) al Antique y les decía ‘hay que ser competitivos hasta cuando se sale”, reconocen varios plumillas del sur. “Serra Ferrer tuvo que hacer lo mismo en el Betis para que el gallinero no se le alborotara. Los derbis en aquella discoteca eran colosales”. El que fuera también técnico del Mallorca y Barça tenía otra costumbre añadida: citar uno a uno en el hotel a los que serían titulares. Su suite se conoció como “el confesionario”. Ese espacio debía tener salón anexo; un capricho que también exige ahora Luis Enrique. Lo de situar el diván en el centro de la pista de baile también le funcionó a César Ferrando en su Alba que ascendió a Primera. “Que nadie se acueste antes de las cuatro”, avisaba. El Portón era su guarida como años antes lo fue para el Queso Mecánico liderado por Zalazar y Catali.

Cuando el sofá está en el bar o el cine
Sofás grises ha habido muchos. De todas las gamas. Nando Yosu se llevaba jugadores al cine. Allí vieron Misión Imposible antes de obrar de su mano la última gran salvación del Racing. Algo parecido a lo que realiza ahora Funes en el Málaga, que un día les habla de El Califato y otros les pone El bueno, el feo y el malo. Onésimo, en el Real Murcia, prefería sentarse en el bar. Enviaba a su presa la ubicación por whatsapp y allí le obligaba a dejarse de refrescos, tomar cerveza y sincerarse. “Es un fenómeno. La relación cambiaba por completo”, dicen los líderes de aquella plantilla. Javi Guerrero, otra perla criada en el Madrid, vivió algo parecido en su carrera: “Así, de manera informal, se habla de otra manera. Es algo cercano, humano y necesario”. Ancelotti, otro profesor de Arbeloa con el que logró la Décima, era de esta cuerda. Motta coincidió con él en el PSG: “Fuimos después del entrenamiento a un restaurante con más compañeros, cerca del Arco del Triunfo. Lavezzi dijo de llamarle. Entramos en pánico, pero lo hicimos. Primero dijo que no, pero a los 15 minutos apareció. Se tomó una copa y, tras contar grandes historias, se levantó: ′Es el momento. Me voy a casa. Hagan lo que quieran aquí, pero el domingo cuento con ustedes para ganar’. Goleamos”.
Ahora, los psicólogos deportivos son los que se encargan a menudo de esas funciones de conciliación, como en el Athletic y Villarreal. Un camino que iniciaron en Chamartín, con dificultades por ser tema tabú en la época, Benito Floro y Emilio Lamparero. Aunque, pese a los avances, hay capataces como Míchel (Girona) o Eder Sarabia (Elche) a los que les gusta seguir marcando el paso. Arrasate o Simeone, como tantos otros, han llegado a invitar a ponentes que complementen su oratoria: Unzué, Irene Villa... El Cholo es muy dado a recibir y visitar en casa con una buena cena. “Invita a las respectivas mujeres, crea un ambiente donde el futbolista se relaja y ahí se los va llevando a su terreno... Eso sí, su fuerte está en el hotel; no es de charlas en grupo. Siempre las hace con dos, tres o cuatro jugadores a lo sumo”, reconoce un profesional que ha trabajado en su staff. Coudet (Alavés) también es de hacer de su hogar un espacio de tertulia. Marcelino es más del cara a cara en la Ciudad Deportiva. Se implica mucho en estas conversaciones. Incluso llama a los potenciales fichajes antes que el propio club para convencerles. Lo hizo con Pepe. Y utiliza polis buenos. Pellegrini sigue en Heliópolis como cuando triunfó en el Submarino. Es de cenas, y regala móviles de última generación, ordenadores y hasta coches. Pero ese colegueo no cae siempre bien. En el Sporting no gustaban las dinámicas extraescolares de Miguel Ángel Ramírez con sus chicos.

Inglaterra es otro nivel
Estas sesiones entrenador-jugador tienen su misticismo. Y extramuros hay grandes ejemplos que Arbeloa ha conocido al dedillo en la Premier, donde triunfó con el Liverpool y lució la camiseta del West Ham. En Anfield tuvo sus vis a vis con Benítez, que lo catapultó con sus enseñanzas sin ser luego debidamente puesto en valor, y se empapó de la leyenda del Bootroom, el cuarto de las botas. Allí, con té de por medio, cerveza y vino, “se cocían muchas cosas”, resalta Sid Lowe (The Guardian), que rescata una anécdota de Michael Robinson en aquel escondite: “Siempre decía que llevaba un tiempo jugando mal al llegar y que, por eso, lo llamaron a consultas en ese espacio tan cutre y pequeño. Joe Fagan se sinceró y le animó pese al temor de quedarse sin jugar. Que sepas que a mi mujer le gustas mucho y el sábado van a salir Robinson y diez más”. A Ferguson, en el United, le tiraban más otras rutinas. Prefería la terapia del taxista. Subía en su coche a su presa y le daba una larga vuelta mientras le largaba el sermón. E incluso iba a casa de los jugadores para conocer bien a las familias y hacerles saber cómo debían ayudar al futbolista a llevar una vida ordenada. Algo para lo que Muñiz encontró en su Málaga un atajo en su objetivo de atar en corto al personal: contrató detectives privados.
Los maestros en la actualidad siguen siendo Pochettino y Guardiola, con métodos a veces reciclados de Bilardo (se presentaba por sorpresa en los domicilios para vigilar los hábitos de los cracks y asegurarse de que dormían), Menotti (citaba en el Hotel Sofía barcelonés y arengaba hasta el amanecer), Venables (mesa y mantel con Lineker emulando movimientos tácticos con vasos y cubiertos) y, sobre todo, Cruyff. “El despacho de Johan era el balón”, recuerda el periodista Lu Martín. Su imagen, sentado encima de él, es tan icónica como repetida. Ahí es donde más a gusto se sentía. Aunque también tiraba de banquetes en su salón. “Cuando te decía ayúdame a llevar los platos… por el camino te pegaba un rejonazo”, cuenta una de sus víctimas. Sin embargo, eran encuentros muy efectivos. Hoy aún hay estrellas del Dream Team que quedan a cenar con Danny, la esposa del holandés. Como Koeman hace unas semanas en el restaurante 99.

“Pochettino hace de su oficina el principal punto de encuentro”, recalca Guillem Balagué (BBC). “Es la extensión de su casa. En el Tottenham hacía terapia. Allí despliega todo su encanto y te conquista. Eso sí, allí no quería cámaras de ningún tipo. Por eso nadie vio cómo Mauricio sentaba a Shaw a su lado con un batido recién llegado a Londres. O que tiene un bol lleno de limones porque dice que absorben la mala energía”. Un gusto por la decoración que, por ejemplo, no tiene Emery. Unai sólo piensa en el juego. Nada de cuadros. El técnico del Aston Villa tiene diván con el único deseo de que sus jugadores le propongan jugadas de estrategia como hacía Corona en su Almería. A Mou, Dalai Lama como referente espiritual para Arbeloa, le iba más escenificar sus encuentros a priori clandestinos. Cambió por completo la costumbre intimista de Poche en los Spurs y, por eso, su desahogo con Delle Alli se emitió en un documental.

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Pep está hecho de otra pasta y varía el diván con la mesa y el mantel. Palabra de los guardiólogos Pol Ballús (The Athletic) y Lu. “Kompany era tan habitual a esas terapias que acabó siendo entrenador”. No salían en horas de la sala porque tenía baño interior. “Allí, Eric y Ferran le dijeron que soñaban con el Barça. Y en ese lugar últimamente Walker y él limaron asperezas”. Con Henry cambió de plan y lo invitó a Bodegas Sepúlveda, a su mesa del altillo; la misma donde Nuria le ponía un plato de garbanzos y cava cuando jugaba por la tele su Bayern. Guardiola citó al francés porque le veía perdido. Y con el Kun y su agente hizo lo propio en el delicioso Salvis de Manchester. Con Messi abrió la consulta incluso de noche antes del 2-6. “He tenido una idea…”. Luego llamó a Etoo para explicarle que, con la creación de ese falso nueve recién pactado con Leo, si él se pegaba a la banda en Madrid, sin tocarla, ganarían aquel histórico Clásico. El resto es historia. Arbeloa aún no había llegado al Bernabéu, pero seguro que lo vio y entendió que dialogar para corregir es tan importante como presionar. Larga vida a ese sofá gris. Seguirá haciendo mucha falta.
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