25 años sin Canito, “marginado por el fútbol y la sociedad”
Genio para bien y para mal, el exfutbolista del Espanyol, también del Barcelona, falleció con solo 44 años el 25 de noviembre de 2000, desenlace de una vida atribulada desde muy niño.


“Todos dicen que lo tuvo todo para triunfar. Y es cierto en cuanto a sus dotes futbolísticas y a su corazón como persona. Pero el resto era muy duro: sin padres, con un entorno que se aprovechó de él, con su fracasado matrimonio…”. Son palabras de Fernando Molinos, que pronunció siendo director deportivo del Espanyol el mismo día de la muerte de José Cano López, Canito, de la que este 25 de noviembre se cumplen 25 años. Un cuarto de siglo sin un rebelde con causa que se marchó demasiado pronto.
Tenía tan solo 44 años el genio, para bien y para mal, cuando trascendió la fatal noticia, que no por esperada dejó de sentar como una daga entre quienes le conocieron y le admiraron. Especialmente, en el Espanyol de su corazón. Como Paco Flores, compañero de equipo en los 70, cuando una vez por semana lo acogía en su casa para comer potaje, que fue uno de los más de 500 asistentes a su funeral en La Pobla de Montornès, donde vivió Canito sus últimos tiempos, en casa de su hermana Fina, que lo cuidaba, y tras haber pasado rachas ingresado en el hospital Taulí de Sabadell. Sin ir más lejos, el anterior abril. O cinco años antes, cuando se descubrió el pastel de su precaria situación económica, ligada a su delicado estado de salud.
Alojamiento y 50.000 pesetas al mes
Una vida atribulada, las drogas y el alcohol y el divorcio de su mujer en última instancia habían colmado el vaso, pese a que la Agrupación de Veteranos del Espanyol le procuró a su salida del hospital, en 1995, alojamiento en una pensión en Sabadell, a lo que se unieron los del Barcelona, donde también había jugado, proporcionándole entre todos 50.000 pesetas (300 euros de la época, que daban para mucho más) mensuales.

Se dio la circunstancia de que, al día siguiente de su muerte y mientras se esperaba para velarlo porque hubo que realizarle una autopsia, tanto en el Racing de Santander-Espanyol como en el Barcelona-Osasuna, partidos ambos de Liga, se guardó un minuto de silencio por él y por Ernest Lluch, el cabal exministro que había sido asesinado por ETA el día 21.
“Me he criado en un sitio donde no había una escuela, pero sí grandes personas que me han ayudado más que gente que he tratado durante muchos años. Está claro que a mí se me ha marginado en el fútbol y en la sociedad”, lamentaba el propio Canito en la última entrevista que concedió, en Radio Nacional de España, en la que rogaba “solo una oportunidad en esta sociedad donde se me están cerrando todas las puertas cuando antes se me abrían. Antes pedía un crédito y a los cinco minutos lo tenía. Ahora voy a pedirlo y tardan medio año en dármelo, y no me llaman nunca”.
“Quién no toma una raya de cocaína o chocolate (...) Pero he tomado cosas normales, que no me han vuelto majarón”
Canito, en su última entrevista
“Ahora podría decir quién no toma una raya de cocaína, quién no toma chocolate... Sí me preguntas eso, yo tendría que contestar que sí, que yo he tomado. Pero he tomado cosas normales, que no me han vuelto majarón. No he sido un drogadicto ni me he enganchado a nada”, aseguraba por el contrario quien tuvo una vida accidentada desde muy pequeño, en su Llavorsí natal, cuando falleció su padre.

Antonia, su madre, decidió darlo en acogida con solo seis años en el colegio de La Salle de Nostra Senyora del Port, en Barcelona, un internado en el que se crio entre huérfanos y niños que habían sido abandonados. Hasta los 14 años, cuando dejó los estudios, y se dedicó a callejear por la Zona Franca, en la que forjó unas amistades a las que en sus tiempos de futbolista colmaría de regalos y préstamos sin devolución. Y también ejerció eventualmente como mozo de carga.
Trajes a medida, cuatro pisos, el Seat 1430...
Porque Canito, que convenció a José Emilio Santamaría para jugar en el Espanyol tras haberse formado entre la Penya Barcelonista Anguera, el Atlètic Iberia y el Lloret, que antes de triunfar en Sarrià estuvo un año cedido en el Lleida (donde le apodaron ‘el pólvora’) y después en el Cádiz mientras cumplía con la mili, presumía cuando pudo ganarse la vida como líbero de conducir un Seat 1430 metalizado, de un traje a medida por 250.000 pesetas (1.500 euros), de sombreros, de comprarse cuatro pisos o de pagarle a un compañero un viaje a Estados Unidos.
Y en estas que, aunque el Real Madrid siempre le había perseguido como heredero de Pirri, fue el Barcelona el que se lo llevó en 1979, aunque no cuajó. Solo brilló con Kubala, que ya le había dado la alternativa en la Selección española. “Podía haber sido el mejor líbero de la historia del fútbol español”, aseguraba Laszly. Fue, de todos modos, Helenio Herrera quien lo puso de delantero, en un encuentro de la Copa UEFA en Valencia, y marcó dos goles.

Aquel gol perico celebrado en el Camp Nou
Pero la sintonía era nula. Siempre se le atribuyó que iba a muchos entrenamientos del Barça con la camiseta del Espanyol debajo. Lo que no ofreció dudas fue su celebración, el 20 de abril de 1980, de un importante gol perico en Alicante mientras él estaba jugando contra el Athletic en el Camp Nou. “No triunfé en el Barça porque en ningún momento renuncié a ser perico. Mi corazón seguía en Sarrià”, explicaría años después en TV3. “En este club se me engañó mucho. El Barcelona es un club muy serio en muchas cosas, pero a nivel de arriba dejan mucho que desear. Ahí empezó mi racha negativa”, abundaba.
Con la venta de Urruti del Espanyol al Barça, pudo Canito regresar a Sarrià. Pero José María Maguregui no lo quería. Y ya no sería lo mismo. En el Trofeo Ibérico, contra el Atlético de Madrid, quiso cobrarse una expulsión metiendo la ropa de calle de los árbitros en una bañera hasta arriba de agua. Y, después de tres semanas apartado del equipo por otro motivo, el 28 de marzo de 1982 se marcó un partidazo en el Camp Nou, en el 1-3 de los pericos.
“O yo o Magu”, le dijo al final de la temporada al Espanyol… Al día siguiente, se marchaba al Betis, donde seguía con sus excentricidades. Como la de dar 100 pesetas (60 céntimos) a cada niño que le pedía un autógrafo tras el entrenamiento. Real Zaragoza, Os Belenenses, Lloret de nuevo y Gimnàstic Iberiana fueron sus últimos destinos antes de dejar el fútbol. Antes de adentrarse en una espiral de la que no saldría. De la que hubo que lamentar su defunción ahora hace 25 años.

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