Los Futbolísimos

Los Futbolísimos - El misterio del córner más largo del mundo - Capítulo 9

El misterio del córner más largo del mundo

Futbolísimos vol5 cap9 ppal
As.com
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Pasé todo el día muy agobiado.

En clase de Matemáticas, me salieron mal todas las ecuaciones.

En Geografía, me equivoqué con los nombres de los ríos.

En Lengua, confundí un complemento directo con un adjetivo.

Durante el recreo, no jugué con mis amigos.

Miraba el reloj una y otra vez.

Solo podía pensar en una cosa:

¿¡Quién habría robado la copa en el dormitorio de mis padres?

Era rarísimo que hubiera ocurrido algo así.

Nada más terminar las clases, salí disparado en dirección al campo de fútbol.

Teníamos la reunión secreta de los Futbolísimos.

—¿Dónde vas tan deprisa, Pakete?

Esteban, el director del colegio, apareció de la nada y me miró con los brazos en jarra.

—Di, pequeño, ¿por qué tienes tanta prisa? —me preguntó.

—Es porque… me están esperando —respondí, sin detenerme.

—¡Vísteme despacio, que tengo prisa! —gritó el director—. ¡Los refranes siempre son muy sabios!

—Sí, sí…

Crucé el patio a toda velocidad.

Había mucha gente a esas horas. Alumnos de varios cursos, profesores, algunos padres y madres, los autobuses de la ruta escolar.

—Pakete, ¿tú bien? Yo mucho preocupado —soltó Radu, al verme.

—Yo bien, sí, gracias, ¡hasta luego! —contesté, sin parar de correr.

—¡Yo siempre pensar tú inocente robo! ¡Y Camuñas también! —exclamó, haciendo la señal de la victoria.

Aunque Bermejo no había encontrado la copa en casa de Camuñas, el portero seguía siendo el principal sospechoso del robo en el colegio.

Sus guantes y su carné de la biblioteca estaban delante de la vitrina.

Camuñas, por lo visto, dijo que se los olvidó allí porque había ido a hacerse unos selfis con la copa. Pero no sé si le habían creído.

El caso es que ahora el robo que nos preocupaba era el que se había producido en mi casa.

Tenía que hablar con mis compañeros.

Preparar un plan.

Investigar.

Llegué al borde del campo de fútbol y vi a mis amigos al fondo, junto a la portería que estaba más lejos. O sea, la portería norte.

—Qué bien, por fin os animáis a entrenar, ya era hora —soltó Felipe.

Los entrenadores estaban en la banda, observando el campo.

—Mira, Pakete, nosotros apoyamos vuestra huelga y las protestas —dijo Alicia—. Pero tenemos que ganar la Liga, es muy importante para el futuro del equipo y del colegio.

—Además esos del Catán se creen invencibles —murmuró Felipe—. Hay que marcar un gol en el córner.

Estuve a punto de responder que no estábamos allí para entrenar.

Que habíamos quedado para… otras cosas.

Pero pensé que mejor no dar muchas explicaciones.

—Vamos a coger los balones y los conos —me dijo Alicia—. Avisa a los demás, podéis ir calentando.

—Ah, vale, o sea… vale —balbuceé.

No tenía tiempo ni ganas de contradecirlos.

Seguí corriendo.

Parecía que todo el mundo quería decirme algo aquella tarde.

En cuanto pisé el césped, otra voz me detuvo:

—¿Vais a seguir con la huelga esa?

Me di la vuelta. Allí estaba… ¡mi hermano!

—¡Víctor! ¿¡Qué haces tú aquí!? —pregunté, extrañado.

—Anda, este, pues acabo de salir de clase, igual que tú —respondió, como si fuera evidente—. Entonces, ¿vais a seguir con la huelga o vais a jugar lo que falta de partido?

Era la primera vez en la historia que Víctor se interesaba por algo mío.

—Pues… no sé… no depende de mí —respondí—. ¿Por qué te importa tanto?

—Porque el Mosca es muy amigo de Olga, y me ha preguntado —dijo, como si tal cosa.

Ah, vale. Ya me extrañaba que se preocupara por mí.

—¿Olga la Cefalópoda? ¿La portera del Catán? —pregunté.

—Sí, se conocen porque veranean juntos en Benalmádena, y este verano vamos a coincidir en la playa, suponiendo que mamá me deje ir —explicó—. Pero eso son cosas mías, enano, tú a lo tuyo. Di, ¿vais a jugar o qué?

—No sé, a lo mejor sí, no estoy seguro —dije—. Bueno, ahora me voy, que me están esperando.

—Sí, corre con tus amiguitos… ¡y no robéis más copas, que siempre la estáis liando, ja, ja, ja! —gritó.

Creo que era la conversación más larga que había tenido con mi hermano en los últimos años.

Por fin llegué a la portería norte.

—Vienes tarde —dijo Toni.

—Perdón, perdón, es que parece que todo el mundo quiere decirme algo —me excusé—. Pero ya estoy aquí…

—Es una reunión secreta, no se lo habrás dicho a alguien —murmuró Ocho.

—Que nooooo, yo no se lo he dicho a nadie —aseguré—. Pero vamos, que son las seis de la tarde y estamos a la vista de todo el mundo.

—He traído merienda: ensaimadas, rosquillas y bizcocho, puedes coger si quieres —anunció Tomeo, abriendo su mochila.

—A ver si nos centramos, hay muchas cosas que decidir —dijo Marilyn.

—¿Se sabe algo de la copa, Pakete? —preguntó Helena.

—Ni idea —contesté—. ¿Habéis encontrado alguna pista?

—¿Nosotros? —se sorprendió Marilyn—. Si el robo fue en tu casa.

—¿Cómo pudieron entrar en el dormitorio de tus padres en plena noche? ¡Qué fuerte, qué fuerte, qué fuerte! —dijo Camuñas.

—Yo tampoco lo entiendo —confirmé—. Dejé la copa dentro de un puzle en el armario de mis padres, es un escondite buenísimo. ¿Cómo sabría el ladrón que estaba allí?

—¿Y para qué quiere robar la copa? —añadió Helena.

—Nosotros la queríamos para pedir un rescate —recordó Camuñas.

—Ya, pero ahora alguien se la ha llevado delante de nuestras narices —soltó Toni—. Espabilado, solo tenías que esconderla una noche.

—Y eso fue lo que hice —me defendí—. ¿Cómo iba a imaginar que alguien entraría en mi casa para robarla?

—Siempre terminamos metidos en algún lío por tu culpa —dijo Toni—. Igual que con lo de cortar la carretera…

—No discutamos entre nosotros, tenemos que solucionar las cosas juntos —pidió Helena—. Propongo el siguiente plan: investigar el robo, recuperar la copa y devolverla a la sala de trofeos.

—Muy bduen plan, ¡mee edncantaaaa! —celebró Tomeo, con la boca llena.

—Ya, es genial —suspiró Angustias—. Pero para eso, ¡tenemos que encontrar la copa! ¿¡Cómo vamos a conseguirlo!? ¡Es muy difícil, casi imposible!

—¡No hay nada imposible para los Futbolísimos! —exclamó Camuñas—. ¡Es nuestra especialidad!

—¿Cuál? ¿Perder partidos en el último minuto? —preguntó Ocho.

—¿Robar copas? —dijo Toni.

—¿Merendar? —dijo Tomeo.

—Noooooooooo —contestó Camuñas—. Nuestra especialidad es resolver misterios.

—Ah, eso sí…

Anita levantó la mano.

—Perdón, he hecho un resumen de la situación —dijo, abriendo una libreta—. Por un lado, tenemos que decidir si vamos a jugar el córner o si seguimos en huelga. También debemos pensar si hacemos más acciones de protesta contra la invasión en el campo. Y por último, está el tema del robo de la copa: primero la robamos nosotros mismos, y ahora parece que alguien nos la ha robado, ¿confesamos o antes investigamos el segundo robo?

Todos miramos a Anita.

—Si tenemos que decidir tantas cosas, me estreso —dijo Tomeo, y le pegó otro mordisco a la ensaimada.

—¡Votemos! —propuso Camuñas.

—Yo voto que juguemos el córner, que sigamos haciendo protestas y que investiguemos el robo de la copa —dijo Ocho, rápidamente.

—Mejor votemos cada cosa por separado, que si no, nos liamos —pidió Angustias.

—Todo a la vez o no acabaremos nunca —dijo Toni—. Yo voto que juguemos el córner, que no hagamos más protestas y que Camuñas confiese que robó la copa.

Anita empezó a anotar los votos en su libreta.

—¡Eh! ¡Eso de la confesión no estaba entre las opciones! —protestó Camuñas—. Además, la copa no la robé yo solo, fuimos todos.

—Ya, pero tú la cogiste con tus propias manos —señaló Toni.

—Yo voto jugar el córner, seguir protestando y que investiguemos el robo —dijo Helena.

—¡Bravo! —exclamó Tomeo, muy contento—. ¡Helena ha votado lo mismo que yo, toma, toma, toma!

—Yo también voto eso —dijo Marilyn.

—Y yo —añadió Ocho.

—Es muy difícil votar tantas cosas a la vez —dijo Angustias—. Voto lo mismo que Helena y que sea lo que dios quiera.

—Yo he sido el primero, podrías haber dicho: «voto lo mismo que Tomeo» —replicó Tomeo.

—Vale, pues voto lo mismo que Tomeo —rectificó Angustias.

—Y yo —dijo Camuñas.

—Yo también voto jugar el córner, seguir con las protestas y buscar la copa —dije.

—Pues yo igual —zanjó Anita—. Hala, por mayoría, ha ganado jugar el córner, hacer más protestas contra la invasión del campo e investigar la desaparición de la copa.

—Tenemos que preparar el córner —dijo Toni.

—Y preparar acciones de protesta para que pidan perdón los que invadieron el campo —aseguró Helena.

—Ya, pero lo más urgente es encontrar la copa —dije.

—¡Ya lo tengo! ¡Votemos otra vez para ver el orden en el que hacemos las cosas! —propuso Ocho—. ¡Me encanta votar!

—No vamos a pasarnos toda la tarde votando, tenemos que entrenar la estrategia del córner —rebatió Toni.

—Y tenemos que buscar pistas del robo —dijo Camuñas.

—¿Lo veis? Es muy difícil ponernos de acuerdo, lo mejor es que votemos —repitió Ocho—. ¡Yo voto por cortar la carretera otra vez!

—Pero si eso se nos fue de las manos y han denunciado al pobre Pakete —dijo Marilyn.

—Además, es mucho más urgente entrenar el córner, nos jugamos todo en cincuenta segundos —insistió Toni.

—Y buscar la copa —volví a decir.

—Pues que cada uno vote lo que sea, venga, venga —dijo Ocho, entusiasmado—. Es súper emocionante.

—Así no avanzamos —musitó Anita.

Los Futbolísimos - El misterio del córner más largo del mundo - Capítulo 9
Futbolísimos vol5 cap 9

En ese instante, se oyeron varios pitidos: ¡Bip! ¡Biip! ¡Biiip!

A todos nos entró un mensaje en el teléfono a la vez.

Miré la pantalla de mi móvil, al igual que mis amigos.

Mensaje de un número oculto.

Al leerlo, me quedé paralizado.

—Ay, ay, ay —sollozó Angustias.

—Es horrible —dijo Camuñas.

—¡Nos han enviado el mismo mensaje a todos! —exclamó Toni.

—¿¡A vosotros también os ha enviado un mensaje mi padre!? —preguntó Tomeo, desconcertado—. Dice que a las siete tengo hora en la peluquería.

—Por favor, Tomeo, céntrate —dijo Marilyn, muy seria—. Es un mensaje anónimo de un número oculto.

—Ah, es verdad, es que el mensaje de mi padre me había entrado antes, perdón —admitió Tomeo.

—El que lo ha enviado tiene el número de todos —dijo Marilyn.

—Es una amenaza —confirmó Ocho.

—Más bien es un chantaje —aclaró Anita.

Helena cruzó una mirada conmigo.

Y leyó en voz alta el mensaje que acababa de llegarnos:

Sabemos que robasteis la copa. Perded el partido si no queréis que os denunciemos a la policía.

Adjunto al mensaje, había una fotografía… ¡de la copa!

Nos quedamos en silencio unos instantes, digiriendo aquello.

—¡Tienen la copa! —exclamó Ocho.

—¿Quién habrá enviado este mensaje? —preguntó Camuñas.

—La persona que lo ha enviado es la misma que ha robado la copa en casa de Pakete —apuntó Anita, señalando la foto.

—Ahora ya sabemos qué quiere el ladrón: que perdamos el partido y la Liga —dijo Marilyn, enfadada.

—¡Yo no voy a perder a propósito! —afirmó Toni—. ¡Que nos denuncie si quiere!

—¡Pues yo no quiero que nos denuncien a la policía! —gritó Camuñas—. ¡Tienen mis guantes, seguro que me detienen a mí el primero!

—No podemos aceptar un chantaje —confirmó Anita.

—Yo sí puedo —dijo Angustias.

—¡Tenemos que ganar y que nos devuelva la copa! —replicó Toni.

—Un poco de tranquilidad —pidió Helena—. Después de este mensaje, ahora sí que sí nuestro objetivo número uno es descubrir quién es el ladrón.

—Para mí, los principales sospechosos son la familia de Pakete —señaló Toni—. Eran los únicos que estaban en la casa por la noche.

—Mi familia no ha robado la copa —repliqué—. Mis padres nunca harían algo así. Y a mi hermano no le interesa nada el fútbol ni mucho menos nuestra liga. Además, ¿qué ganarían? ¿para qué iban a mandar un mensaje así?

—Ya, bueno, eso es verdad, no tiene mucho sentido —reconoció Toni—. Pero es que me encantaría que fueran ellos los ladrones, sería la monda…

—Pensemos con calma —pidió Anita—. ¿Quién sería el primer beneficiado si perdemos el partido?

—Pues…

Un grito desde el centro del campo nos dejó helados.

—¡Eh, matados! ¿¡Vais a seguir poniendo excusas o vais a jugar el córner!?

Allí estaba el Cazador, el número 3 del Recreativo Catán.

Y no había venido solo.

A su lado se encontraban todos los jugadores de su equipo.

Con sus inconfundibles camisetas rojas.

Mirándonos desafiantes.

—Sabemos que os habéis inventado lo de la huelga para no tener que jugar el final del partido —dijo el Cazador.

—Estáis muertos de miedo —añadió Olga, la Cefalópoda.

—¡Grrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr! —gruñó Gigante.

—Miedo siempre tenemos, a mucha honra —respondió Angustias.

—¡La huelga no es una excusa! —intervino Helena—. Queremos protestar contra la violencia en el fútbol.

—La invasión del domingo fue intolerable —remató Ocho.

—Que sí, que sí, chiquitín —contestó el Cazador—. Habláis mucho, pero en el fútbol lo importante son los goles, no las palabras.

—Uy, las palabras siempre son importantes —dijo Anita—. Para comunicarse. Para entenderse entre unos y otros. Para expresarse. Para dar instrucciones. Para felicitar a un compañero o a un rival. Para avisar de una estrategia o de un golpe o de un cambio o de…

—Me estás dando dolor de cabeza —le interrumpió la Cefalópoda—. Hablas demasiado.

—Eso lo digo yo siempre —asintió Toni—. Pero tú no le hables así a Anita. ¿Qué hacéis en nuestro campo? ¿A qué habéis venido?

—Nos ha traído Frida, nuestra entrenadora —explicó el Cazador—. Según el reglamento de la Liga Intercentros, tenemos derecho a entrenar en el campo donde se va a lanzar el córner de este domingo.

—Suponiendo que os presentéis, je, je, je —dijo otro chico con el pelo rapado del Catán que había a su lado.

—¡Pues claro que nos vamos a presentar! ¡Acabamos de votar que se acabó la huelga y que vamos a preparar el córner! —bramó Ocho.

—Yo no me entero, creía que la huelga ya la habíamos dejado ayer —dijo Tomeo.

—Ya, pero ayer no estaba Pakete en la reunión, por eso hemos votado hoy otra vez —señaló Anita.

—Ah, vale…

—Frida está hablando con el director de vuestro colegio —dijo el Cazador—. En cuanto venga, tenéis que iros para que podamos entrenar.

—¿Irnos de nuestro propio campo? ¡Eso nunca! —negó Toni.

—Hombre, tampoco estábamos entrenando ahora mismo —intercedió Ocho—. Podríamos irnos un rato y ya volveremos.

—¡Que no, que de aquí no nos echan! —se plantó Toni.

—Estoy de acuerdo —dijo Marilyn—. Es nuestro campo. Iros a vuestro pueblo a entrenar.

—Vamos a venir todas las tardes a las seis en punto a entrenar —advirtió el Cazador—. Iros por las buenas o por las malas.

—¡Grrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr! —volvió a gruñir Gigante.

—Yo prefiero irme por las buenas —aseguró Angustias.

—Las seis es nuestra hora, ¡de aquí no nos movemos! —dijo Marilyn, tajante.

—Podéis entrenar cuando acabemos si queréis —propuso Helena.

—Que no, que vamos a entrenar ahora, que os vayáis de una vez —repitió el Cazador.

Todos los jugadores del Catán se acercaron paso a paso hacia nosotros.

Nos estaban acorralando junto a la portería.

Aquello tenía muy mala pinta.

—No peleemos, por favor —pedí—. Somos rivales, no enemigos. Debemos dar ejemplo de juego limpio y tolerancia.

—Muy bonito —dijo el Cazador—. Por última vez: ¿os marcháis o tenemos que echaros?

Los jugadores de uno y otro equipo nos miramos.

Ninguno parecía dispuesto a ceder. Se me ocurrió decir algo para ganar tiempo.

—Una duda que tengo —intervine—. ¿Vosotros habéis robado la copa?

—¿Qué dices tú ahora? —replicó el Cazador—. La copa la robaron anoche aquí, en vuestro colegio, nosotros no tenemos nada que ver.

No podía decir en voz alta que la habían vuelto a robar esta noche de mi casa, porque eso sería admitir que yo me la había llevado.

Los observé.

Estaba casi seguro de que uno de ellos, o todos, eran los ladrones.

O tal vez había sido su entrenadora, Frida era una persona muy misteriosa.

Pero no tenía pruebas.

—Bueno, ¿os vais o qué? —dijo Toni.

—Nunca —zanjó el Cazador—. ¡Catán, preparaos para echar a estos mindundis!

Se pusieron en posición de ataque.

Eran mucho más grandes que nosotros, nos iban a arrollar.

—¡Estamos en contra de la violencia, no peleemos! —dijo Helena.

—Está bien, tengo una idea —soltó de repente la Cefalópoda—. ¡Os proponemos un reto!

—Nos encantan los retos —dijo Camuñas.

—Depende, algunos retos son muy agobiantes —matizó Angustias.

—Es un reto muy sencillo: ¡penalti córner! —dijo ella.

—¿Eso en qué consiste? —preguntó Marilyn.

—Por turnos, cada equipo saca un córner —explicó la Cefalópoda—. El primero que marque gol, gana.

—¡Mola! ¡Me encanta, soy especialista en córneres! —dijo Camuñas.

—El que gane, se queda con el campo de entrenamiento todos los días a las seis —añadió el Cazador.

Marilyn nos miró y dijo:

—Trato hecho.

El Cazador y Marilyn se dieron la mano, como los mayores.

Y empezó el reto:

¡Penalti córner!

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