Los Futbolísimos - El misterio del córner más largo del mundo - Capítulo 8
El misterio del córner más largo del mundo

Corrí con todas mis fuerzas.
Atravesé las calles de la urbanización con la copa en las manos.
Sin echar la vista atrás.
Oí algunas voces, pero no me detuve.
Seguí corriendo.
Atravesé el jardín de mi casa y entré a toda velocidad.
Estaba muy agobiado.
Subí los escalones de dos en dos, quería llegar a mi habitación cuanto antes.
—¿¡Qué está pasando esta noche, enano!?
La voz de mi hermano retumbó en el pasillo.
Casi se me para el corazón del susto.
Me di la vuelta y allí estaba Víctor, de espaldas a mí, arrastrando los pies en dirección a su cuarto, ni siquiera me miró.
—Di, ¿qué está ocurriendo? —insistió mi hermano—. Me he levantado para ir al baño, y papá y mamá no estaban en casa, y ahora tú llegas a las tantas… uf, qué sueño tengo…
Pegó un bostezo tremendo.
—Pues… es que… o sea… han pasado muchas cosas… —respondí, sin mover ni un músculo—. Resulta que en el colegio se ha producido un robo y…
—Ya me lo contarás mañana —me cortó Víctor, entró en su habitación y cerró de un portazo—. ¡Y no hagas ruido, que quiero dormir!
Mi hermano no había visto la copa que llevaba en las manos.
Yo creo que ni había abierto los ojos.
Al fin, entré en mi habitación. Busqué con la mirada por todas partes. ¿Dónde guardar la copa? ¿Bajo la cama? ¿En el altillo del armario? ¿En la cesta de la ropa sucia?
De pronto, tuve una idea.
Si alguien sospechaba de mí, a lo mejor les daba por registrar mi cuarto. Tenía que guardarla en otro sitio.
Salí de nuevo, caminando de puntillas, muy despacio.
Y entré… ¡en el dormitorio de mis padres!
¡Ja! ¡A nadie se le ocurriría buscar la copa allí!
Coloqué una silla junto al enorme armario de madera que había en la habitación. Era muy antiguo. Encima, había un montón de cajas donde mi padre guardaba puzles viejos. Algunos los habíamos hecho juntos cuando yo era pequeño.
Abrí una de las cajas: «Pueblo de Papá Noel. 5.000 piezas». Era un puzle gigante, el más grande que había por allí.
Sin dudarlo, metí la copa dentro.
La caja no cerraba. Así que puse otras cajas encima.
Hacía años que mi padre no tocaba aquellos puzles, ahí la copa estaría segura.
Después, regresé a mi habitación y me metí en la cama.
Todo había ocurrido muy deprisa.
¿Qué habrían hecho mis amigos? ¿Les habrían pillado en el jardín de Camuñas?
Seguía nervioso, dándole vueltas a todo.
Comprobé mi móvil, estaba en silencio. Había dos llamadas perdidas de mi madre. Pensé que sería mejor no responder, ya le diría que no las había oído.
Escribí un mensaje a Helena:
¿Dónde estáis?
Y luego otro:
Yo ya en mi casa, he escondido la copa.
Lo pensé mejor y borré este último mensaje, podría ser una prueba.
Escribí:
Méteme en el grupo.
No obtuve respuesta.
Tal vez estaba durmiendo, era muy tarde.
Los ojos se me estaban cerrando, había sido un día muy largo, lleno de emociones.
Cuando, de repente, oí el ruido de un motor acercándose.
El coche de mis padres.
Efectivamente, un momento después, se abrió la puerta de la casa.
—Todo esto es muy raro, Emilio —dijo mi madre.
—Seguro que tiene una explicación —aseguró mi padre—. Los detectives tenemos un dicho: «un misterio siempre es una oportunidad».
—¿Una oportunidad de qué? —preguntó ella.
—Pues de todo, Juana —contestó mi padre—. De resolver un enigma. O un secreto. O una sorpresa…
—Vamos, que no tienes ni idea de lo que está ocurriendo —zanjó mi madre.
Oí que dejaban algunas cosas en la planta de abajo y, enseguida, subieron las escaleras.
Vinieron directos a mi cuarto.
—Pues aquí está el desaparecido, tranquilamente en la cama. Vaya nochecita nos has dado —señaló mi madre.
Yo me incorporé, haciéndome el sorprendido.
—Hola, buenas noches, ¿qué ha pasado? —dije.
—Pues ha pasado que hemos encontrado tu bicicleta apoyada en la valla de Camuñas, pero resulta que tú no estabas allí —respondió mi madre, muy seria.
Ahí va, la bici. Se me había olvidado por completo.
—Pasa que habías dicho que nos veíamos en casa de Camuñas —siguió mi madre—. Pasa que te hemos llamado al teléfono y no contestas. Muchas cosas pasan, por lo que parece.
—Perdón, es que con los nervios he dejado el teléfono en silencio —me excusé—. Y estaba tan agotado que cambié de opinión: en lugar de ir a casa de Camuñas, me he venido directamente a dormir.
—Ya, claro, y tu bicicleta ha ido sola a casa de tu amigo, ¿no? —negó mi madre.
—Francisco, di la verdad —añadió mi padre—. Se pilla antes a un mentiroso que a un cojo.
—Nunca he entendido ese refrán, Emilio —comentó mi madre—. ¿Por qué hay que pillar a un cojo? ¿Es que ha hecho algo el cojo?
—Es una forma de decir que a un mentiroso se le pilla rápido, mujer —explicó mi padre.
—Eso ya, Emilio, no me hagas mansplaining, que la tenemos —replicó mi madre—. Lo que no sé es a qué viene la comparación con un cojo. Lo veo un poco feo para los cojos, que no han hecho nada malo, y bastante tienen los pobres con su cojera.
—¿Qué es mainsplaning? —pregunté.
—Mansplaining—me corrigió mi madre—. Es cuando un hombre le explica algo a una mujer presuponiendo que ella sabe menos. Lo que hace tu padre a veces.
—No era mi intención, Juana, se me ha escapado sin darme cuenta, lo siento —se disculpó mi padre.
—Bueno, a ver si nos centramos un poco —mi madre se giró hacia mí—. Francisco, di la verdad.
Tragué saliva.
Y respondí:
—La verdad es que fui a casa de Camuñas en bicicleta. Pero al llegar me entró muchísimo sueño, pero mucho. Y pensé: si yo aquí no pinto nada. Y me vine a casa caminando, porque estaba muy cansado para coger otra vez la bici. No fuera a ser que tuviera un accidente. Así que dejé allí la bici. He llegado hace poco y me he metido en la cama directo. Eso es todo.
Mis padres me miraron fijamente.
No sé si se lo habían tragado.
El caso es que mi madre meneó la cabeza y dijo:
—Ya hablaremos mañana, que es muy tarde. No sé qué os traéis entre manos tus amiguitos y tú, pero lo averiguaremos.
—Lo averiguaremos —repitió mi padre.
Salieron y desaparecieron por el pasillo, murmurando entre ellos.
Mi madre tenía razón: era muy tarde.
Y yo ya no podía más.
Creo que tardé menos de tres segundos en quedarme dormido.
A la mañana siguiente, me despertaron los ruidos que venían de la cocina.
El sol entraba por la ventana.
Me estiré, la verdad es que me habría quedado un rato más en la cama.
Pero eran casi las ocho, había que levantarse.
—¡Francisco, baja, que ya está el desayuno! —avisó mi padre.
—¡Eso, baja, estamos en la cocina esperándote, tenemos que hablar! —añadió mi madre.
Di un brinco y me puse en marcha.
Normalmente, me gustaba desayunar todos juntos.
Pero aquella no era una mañana normal.
—¡Ahora bajo! —respondí, asomándome por la puerta.
Delante de mí, mi hermano pasó como una exhalación.
—¡Aunque no me llaméis, yo también bajo! —exclamó—. Siempre igual: Francisco esto, Francisco lo otro… ¡Es un mimado!
—Víctor, no me seas, a ti te queremos igual, lo que pasa es que tenemos que hablar de unos asuntillos pendientes con Francisco —dijo mi madre.
—Ya, ya, pues yo también tengo cosas pendientes —replicó mi hermano—. Por ejemplo, ¿me vais a dejar ir con la familia de mi amigo el Mosca este verano? Han reservado un apartamento chulísimo en Benalmádena delante del mar…
—Ya te hemos explicado que eres muy pequeño todavía —contestó mi padre.
—Pero si voy con sus padres… ¡y con su abuela! —protestó Víctor.
—No sé, no sé, es que con ese nombre… el Mosca —dijo mi madre—. No inspira mucha confianza. Llamaré a su madre y tomaremos una decisión.

Mi hermano entró en la cocina.
Sus voces llegaban desde el piso de abajo.
Siguieron discutiendo sobre el Mosca y las vacaciones de verano un buen rato.
Mientras, yo aproveché para acercarme al dormitorio de mis padres. Me asomé desde la puerta y eché un vistazo.
Enseguida algo me llamó la atención:
¡Alguien había movido las cajas de los puzles sobre el armario!
No estaban como yo las había dejado.
El «Pueblo de Papá Noel. 5.000 piezas» estaba muy cerca del borde.
Y no tenía encima ninguna otra caja.
Todo estaba muy desordenado.
Intenté no ponerme nervioso. Puede que no lo recordara bien, la noche anterior estaba muy oscuro y lo hice todo muy deprisa.
Respiré hondo, arrastré la silla que estaba junto a la ventana al lado del armario.
Tuve un mal presagio.
En ese instante, mi teléfono móvil empezó a sonar. Un pitido. Y otro. Y otro más. Venga pitidos. Estaban entrando un montón de mensajes a la vez.
Comprobé mi móvil.
Helena con hache añadió a Pakete.
¡Me habían vuelto a meter en el grupo!
Ocho: ¡Bienvenido!
Camuñas: ¿Dónde has escondido la copa?
Anita: No digáis nada por escrito, podrían usarlo en nuestra contra.
Camuñas: Vale, vale… ¿Dónde has escondido esa cosa que todos sabemos y que no podemos nombrar?
Anita: Que noooooooooo.
Helena: ¿Estás bien, Pakete?
A toda prisa, respondí.
Pakete: Estoy bien. ¿Y vosotros? ¿Qué pasó en casa de Camuñas?
Camuñas: Como no encontraron la copa, Bermejo se dio por vencida y se marchó. Dijo que seguiría investigando hoy.
Ocho: Nosotros nos escondimos en el jardín y no nos descubrió.
Angustias: Yo pasé mucho miedo, casi nos pillan.
Marilyn: Tenemos que organizarnos, se está liando todo demasiado: la huelga, la protesta, las denuncias, el robo…
Toni: Yo creo que deberíamos entrenar el córner, nos jugamos mucho.
Tomeo: Podemos entrenar y seguir protestando.
Helena: Lo urgente es la copa.
Camuñas: ¡Hay que pedir un rescate!
Anita: La idea era pedir que se disculpen en público los que invadieron el campo.
Marilyn: Si hacemos eso, sabrán que la robamos nosotros.
Angustias: Yo creo que un poco ya lo saben.
Helena: Lo importante es que Pakete tenga la copa escondida hasta que tomemos una decisión.
En cuanto leí ese último mensaje, me subí a la silla.
Quería comprobar una cosa.
Abrí la caja del puzle «Pueblo de Papá Noel. 5.000 piezas».
Y…
¡Ay, ay, ay!
¡La copa no estaba allí dentro!
¡Alguien la había cogido!
¿La habrían descubierto mis padres en mitad de la noche?
¿Qué habían hecho con la copa?
Tecleé nervioso, sin saber qué hacer.
Pakete: ¡La copa ha desparecido!
Camuñas: ¿¡QUÉ!?
Marilyn: ¿Cómo que ha desaparecido?
Pakete: La escondí en una caja de un puzle de cinco mil piezas, encima del armario de mis padres… ¡y no está! ¡no está! ¡no está!
Tomeo: Me flipan esos puzles.
Toni: Vaya escondite más malo.
Anita: La habrán cogido tus padres.
Pakete: No lo sé.
Toni: Siempre la lías, espabilado.
Camuñas: Nuevo misterio a la vista: un ladrón ha entrado en casa de Pakete y se ha llevado la copa.
Ocho: ¡Que no lo sabemos!
Helena: ¡Reunión urgente de los Futbolísimos! ¡Hoy, al salir de clase, en el campo de fútbol!
Camuñas: Hay que hacer una lista de sospechosos del robo.
Anita: Puede que no haya sido un robo.
Camuñas: Ya, claro, la copa ha desaparecido por arte de magia.
Toni: Aparte del robo, tenemos que votar el tema del córner, yo propongo que nos centremos en entrenar.
Marilyn: Eso ya lo has dicho. Tenemos que seguir protestando por la invasión del campo.
Ocho: Y recordad que hay denuncias por el corte de la carretera, quieren culpar a Pakete.
Helena: Por eso, hay muchas cosas urgentes. ¡Los Futbolísimos tenemos que ponernos en marcha! ¡A las seis en punto, en la portería norte del campo de fútbol!
Angustias: ¿La norte cuál es? ¿La que está más cerca del patio?
Anita: Esa es la sur, lo sabe todo el mundo. La norte es la que está más alejada.
Angustias: Pues haber dicho «a las seis en la portería más alejada», qué ganas de haceros los misteriosos.
Tomeo: ¿No podemos quedar un poco más tarde? Las seis es la hora de la merienda…
Helena: ¡Hay que resolver un robo! ¡Y decidir el futuro de Los Futbolísimos! ¡A las seis en punto! ¡Que no falte nadie!
Pakete: Ok.
Camuñas: Por cierto, ¿qué hacemos con el otro grupo de wasap?
Tomeo: Podríamos dejar este para las cosas del fútbol y de misterio. Y el otro para mandar bromas y otras cosas, como los puzles. ¿Os he dicho ya que me flipan los puzles de miles de piezas?
Pakete: Si vais a seguir también con el otro grupo, metedme…
Estaba a punto de enviar ese último mensaje, cuando una voz me sobresaltó.
—Pero cariño, ¿¡qué haces en nuestro cuarto!? ¿¡Y subido a esa silla!?
Mi madre me miraba con los brazos en jarra.
—¿Qué buscas en nuestro armario? —preguntó mi padre, que apareció detrás de ella.
—Yo… es que… o sea… —dudé.
—¡Los puzles que hacíamos juntos cuando eras pequeño! —exclamó mi padre, señalando las cajas sobre el armario.
—¡Eso, eso! —confirmé—. Es que me he levantado pensando: hace mucho que no hacemos juntos puzles, como antes.
—Ay, mi pequeñín —dijo mi padre, acercándose—. ¡Yo también lo echo mucho de menos! ¡Creía que no te gustaban!
—Sí que me gustan, me encanta pasar horas y más horas encajando piezas diminutas —suspiré.
—¿¡De verdad!? —exclamó mi padre, emocionado.
Pegó un brinco y se subió a la silla, conmigo.
—No sabes la alegría que acabas de darme —dijo—. ¿Volvemos a hacer el puzle del pueblo de Papá Noel juntos, tú y yo?
—Vale, o sea, a lo mejor podemos empezar por uno un poco más pequeño —resoplé.
—Nada, nos gustan los retos —rebatió mi padre, con una gran sonrisa—. ¡A por las cinco mil piezas!
Agarró la caja del puzle y la bajó del armario.
La abrió sobre la cama y removió las piezas.
—¡Va a ser superdivertido! —dijo.
—Sí, súper —musité.
—Vaya dos —farfulló mi madre—, si es que sois tal para cual. Hala, bajad a desayunar, no son horas de puzles.
Mi padre me guiñó un ojo y añadió:
—Esta tarde al salir de clase te espero para hacer el puzle, a las seis en punto, ¡prepárate, nos vamos al pueblo de Papá Noel, ja, ja, ja!
Le vi tan contento que no le dije que a las seis no podía.
Lo que estaba claro era que mis padres no habían cogido la copa.
¿Quién habría entrado en su dormitorio en plena noche?
—Venga, que se enfrían las tortitas —apremió mi madre—. Ah, y no te creas que nos hemos olvidado del roboen el colegio y la bicicleta, Francisco. Tienes que darnos muchas explicaciones…
—Claro, mamá —dije.
Volví a mirar la caja vacía del puzle.
No entendía nada.
