Los Futbolísimos

Los Futbolísimos - El misterio del córner más largo del mundo - Capítulo 7

El misterio del córner más largo del mundo

Futbolísimos vol5 capítulo7
As.com
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Estábamos en la sala de trofeos.

Antonia Bermejo sujetaba los guantes con unas pinzas.

Mis padres, Radu, Esteban, Alicia, Felipe y Frida, detrás de la policía, me miraban fijamente.

—Pakete, di la verdad —me apremió Bermejo—. ¿Estos guantes son de tu amigo Camuñas?

Tragué saliva.

—Yo, o sea… ¡no lo sé! —respondí—. Y aunque lo supiera, no lo diría… no soy un chivato.

—No te lo tomes así, Francisco —dijo mi padre—. A lo mejor Camuñas se ha dejado aquí los guantes, pero no tiene nada que ver con el robo.

—¡Pamplinas! —saltó mi madre—. Si los guantes son de Camuñas, lo vamos a saber más pronto que tarde. ¡Francisco, di la verdad o será peor!

Resoplé, agobiado.

Conocía aquellos guantes.

Los había visto un millón de veces.

Eran de Camuñas.

Lo sabía perfectamente.

Y después del mensaje de Helena, todo cuadraba: Mis amigos habían entrado a la sala de trofeos… ¡y habían robado la Copa de la Liga!

¡Ay!

—Vosotros sois los entrenadores, también deberíais saberlo —dijo Esteban, señalando a Felipe y Alicia.

—El caso es que a mí me suenan, pero no estoy seguro al cien por cien —afirmó Felipe.

—Yo tampoco, lo siento —dijo Alicia.

—¡Un momento! —exclamó Bermejo—. Dentro del guante hay algo… hum…

La inspectora de policía sacó una tarjeta plastificada de uno de los guantes.

—¡Es un carné de la biblioteca! —dijo, leyendo—. A nombre de… ¡José Camuñas!

—Pues sí, parece que los guantes son de Camuñas —admití.

—¿¡En qué cabeza cabe algo así!? ¡Es una locura! —gruñó Esteban.

—¿Locura ser que Camuñas robar copa o locura ser que un ladrón dejar carné en el lugar del robo? —preguntó Radu.

—Todo, Radu, todo esto es una locura —contestó Esteban.

—Ha habido otros robos muy chapuceros en la historia —apuntó mi padre—. Por ejemplo, unos ladrones que robaron el museo del Louvre en París, y se dejaron allí un montón de pistas, o un ladrón asturiano, que se olvidó el currículum en la caja fuerte que había robado, o unos ladrones de Amurrio, que se echaron la siesta mientras robaban un chalé y, claro, les pillaron.

—Pues eso es lo que le va a pasar a Camuñas —sentenció Bermejo—. Vamos ahora mismo a su casa. Estos niños no sé qué tienen en la cabeza, de verdad.

—¿Vamos todos o los demás ya podemos irnos a dormir? —inquirió Felipe—. Es que las horas que son…

—A ver, que no somos un comando ni nada parecido —dijo Bermejo—. Yo voy como jefa de policía del pueblo. Los demás creo que debéis iros a descansar. Esto no es una excursión, es una investigación en curso.

—No, no, por favor, yo voy contigo, esto no me lo pierdo —aseguró mi madre.

—Yo también voy, faltaría más. El robo se ha cometido en mi colegio y Camuñas es un alumno del centro —añadió Esteban.

—Yo también voy, que soy expolicía y quien ha descubierto los guantes —dijo mi padre.

—Yo también ir, mucho cariño a Camuñas —explicó Radu.

—Pues venga, vamos todos —zanjó Alicia.

Frida murmuró algo en alemán.

—¿La entrenadora del Catán también viene? —preguntó mi madre.

—Ella decir que tener mucho sueño y volver a su pueblo —tradujo Radu.

—Qué envidia, de buena gana me iba ya a la cama —suspiró Felipe.

—Pues iros, sería lo mejor —dijo Bermejo.

—Déjanos ir contigo, Antonia —pidió Esteban—. Todos conocemos mucho a Camuñas. Prometemos no interferir en tu investigación.

Ella pareció dudar, y al final concedió:

—Teniendo en cuenta que es un delito de poca cuantía y que hay un menor implicado con el que tenéis vínculos, podéis venir. Pero todos, detrás de mí. Y cuando lleguemos a casa de Camuñas, os quedáis fuera.

—Muchas palabras difíciles: cuantía, implicado, vinculo —dijo Radu.

—Se dice vínculo, con tilde en la i —le corrigió Esteban—. Significa la unión de una persona con otra. Como la que tenemos todos con Camuñas. Le queremos mucho, pero se le va a caer el pelo.

—Venga, que es tardísimo, ¡en marcha! —dijo mi madre.

—Aquí las órdenes las doy yo —avisó Bermejo, y miró a todos los presentes—. ¡En marcha!

Se dirigían a casa de Camuñas.

Tenía que avisarle.

Por mucho que me hubiera salido del grupo y que no hubiera venido nadie a la reunión, Camuñas seguía siendo mi mejor amigo.

Además, Helena me estaba esperando.

¡Tenía que hablar con ellos y contarles que la policía iba para allá!

El problema es que estaba rodeado de adultos, así era muy difícil.

Bajamos las escaleras, cruzamos el patio y salimos por la puerta principal.

La entrenadora Frida entró en su coche y se despidió sin más.

Bermejo subió a su coche patrulla. Esteban y Radu, a la furgoneta del bedel. Alicia y Felipe, a su monovolumen.

—Uy, si nosotros hemos aparcado en la puerta de atrás —dijo mi padre, despistado.

—Podemos llevaros, cabéis de sobra —se ofreció Felipe.

—Gracias, pero vamos a por nuestro coche, que si no, luego tendremos que volver a por él —contestó mi madre, y me miró—. Francisco, tú te vienes con nosotros.

—Yo… tengo que ir en la bici —dije.

—Qué bici ni bici —replicó ella—. No son horas, bastante has liado ya.

—No puedo dejarla ahí en medio tirada —insistí.

Tenía que librarme de ellos.

Mi madre dudó.

—Vamos, Juana, que los demás están a punto de salir —dijo mi padre—. Deja al niño que vaya en su bicicleta, qué más da.

¡Piiiiiiiiiiiii, piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!

Bermejo tocó el claxon e hizo una señal con la mano, estaba a punto de arrancar.

—Vale, vale, vale —aceptó mi madre, agobiada con las prisas—. Ve con la bicicleta, Francisco, pero… ¡ten cuidado… no corras… pon las luces… y no hagas nada que no hiciéramos tu padre y yo… bueno, mejor nada que no hiciera yo misma!

—Sí, mamá —respondí.

Ellos dos corrieron hacia la parte trasera del colegio.

El coche patrulla de Bermejo arrancó, seguido de los vehículos de Radu y Felipe.

Sin dudarlo un segundo, crucé la calle a toda velocidad y subí a mi bici.

Empecé a pedalear con todas mis fuerzas.

¡Tenía que llegar a casa de Camuñas antes que ellos!

¡Podía conseguirlo!

Atajé por un estrecho callejón que desembocaba en la plaza.

El pueblo no es tan grande, y yo me conocía aquellas calles de memoria.

Aproveché que no había tráfico ni gente para meterme con la bici por las zonas peatonales, así acorté mucho el camino.

Los coches tenían que dar mucha más vuelta.

Al mismo tiempo, me puse los cascos y marqué el número de Camuñas.

—Responde, responde, responde —murmuré.

Pero nada, saltó el buzón de voz.

Seguramente estaría durmiendo.

¿Podía alguien dormir después de haber robado la Copa de la Liga?

¿La tendría escondida en su casa?

¿Por qué habían hecho algo así?

¿Era cosa de Camuñas y Helena o estarían todos mis compañeros implicados?

Un montón de preguntas se acumulaban en mi cabeza.

Seguí pedaleando sin detenerme.

Sentía el viento en el rostro.

Al cruzar la calle principal que desembocaba en las urbanizaciones, marqué otro número: Helena con hache.

—Responde, responde, responde…

—¿Hola? —dijo ella al fin, al otro lado de la línea.

—¡Helena! ¡Qué alegría oírte! —exclamé.

—¿Dónde te has metido? —preguntó Helena—. Llevo un buen rato esperándote. ¿Y cómo me llamas a estas horas? Menos mal que tenía el teléfono en silencio, podrías haber despertado a mi madre…

—Perdona, es que ha pasado una cosa —dije, mientras seguía pedaleando—. Bueno, muchas cosas han pasado.

—Pero… ¿vienes o no? —dijo ella—. Tengo que contarte algo muy gordo: hemos robado la Copa de la Liga.

—Ya, ya —asentí—. Pues agárrate… ¡Bermejo ha encontrado los guantes de Camuñas en la sala de trofeos! ¡Y ahora mismo se dirige a su casa!

—¿¡Qué!? —exclamó ella—. ¿La policía va a casa de Camuñas?

—Sí, sí, y también va el director del colegio, y Radu, y nuestros entrenadores —expliqué—. Y mis padres. Bueno, y yo también… solo que ellos van en coche y yo en bici, creo que llegaré antes.

—¡Esto es un desastre! ¡Hay que avisar a Camuñas! —dijo Helena.

—Le he llamado por teléfono, pero no responde —suspiré—. ¿Qué habéis hecho con la copa? Supongo que no se la habrá llevado Camuñas a su casa…

Me estaba ahogando de pedalear tan deprisa y hablar al mismo tiempo.

—La copa la hemos escondido en un sitio secreto —comentó Helena.

—Ah, bueno, entonces no hay nada que temer —respiré.

—¡Claro que hay mucho que temer! —dijo Helena—. El escondite secreto es un viejo baúl… ¡en el dormitorio de Camuñas!

—¡Pero ese escondite es horrible! —protesté—. ¡La policía va directa a casa de Camuñas!

—¡Tendrías que haberles dicho que no fueran! —rebatió ella.

—¿¡Yo!? —pregunté—. ¿Cómo voy a decirles eso? Al principio, creían que había robado yo la copa, pero luego encontraron los guantes de Camuñas delante de la vitrina, ¿¡por qué se dejó allí los guantes!?

—¡No lo sé, Pakete! —contestó Helena—. Lo último que recuerdo es que Camuñas se puso los guantes para robar la copa y así no dejar huellas. ¡No tenía ni idea de que se los había quitado! ¡Y mucho menos que los había dejado en el lugar del robo!

Tomé aire.

Me estaba agobiando muchísimo.

Giré por la calle donde estaba la casa de Camuñas.

Vi al fondo su chalé.

Llegaría enseguida.

Y no había ni rastro de la policía.

—Estoy muy cerca ya de su casa —informé—. Vamos a colgar, hay que avisar a Camuñas.

—¡Sí, mejor colguemos! ¡Nosotros también estamos muy cerca! —dijo Helena.

—¿Estáis cerca? ¿Quiénes? —pregunté—. ¿Hola? ¿Helena?

Pero no me respondió.

Había colgado.

Enfilé los últimos metros de la calle.

La casa de Camuñas era un pequeño chalé de dos plantas y un jardín alrededor.

Todas las luces estaban apagadas.

A esas horas, debían de estar durmiendo.

Dejé la bicicleta apoyada en una valla lateral y me aproximé con cuidado de no hacer ruido.

En la parte posterior del jardín había un montón de trastos junto a un gran árbol: un viejo columpio, una canasta, un balón de fútbol…

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Futbolísimos vol5 cap7

También se veía un tendedero con sábanas y otras prendas.

Miré hacia la ventana del segundo piso, donde estaba el cuarto de Camuñas.

Cogí unas piedrecitas del suelo y las tiré.

No es fácil acertar a la primera.

Después de varios intentos… ¡por fin le di!

Impactaron en la ventana tres o cuatro piedrecitas.

Me quedé esperando, seguro que en cualquier momento se asomaba Camuñas.

Pero nada, debía dormir como un tronco.

Recordé algunas veces que habíamos compartido habitación en los viajes con el equipo. Camuñas siempre era capaz de quedarse profundamente dormido, a pesar de que hubiera ruidos de cualquier clase.

En ese momento, oí una voz. Alguien me estaba llamando.

—¡Pakete! ¡Aquí!

Levanté la vista.

Al otro lado de la valla, estaba Helena.

Y a su lado… Marilyn.

Y también Tomeo, Angustias, Ocho, Toni y Anita.

—¡Habéis venido todos! —exclamé.

—¡Shhhhhhhhhhhhhhhhh! —contestaron a la vez.

—Baja la voz, nos van a oír los padres de Camuñas —dijo Helena.

—Me alegra mucho veros —reconocí—. Aunque hayáis creado otro grupo de wasap. Y aunque no hayáis venido a la reunión del cementerio. Y aunque hayáis decidido abandonar la huelga sin contar conmigo. Y aunque hayáis robado la copa sin avisarme… Ahora que lo pienso, ¡sigo muy enfadado!

—Todo tiene una explicación —dijo Marilyn.

—No queríamos dejarte fuera —siguió Anita—. Al contrario, lo hemos hecho para ayudarte.

—¿A mí? —dije sorprendido.

—Bueno, para ayudarte y porque nos ha dado la gana —matizó Toni, que siempre tenía que poner su toque personal.

—Si no fuimos al cementerio, es porque en ese momento estábamos robando la Copa de la Liga —explicó Marilyn.

—Fue muy angustioso entrar en el colegio de noche —aseguró Angustias.

—Ya te digo, a mí me dio un bajón de azúcar, me parece —comentó Tomeo.

—Sigo sin comprender nada —dije—. ¿Por qué robasteis la copa? ¿Por qué no me lo contasteis? ¿Por qué decidisteis abandonar la huelga?

—Pensamos que, como la policía te estaba investigando, era mejor no implicarte en el robo de la copa —contestó Marilyn.

—Y me enviaron a mí al cementerio para avisarte —dijo Ocho—. No queríamos dejarte allí plantado toda la noche.

—Estábamos preocupados por ti, de verdad —continuó Helena.

—Pero le dijisteis a la policía que cortar la carretera había sido idea mía —recordé.

—Eso se lo dije yo —reconoció Angustias—. A mí es que un interrogatorio me pone muy nervioso. Le conté todo a Bermejo. Yo con la presión me vengo abajo, lo siento.

—Decidimos que, en lugar de seguir con la huelga, había que hacer una acción más contundente —dijo Anita—, algo que no se esperasen.

—¡Robar la Copa de la Liga para protestar por la violencia en el fútbol! —exclamó Tomeo.

—Y pedir un rescate por la copa —añadió Ocho—. Mañana vamos a exigir que pidan disculpas en público todos los que invadieron el campo de fútbol.

—Pero si pedís eso, se darían cuenta de que los ladrones sois vosotros —aclaré—. Es lo mismo que pedíamos con la huelga.

—Ahí va, pues en eso no habíamos caído —admitió Ocho.

—¿Y por qué hicisteis otro grupo de wasap y no vinisteis al cementerio? —insistí.

—Pues porque en el robo queríamos dejarte al margen, bastantes problemas tenías ya con la policía —dijo Helena—. Solo queríamos ayudarte. Es una injusticia que haya denuncias por cortar una carretera, es una acción de protesta.

—Ayudarte y seguir protestando por la invasión del campo —afirmó Marilyn.

Me sentí mucho mejor al oír a mis amigos.

En el fondo, lo habían hecho todo por mí.

—Venga, ¿te volvemos a meter en el grupo? —preguntó Marilyn.

—¿En cuál? —dijo Angustias—. Ahora tenemos dos grupos…

—Pues metedme en los dos —respondí.

—Genial, pero no te salgas otra vez, je, je —dijo Ocho.

—¿QUÉ HACÉIS TODOS AHÍ ABAJO?

Asomado a la ventana de su cuarto, apareció Camuñas.

Tenía cara de dormido.

—¿Por qué estáis todos ahí? —repitió—. ¿Qué ha pasado?

—La policía está de camino —dije rápidamente—. ¡Saben que has robado la Copa de la Liga!

—Uy, yo no he robado nada —se defendió Camuñas—. No sé de qué copa estás hablando.

—No disimules —dijo Helena—. Pakete ya lo sabe todo. Además, ¡te dejaste los guantes en el lugar del robo! ¡Y con el carné de la biblioteca dentro!

—Ah, eso sí puede ser… Es que hacía mucho calor y me sudaban las manos… y el dichoso carné nunca sé dónde guardarlo —reconoció Camuñas.

—Rápido, hay que esconder la copa en otro sitio —propuso Marilyn—. Tal vez podemos llevarla al campo de fútbol… o al río… no lo sé…

La capitana no pudo continuar la frase.

En ese momento, la calle se iluminó con las luces del coche patrulla de la policía.

¡Allí estaba Antonia Bermejo!

Y detrás de ella, Radu, Esteban, Alicia, Felipe y mis padres.

Se dirigieron a la puerta de la casa.

—¡Ya están aquí, es Bermejo! —señalé.

—Ay, ay, ay —suspiró Angustias.

—Me van a pillar, tengo la copa aquí mismo, en la habitación —dijo Camuñas.

¡DING-DONG! ¡DING-DONG! ¡DING-DONG!

El timbre resonó por toda la casa en plena noche.

—¡Ya va! ¡Ya va! —respondió Quique, el padre de Camuñas.

—¿¡A quién se le ocurre llamar a estas horas!? —preguntó Trini, la madre.

Ambos bajaron las escaleras a toda prisa y abrieron la puerta.

Se toparon con Bermejo de uniforme, observándolos muy seria.

—¡Ay, la policía! —dijo Quique, asustado—. ¡Yo no he hecho nada, inspectora! ¡Le prometo que pagaré todas las multas que debo!

—Mi visita no tiene nada que ver con eso, Quique. Perdón por las horas —se excusó Bermejo—. He venido porque se ha producido un robo en el colegio.

—¡Han robado la Copa de la Liga! ¡Que ya les vale! —apuntó Esteban.

—Buenas noches, Trini, Quique —saludó mi madre—. Creemos que el ladrón ha sido vuestro hijo. ¡Qué pena tan grande! Si es que los hijos son maravillosos, pero dan muchos problemas.

—Mi pequeñín no es un ladrón —replicó Trini.

—¿Qué hace aquí toda esta gente? —soltó Quique.

—Venir porque nosotros mucho preocupar por Camuñas —dijo Radu.

—Le queremos cantidad, aunque sea un ladronzuelo —apuntó Felipe.

—Venga, vamos al grano, que es muy tarde —pidió Alicia—. Hay que subir al cuarto del crío y ver si tiene ahí la copa.

—¡Silencio ya! ¡Aquí la única que habla soy yo! —bramó Bermejo, ajustándose la gorra—. Ejem… tenemos que inspeccionar el cuarto del niño, sospechamos que puede tener allí la copa robada.

Al mismo tiempo, en la parte trasera de la casa mis amigos y yo habíamos saltado la valla del chalé.

Y estábamos en el jardín, junto al árbol.

—Vamos, vamos —dijo Camuñas, agobiadísimo, asomado a la ventana con la copa en las manos—. Están subiendo las escaleras, vienen hacia mi habitación, daos prisa.

—Estirad la sábana entre todos —ordenó Helena.

Habíamos cogido una sábana del tendedero y la sujetábamos entre los ocho.

—¡Tírala ya! ¡Nosotros la esconderemos! —gritó Tomeo.

—Shhhhhhhhhhhhhhhhhhh, que nos van a oír —dijo Marilyn.

—Espero que no se rompa —dijo Camuñas—. ¡Adiós, Copa de la Liga!

Y sin más, la lanzó desde la ventana.

La copa voló y en lugar de caer directa sobre la sábana…

… chocó con las ramas de un árbol y se quedó allí colgando.

—¡Se ha quedado enganchada! —señaló Ocho.

—¡Qué desastre! ¡Nos van a detener a todos! —dijo Angustias, más angustiado que nunca.

—Dejadme a mí —aseguró Toni—. La bajaré de un balonazo.

—Ten cuidado —suplicó Camuñas.

Toni cogió el balón que estaba en el jardíny le pegó un patadón.

La pelota salió disparada, chocó con el tronco del árbol y de rebote…

¡Impactó contra otra ventana de la casa y se cargó el cristal!

¡CA-TA-CRAAAAAAAASH!

—¿¡Qué ha sido eso!? —gritó el padre de Camuñas.

—¡Atención, sea quien sea, está aquí la policía! —advirtió Bermejo.

—Quiero llorar —suspiró Angustias.

Se encendió la luz del piso superior. Estaban a punto de entrar en el cuarto de Camuñas.

Según caía el balón, Toni… ¡Volvió a darle otro patadón!

La pelota chocó con una farola. ¡PLAAAASH!

Al caer, volvió a darle al balón de volea y… se estrelló contra el tejado. ¡CATAPLOF!

Y al volver a caer, Toni le dio por cuarta vez una tremenda patada a la pelota.

Voló, voló, voló y…

¡Esta vez sí alcanzó de lleno la copa!

—Lo sabía, por algo soy Toni Superestar, nunca fallo cuatro veces seguidas —dijo, chulito.

La Copa de la Liga se desenganchó de la rama y cayó.

Todos nos movimos deprisa con la sábana para amortiguar el golpe…

Desde arriba, llegaban las voces de los adultos.

—Cariño, ¿¡has robado una copa en el colegio!? —preguntó Trini.

—Hemos encontrado tus guantes en el lugar del robo, más vale que confieses —dijo Bermejo.

—Quererte mucho a ti, Camuñas —sollozó Radu.

—No sé de qué habláis —dijo Camuñas, haciéndose el sorprendido—. Papá, mamá, ¿qué hace toda esta gente en nuestra casa en plena noche?

La copa cayó plácidamente sobre la sábana.

Permanecía intacta.

Helena la cogió y me la entregó.

—Pakete, corre, escóndela tú —me dijo.

—¿¡Por qué yo!? —pregunté, asustado.

—Porque confiamos en ti —contestó ella—. Por algo eres el encargado de lanzar los penaltis y los córneres el equipo. Esto es como un penalti decisivo.

—Venga, espabilado, corre —me animó Toni.

No sabía muy bien qué hacer.

Miré a mis compañeros.

Todos me observaban expectantes.

Agarré con fuerza la copa y eché a correr…

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