Los Futbolísimos

Los Futbolísimos - El misterio del córner más largo del mundo - Capítulo 18

El misterio del córner más largo del mundo

Futbolísimos vol5 - cap18 Apertura
As.com
Redacción Diario As
Actualizado a

La pelota voló.

Hizo una parábola perfecta.

Fue directa al área chica, donde los jugadores de ambos equipos esperaban ansiosos.

La Cefalópoda se abrió paso entre la maraña de atacantes y defensores.

—¡Míííííaaaa! —gritó.

Olga pegó un salto espectacular.

¡Y despejó de puños!

El balón salió disparado hacia la frontal del área.

Toni corrió con todas sus fuerzas.

Dio un brinco.

—¡Toni Superstar! —bramó.

Y… y…

¡Cazó la pelota en el aire!

¡Remató con la pierna derecha!

¡De espaldas!

¡¡¡Fue una chilena impresionante!!!

—¡Es el mejor remate de la temporada! ¡Te lo mereces, hijo mío! —exclamó Antonio Pernía.

—¡Es un poco chulito el muchacho, pero la verdad es que es un crack! —afirmó mi madre.

El balón voló por encima de la portera, imparable.

Estaba a punto de entrar.

Entonces…

¡¡¡CA-TA-CLONCK!!!

¡Impactó en el larguero!

Un lamento recorrió el campo.

—¡Uyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy!

La pelota rebotó de nuevo hacia el área.

—¡Vamos, chicos, aún hay tiempo! —gritó Felipe.

—¡Rematad, por lo que más queráis! —pidió Alicia.

—¡Pelota fuera! ¡Ya! —gritó Frida.

Anita, Tomeo, Marilyn y Ocho corrieron a por el balón, luchando con los defensas.

Helena se adelantó y… ¡remató de cabeza!

Fue un remate fuerte, colocado, directo.

La Cefalópoda reaccionó a toda velocidad y… ¡volvió a despejar de puños!

¡Otra vez!

—¡Eres la mejor portera del mundo! —exclamó mi hermano, aplaudiendo.

Quincoces miró su reloj, los segundos pasaban y en cualquier momento pitaría el final del partido.

Yo corrí desde la esquina.

La pelota cayó a los pies del Cazador. Le dio un tremendo puntapié para alejarla lo más posible.

¡PA-TA-PLAF!

El balón voló de nuevo.

Y entonces… ocurrió.

Fue sin pensar.

Vi cómo el balón venía hacia el vértice exterior del área, hacia mi posición.

Podía haber intentado pararlo para colgar otro pase.

O para adentrarme con el balón controlado.

Podía haber hecho muchas cosas lógicas que no hice.

En lugar de eso… me dejé llevar por la intuición.

Era lo que mejor me funcionaba.

Según caía… ¡ZAAAAAAAAAAAAAS!

¡Empalmé la pelota con una tremenda volea!

¡Fue un trallazo increíble!

Absolutamente nadie se lo esperaba. Ni yo mismo.

Noté que se hacía el silencio en el campo de fútbol.

Todos observaban con la boca abierta la trayectoria de la pelota.

Parecía ir a cámara lenta.

Pasó por encima de los jugadores.

Describió una curva perfecta.

La Cefalópoda se estiró, pero solo pudo rozarla con los dedos.

Y al fin…

O sea…

La pelota…

¡¡¡ENTRÓ EN LA PORTERÍA!!!

—¡¡¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL!!!

¡En el último segundo del partido!

¡De volea desde fuera del área!

Caí de rodillas sobre el césped.

Tuve ganas de reír, llorar, gritar…

—¡Francisco, pequeñín, eres lo más de lo más! —gritó mi madre.

—¡Olééééééééééééééééééééé! —exclamó mi padre.

Lo último que vi fue el marcador definitivo:

SOTO ALTO 3; RECREATIVO CATÁN 2.

—¡Pííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííí!

Quincoces pitó el final del partido.

Y mis compañeros se lanzaron sobre mí.

¡Haciendo una piña!

—¡Pakeeeeeeeeete! ¡Pakeeeeeeeeeeeeeeeeete! ¡Pakeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeete!

—¡Ha sido el mejor gol de la historia! —exclamó Ocho, entusiasmado, abrazándome.

—¡No te pases, yo los he marcado mejores! —replicó Toni—. ¡Pero no ha estado mal, espabilado!

—¡Buaaaaaaaaah, vaya voleón, no te lo crees ni tú, ja, ja, ja! —exclamó Camuñas, que había llegado corriendo desde el banquillo.

Todos mis compañeros me abrazaban, gritaban.

En medio de un montón de piernas y brazos, Helena me cogió de la mano y sonrió, no hacía falta decir nada.

—¡Alguien me está clavando la rodilla en las costillas! —avisó Tomeo.

—Creo que soy yo, ay —se disculpó Angustias—. Si es que estas celebraciones son muy peligrosas…

Nos reímos.

Después nos tiramos al suelo e hicimos la croqueta todos a la vez.

Raquel Niebla entregó la copa a Marilyn.

¡La capitana la levantó con ambas manos!

—¡Bravo! ¡Viva! ¡So-to Al-to, Ra-ra-rá!

A continuación, hicimos el trenecito con Marilyn en cabeza. Se unieron Alicia, Felipe, Radu y hasta Avelina Ramírez, que parecía encantada.

Después de tanta tensión durante la semana… ¡estallamos de alegría!

—¡Al Caribe, oé! ¡Al Caribe, oá! —cantamos.

Esteban, el árbitro y Bermejo aplaudieron desde la banda, igual que los padres.

—Ay, Juana, que los niños se van al TIRIRÍ —señaló mi padre—. Y nosotros nos quedamos en tierra.

—A lo mejor puedes negociar con los chavales —pidió Laura—. Si les quitas el castigo a ellos y pueden seguir con el equipo, también podríamos quitarnos a nosotros el castigo y viajar juntos al Caribe.

—Los castigos son sagrados —respondió mi madre—. Si no se cumplen, nadie aprende la lección.

—Pero mujer, que es una oportunidad única: la Ribera Maya, las aguas cristalinas del Caribe, una experiencia en familia —intercedió Marimar.

—Juana, por favor —suplicó Pernía—. Como máster de los castigos, haz una excepción por esta vez.

—Los niños y los mayores te lo agradeceríamos tanto —suspiró Melinda.

—Más me duele a mí, pero un castigo está para cumplirlo, aunque duela —insistió mi madre.

—Mira que luego nos arrepentiremos y… —trató de decir mi padre.

—¡Pamplinas! —le cortó mi madre.

Y se cruzó de brazos.

Todo el mundo sabía lo que eso significaba. Cuando mi madre decía «pamplinas», se acabó la discusión.

Viajaríamos al TIRIRÍ sin nuestros padres.

Quizá fuera nuestro último torneo.

Pero habíamos logrado algo único:

Ganar la liga en el último segundo.

Y clasificarnos para ir al Caribe los nueve juntos.

Se oyó una voz en un extremo del campo:

—¡Por favor, dame una última oportunidad, te lo suplico!

Alfonso Murillo Soto, presidente de la FIFA, se había arrodillado delante de la Apisonadora de Leipzig.

Ella estaba recogiendo sus cosas, muy seria, como de costumbre.

Él sacó una cajita del bolsillo.

—Frida Schröeder, te quiero —dijo Murillo—. Me porté fatal, pero llevo arrepentido cada minuto desde aquel fatídico día, discúlpame.

Abrió la cajita y apareció un anillo de diamantes que brillaba bajo el sol.

Todos contemplamos la escena, absortos.

—He recorrido el mundo entero buscándote —siguió Murillo—. Cásate conmigo. Volvamos juntos a Suiza. Podrás dejar a estos críos y entrenar un equipo de verdad, en las mejores ligas. Viviremos en un ático con vistas al lago. Seremos felices como perdices.

Los Futbolísimos - El misterio del córner más largo del mundo - Capítulo 18

Frida le miró tratando de entender si decía la verdad.

—Prometo que esta vez no te dejaré tirada en el altar, ejem —dijo Murillo, muy solemne—. Eres la mujer de mi vida, Frida, di que sí y volemos juntos… Tengo ahí mismo el helicóptero esperando.

Por un instante, la entrenadora pareció dudar.

—Yo apuesto a que dice que sí, es un gesto romántico precioso, con diamantes y helicóptero y todo —murmuró Felipe.

—Ay, cariño, si piensas eso es que no te has enterado de nada —comentó Alicia.

Frida sonrió de oreja a oreja.

Era la primera vez que la veía sonreír.

Al fin, resopló y dijo:

—Iba a contestar «das mötche ich lieber nitch». Ser frase mucho apropiado para esto momento.

—Preferiría no hacerlo —tradujo Anita.

—Ya, ya —dijo Camuñas.

—Pero yo cambiar, ser otra persona —siguió Frida—. Yo mucho contenta y mucho paz aquí en pueblo, entrenar equipo liga infantil. Y más importante: yo no necesitar nadie para ser feliz.

—¿Eso significa que sí o que no? —preguntó Murillo, conteniendo la respiración.

—Ay, Alfonso, tú siempre viajar por mundo y conseguir cosa quieres —respondió Frida—. Pero esta vez no comprender. Para que tú entiendas, yo responder en ocho idiomas a pregunta tuya: NEIN. NON. NET. INGA. NIE. NAO. NE. NO.

—Ay, Frida, me rompes el corazón —dijo Murillo, poniéndose en pie—. ¿Estás segura? Mira que es tu última oportunidad… No me rindo: ¡Vente conmigo, casémonos, tengamos éxito juntos!

Frida le miró desesperada. Hizo un gesto a los jugadores del Catán.

Y todos a una, corearon la respuesta:

—¡PREFERIRÍA NO HACERLO!

Y luego:

—¡CATÁN, CATÁN, CATÁN! ¡NO SOMOS UN EQUIPO, SOMOS UN TITÁN!

La Apisonadora de Leipzig salió del campo seguida por todos sus jugadores, cantando con ellos.

Habían perdido la liga y ella le había dicho que no al presidente de la FIFA en ocho idiomas.

Parecían contentos, a pesar de todo.

El eco de sus voces se perdió al fondo.

Ah, mi hermano Víctor se fue con ellos. No se separaba de la Cefalópoda.

—Esto, Juana, una cosita —preguntó Alicia—. Ya sé todo esto de los castigos, pero… ¿podemos hacer una fiesta para celebrar la liga?

Mi madre lo pensó un segundo y respondió:

—Ninguna fase del castigo impide una buena celebración, je, je.

Todos aplaudimos.

—¡A la plaza a comer todos! —propuso Renato.

—¡Invita el Ayuntamiento, es un gran día! —exclamó Laura.

—¡Síííííííííííí! ¡Viva la alcaldesa y las comidas gratis! ¡Y las fiestas!

Había un aire de alegría y celebración que lo contagiaba todo.

Mis compañeros se fueron al vestuario a cambiarse.

Los demás se marcharon a la plaza a preparar la celebración.

Yo me quedé un rato allí, solo en el campo.

Me gustaba esa sensación.

Contemplé la portería.

Había marcado un gol de volea impresionante.

Ni yo mismo sabía cómo lo había conseguido.

—¿Serías capaz de repetirlo?

Me di la vuelta.

Allí estaba Helena con hache, sonriendo.

—Di, ¿podrías volver a meter ese gol? —me preguntó.

—La verdad… no creo —reconocí.

Los dos nos reímos.

—Las mejores cosas son las que se hacen sin pensar —dije.

Ella asintió.

—Me da muchísima pena que se acabe el equipo —murmuró Helena.

—Puede que no se acabe —repliqué.

—¿Por qué? ¿Sabes algo? ¿Has hablado con tu madre? —soltó ella, muy interesada.

—Qué va —contesté—. Mi madre es muy seria con los castigos. Pero las cosas cambian. De momento iremos al TIRIRÍ. Y luego… quién sabe. Mi intuición me dice que seguiremos juntos en el Soto Alto.

—Me gusta tu intuición —dijo Helena.

—Gracias —musité.

—En general, me gustas —añadió.

Ufffffffffff.

Me subió el calor por todo el cuerpo y empecé a ponerme rojo.

—Yo… o sea… tú… —balbuceé, muy nervioso.

Helena me miró con sus enormes ojos.

Se acercó a mí.

Y entonces…

¡BRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRMMMMMMMMM!

¡Un sonido atronador lo envolvió todo!

Levantamos la vista.

¡Era el helicóptero de la FIFA!

Aterrizó de nuevo en el centro del campo.

Un operario abrió la puerta lateral.

Desde la banda, Alfonso Murillo y Avelina Ramírez cruzaron el terreno de juego y se dirigieron al aparato.

Raquel Niebla, Laura Doreal y Esteban les despidieron.

—¡Volved pronto, Sevilla la Chica es vuestra casa! —exclamó la alcaldesa.

—¡Por supuesto que volveré, este pueblo es la bomba! —aseguró Ramírez, despidiéndose con la mano—. ¡Nunca olvidaré el córner más largo del mundo, amigos!

El presidente de la FIFA y la presidenta del TIRIRÍ subieron al helicóptero.

Él parecía cabizbajo. Ella, sin embargo, estaba exultante.

Helena y yo los contemplamos sin decir nada.

—¿Queréis subir a dar una vuelta? —nos preguntó Ramírez.

—¿Nosotros? —dije, sorprendido.

—Os lo merecéis, habéis ganado la copa y me habéis hecho pasar un rato divertidísimo —contestó Ramírez.

—No sé si es muy apropiado, Avelina —protestó Murillo.

—Venga, no seas gruñón, no eres el primero al que le dan calabazas —rebatió ella, y nos hizo gestos para que nos acercásemos—. ¡Venid!

—¡Pues claro que vamos! —exclamó Helena.

Me cogió de la mano y tiró de mí.

Fue muy emocionante: ¡Subimos al helicóptero oficial de la FIFA!

—Espere un momento, por favor —pidió Helena—. ¡Allí vienen nuestros compañeros!

Con Camuñas a la cabeza, nuestros amigos corrían por el césped hacia el aparato.

—¡También queremos subir! —gritó Camuñas.

—¡Ya te digo! —añadió Tomeo.

—Yo no quiero, pero si hay que subir, se sube… —dijo Angustias.

—Tal vez es demasiado peso —dijo Murillo.

—Puede ser, pero tiene fácil solución —propuso Ramírez—. Que se den una vuelta los niños y luego nos recoge a nosotros.

Avelina Ramírez le dio un empujoncito al presidente y los dos bajaron al césped. También descendió el operario.

A cambio, de un brinco fueron subiendo todos los jugadores del Soto Alto.

—¡Muchas gracias, qué ilusión! —dijo Marilyn.

Los nueve nos acomodamos en el interior.

—¡Abrochaos los cinturones, que despegamos ya! —avisó el piloto.

Desde fuera, cerraron la puerta lateral y se alejaron.

Nos colocamos los cinturones y… ¡nos elevamos!

El ruido de las aspas y la vibración era enorme.

—¡Mola! ¡Esto es mejor que la montaña rusa! —exclamó Camuñas.

—No está mal —musitó Toni.

Desde lo alto, vimos el colegio cada vez más pequeño.

Pasamos sobre el pueblo, la plaza, el ayuntamiento, las urbanizaciones…

Y luego sobrevolamos el bosque y el río.

Era una pasada.

—Es muy raro —comentó Ocho—. Nos han castigado y puede que el equipo se acabe para siempre, pero ahora mismo… ¡estoy muy feliz!

—¡Yo también! —dijo Angustias—. ¡Y eso sí que es raro!

—¿Puedo decir una cosa? —preguntó Helena—. Pase lo que pase… ¡Los Futbolísimos siempre seguiremos juntos!

—¡Los Futbolísimos hasta el infinito y más allá! —bramó Ocho, emocionado.

—Perdón, ¿qué es eso de los Futbolísticos? —preguntó el piloto.

—Los Futbolísimos —le corrigió Ocho—. Es un pacto secreto que no puede conocer nadie. Olvídelo, señor piloto, por favor.

—No os preocupéis, yo tengo muy mala memoria —aseguró el piloto, sonriendo.

Movió los mandos y el helicóptero siguió adelante, volando sobre el cauce del río.

—Las vistas son impresionantes —dijo Anita, admirada.

—Sí, muy chulas, pero la tripa me está haciendo ruidos —comentó Tomeo—. Os recuerdo que nos esperan en la plaza para la celebración.

—Sigamos volando un ratito más —pidió Angustias—. Ya sé que es absurdo, pero tengo la sensación de que mientras estemos aquí arriba juntos, nada malo nos puede pasar.

—No es absurdo, a mí también me ocurre muchas veces —dijo el piloto—. ¡Me encanta llevaros! ¡Ya veréis, vamos a pasar por encima de las montañas! ¡Yuhuuuuuuuuuuu! ¡Arriba los Futbolísticos!

—Futbolísimos —volvió a corregirle Anita.

El helicóptero subió aún más y más.

Tuvimos que agarrarnos.

En ese momento, me di cuenta de que tenía algo en el bolsillo.

Un papel.

Era la nota que me había dado la Cefalópoda para mi hermano antes del lanzamiento del córner. Se me había olvidado.

La abrí con cuidado y la miré de reojo.

Era un gran corazón rojo con una flecha.

—¿Qué tienes ahí, Pakete? —me preguntó Marilyn.

—No es nada —contesté, tratando de guardarme la nota.

Pero Camuñas me la quitó de un manotazo.

—¡Uuuuuuuuuuuuuuuuuuuh! ¡Es un corazón! —exclamó.

—¡Pakete está enamorado! —añadió Ocho.

—¡No es mía, de verdad! —intenté decir.

—Claro, claro, la llevas en el bolsillo, pero no es tuya. ¡Uuuuuuuuuuh! —insistió Camuñas.

—¡Venga, confiesa! ¿Para quién es el corazón? —preguntó Anita, que agarró la nota y me la devolvió.

Me di por vencido.

Si explicaba la verdad, no me creerían.

De pronto, tuve un impulso.

Tal vez aquel corazón era la oportunidad para decir en voz alta algo que no había dicho nunca.

Respiré hondo.

Me encogí de hombros y dije lo primero que me salió:

—Está bien, lo admito, me habéis pillado. Me gustáis mucho todos, ¡sois mis mejores amigos! Pero hay una persona que me gusta un poco más y que nunca lo había dicho… Esa persona es… o sea es…

Sentí que me temblaba todo.

No me salían las palabras.

Mis amigos rieron y exclamaron a coro:

—¡¡¡Helena con hache!!!

Los miré sorprendido.

—Eso lo sabemos todos desde hace muuuuucho tiempo, Pakete —dijo Ocho.

Todos rieron.

Yo también.

Alargué la mano y le entregué el corazón a Helena.

Ella me miró con sus ojazos.

Y ya todo me dio igual.

Hubo más risas y gritos:

—¡Ooooooooooooooooh! ¡Qué bonito! ¡El amor está en el aire… nunca mejor dicho!

Seguimos sobrevolando las montañas en aquel helicóptero.

Sin pensar en nada más.

Etiquetado en: