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Los Futbolísimos - El misterio del córner más largo del mundo - Capítulo 17

El misterio del córner más largo del mundo

Apertura Futbolísimos vol 5 capítulo 17
As.com
Redacción Diario As
Actualizado a

Se armó un tremendo revuelo en el área.

Los jugadores del Catán no paraban de gritar.

—¡Hay que repetir el córner! —dijo el Cazador.

—¡El árbitro no lo ha visto! ¡Hay que volver a lanzarlo! —insistió la Cefalópoda.

Mis amigos del Soto Alto también replicaban:

—¡Ha sido gol legal, lo del árbitro no tiene nada que ver! —aseguró Marilyn.

—¡Golazo de Toni Superstar! —exclamó Toni.

—Golazo tampoco, que lo has metido con la rodilla —señaló Tomeo.

En medio de unos y otros, el árbitro permanecía tirado en el suelo.

—No gritéis, el árbitro sigue inconsciente —avisó Helena—. ¡Que alguien traiga agua!

Felipe y Alicia llegaron a la carrera.

—¡Abrid paso! —exclamó Alicia—. ¡Dejadle respirar!

Se acercaron con cuidado y Felipe apretó la botella de agua que llevaba en la mano, echando un chorro en el rostro al chico.

De inmediato, abrió los ojos.

—Uf, ¿qué ha pasado? —preguntó, incorporándose.

—Pues que te has desmayado —respondió Alicia—. Habrá sido un golpe de calor.

—Eso y que he marcado un golazo —apuntó Toni, desde un poco más atrás.

—Lo siento, nunca me había ocurrido —resopló el árbitro.

—Si es que hace mucho calor, lo llevo diciendo toda la mañana —suspiró Laura, que también se había acercado, junto a Quincoces, Raquel Niebla y Bermejo.

La jefa de policía ayudó al árbitro a levantarse.

—¿Estás bien? —le preguntó.

—Sí, sí, me encuentro muy bien —dijo, dando un trago a la botella.

Apenas terminó de contestar, las piernas le temblaron.

—Bueno, tal vez sigo un poco flojo —reconoció, un poco mareado.

—No te preocupes, muchacho —intervino Quincoces—. Ahora mismo te llevamos a que te vea un médico.

—Yo le acompaño, sin problemas —dijo Bermejo.

—No quiero parecer insensible —intervino Raquel Niebla—, pero como presidenta de la Liga, tengo la obligación de preguntar: ¿qué hacemos con el córner? ¿Se acabó el partido? ¿Ha ganado el Soto Alto?

Se hizo el silencio.

Todos observamos al árbitro, que continuaba un poco aturdido.

—Yo no he visto nada —dijo—. Cuando estaban a punto de sacar el córner, la vista se me nubló y ya no recuerdo más.

—¡Hay que repetir el córner! —soltó la Cefalópoda.

—¡Eso, hay que repetirlo! —gritó mi hermano desde la banda.

—¡Víctor, que está en juego la Liga! —bramó mi madre—. ¡El gol es válido, lo hemos visto todos!

Y otra vez se lio una buena, con gritos de uno y otro bando.

—Yo creía que lo había visto todo en la vida —dijo Ramírez—, pero esto es insuperable, ja, ja, ja…

No había forma de ponerse de acuerdo.

La presidenta de la Liga exclamó:

—¡Por favor, un poco de atención! ¡Visto lo visto, haré una convocatoria hoy mismo para que se vuelva a reunir el Comité de Disciplina de la Liga y analicemos la situación!

—¿Otra vez? —suspiró Laura—. La fatiga que me está dando este córner…

Hubo murmullos.

Si se volvía a reunir el comité, tendríamos que empezar otra vez desde el principio.

Miré a Helena.

A lo mejor fue una mala idea, pero debía decir lo que estaba pensando.

Levanté la mano.

—Perdón, sé que esto que voy a decir no va a gustar a todos —afirmé—. Si el árbitro no ha visto nada, lo lógico es que se repita el córner.

—¿¡Qué!? ¡Pero no digas eso, alelado! —exclamó Toni.

—Eso va en nuestra contra, Pakete —dijo Camuñas.

—Lo sé, pero es lo más justo, según el reglamento —defendí.

La Apisonadora de Leipzig, que había permanecido aparte hasta ahora, abrió la boca y dijo:

—Niño Pakete hablar verdad. Soto Alto marcar gol. Pero normas fútbol decir que si árbitro no ver, entonces repetir jugada.

—Qué bien hablas, Frida —aseguró Murillo, embelesado.

Ella continuó:

—Esta semana pasar muchas cosas feas. Invasión campo. Adultos portarse muy mal. Niños dar ejemplo a nosotros. Pakete yo dar gracias, tú lección de deportividad. Tú mucho valiente.

—Cómo no voy a estar enamorado de esta mujer —insistió Murillo.

Frida me estrechó la mano delante de todos.

—Da igual cómo acabar todo, yo felicitar a ti —me dijo.

—Muchas gracias, señora Frida —contesté, un poco avergonzado.

—Si es que mi pequeñín vale mucho —añadió mi madre.

Ahí ya me puse rojo del todo.

—No sé si será el último partido de la historia de Soto Alto, pero va a ser inolvidable —asintió Anita.

—Vaya equipo, os quiero mucho —dijo Felipe.

—Y nosotros también, entrenador —respondió Helena.

—Al final volvemos a llorar, si ya lo estoy viendo —dijo Ocho.

—Yo ya llevo un rato —murmuró Angustias, enjuagándose las lágrimas.

—Ay, Juana, qué suerte tenemos de vivir estas cosas —señaló mi padre desde la banda.

—Que sí, Emilio, no te pongas tú también sensible —replicó mi madre.

Álvaro Quincoces, Laura Doreal y Raquel Niebla hicieron un corrillo y murmuraron entre ellos.

La presidenta de la Liga sentenció:

—¡Hemos decidido que se repita el córner! ¡Ahora mismo!

Hubo gritos a favor y en contra. También algunos aplausos.

—¡Vamos, Catán! ¡No somos un equipo, somos un titán! —exclamó la Cefalópoda.

—¡Sobre todo tú! —le dijo Víctor, haciendo el gesto de un corazón con las manos.

—Hala, vamos al córner —sentenció Quincoces.

—Si no queda más remedio, tendré que marcar otro golazo —resopló Toni.

—¡Claro que sí, cariño! —exclamó Antonio Pernía—. ¡Eres el mejor! ¡Te lo mereces todo! ¡Te va a fichar un equipazo y ganarás todos los títulos y trofeos que te propongas!

—Deja de hablar así al niño, Antonio —le pidió Esteban—. Aprende la lección, ¿no te das cuenta de que le obsesionas con el triunfo, que presionas al chaval?

—Mucha cuenta no me doy —admitió el padre de Toni, sudando.

Agarré el balón y me dirigí a la esquina.

Podíamos conseguirlo… otra vez.

—¡Yo arbitraré el córner! —explicó Quincoces, sacando el silbato que siempre llevaba consigo—. Llevaos al muchacho al hospital.

—Ahora iré. Aunque esté flojo, yo esto no me lo pierdo —dijo el árbitro, tomando asiento a la sombra, bajo el toldo.

—Eso, mejor vamos después del lanzamiento —confirmó Bermejo.

—¡Mucha emoción! ¡Viva Soto Alto! —gritó Radu.

Todo el mundo ocupó su posición.

Los adultos en la banda o bajo el toldo.

Los jugadores del Catán encerrados para defender.

La Cefalópoda bajo la portería, moviendo sus brazos.

Mis compañeros preparados para el remate.

Quincoces al borde del área, atento.

Y yo, junto al banderín del córner, el lugar que todos observaban.

—¡Árbitro, cambio! Spielwechsel! —exclamó Frida.

Cuatro jugadores del Catán se dirigieron al banquillo y otros tantos saltaron al campo.

Tenían un montón de suplentes.

Y todos eran enormes.

Al ver aquello, Alicia dijo:

—Árbitro, nosotros también: ¡Cambio!

—¿Ah, sí? —preguntó Felipe, desconcertado.

—No vamos a ser menos. ¡Anita, Ocho, entráis! —ordenó Alicia, improvisando—. Y… o sea… ¡Angustias y Camuñas, salís!

—¡Pero yo estaba preparado para hacer historia! —protestó Camuñas.

—Ah, pues yo no —dijo Angustias, aliviado.

Anita y Ocho entraron al terreno de juego, dispuestos a intentarlo.

Ahora sí, nos preparamos para el córner.

En pocos segundos, sabríamos si habíamos ganado la Liga. O si nos despedíamos de la temporada y del equipo con un empate que no servía para nada.

Nos jugábamos mucho.

Ellos también.

Quincoces hizo un gesto a la Cefalópoda y otro a mí. Ambos respondimos levantando el dedo pulgar.

—Venga, por fin —dijo Quincoces—. Ya no hay más cambios ni más nada. Preparados y…

Cuando estaba a punto de sonar el silbato, me ocurrió algo.

Vi a mis padres, impacientes, nerviosos.

A su lado, los padres de mis compañeros.

Eran los mismos que habían invadido el campo. Los mismos que habían gritado al árbitro.

Allí estaban, como si nada.

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—¡No puedo tirar el córner! —estallé.

Ramírez dio un brinco.

—¡Sois la bomba, esto no para nunca, ja, ja, ja! —dijo.

—¿¡Qué pasa ahora!? —preguntó Quincoces.

—Pasa que aún no han pedido disculpas —contesté.

—¿¡Quiénes!? —insistió Quincoces, desesperado.

—Pues los adultos que invadieron el campo y persiguieron al árbitro —recordé—. Llevamos toda la semana esperando que se disculpen en público, es lo mínimo.

—Estuvo feo, pero eso es agua pasada —intercedió Quincoces—. Ya se ha puesto una sanción al club, asunto solucionado.

—Vaya sanción, el córner a puerta cerrada, y encima muchos están aquí otra vez —intervino Helena—. Pakete tiene razón: ¡Deberían pedir perdón! ¡Ahora!

—Necesito saberlo, nunca me lo habéis dicho —insistí—. Papá, mamá, ¿¡vosotros también invadisteis el campo!? ¿¡Sí o no!?

Mis padres se miraron sorprendidos.

—A ver, Francisco, si quieres luego lo hablamos en casa tranquilamente —dijo mi padre.

—¡Lo hablamos ahora, aquí mismo, donde ocurrió todo! —zanjé.

Ellos dos se miraron y tras unos segundos, mi madre dijo:

—Venga, vale, sí, ¡tu padre y yo también invadimos el campo! —admitió mi madre—. Nos dejamos llevar por el momento.

—Fue casi sin darnos cuenta —añadió mi padre.

—Qué fuerte —dije—. Hala, pues hasta que no pidáis perdón en público, no hay córner.

Me senté sobre el césped.

—Lo mismo digo —aseguró Helena, y ella también se sentó.

—En este asunto estoy de acuerdo con el Soto Alto —dijo la Cefalópoda.

Olga también se sentó sobre el césped y se cruzó de brazos.

Los demás jugadores del Catán la imitaron.

—Los adultos son lo peor —murmuró el Cazador, sentándose en señal de protesta.

Marilyn, Tomeo y el resto de mis compañeros secundaron la sentada.

Los catorce jugadores titulares y todos los suplentes nos quedamos sentados y con los brazos cruzados.

—Emilio, Juana, disculpaos, qué os cuesta —propuso Laura.

—¿Cómo tienes tanto morro? —rebatió mi madre—. ¡Si tú también invadiste el campo!

—Yo como alcaldesa seguí al pueblo, nada más —se excusó Laura.

—El que encabezaba la invasión era Antonio Pernía, me acuerdo perfectamente —dijo Quique, el padre de Camuñas—. Y luego robaste la Copa. Tú deberías ser el primero en pedir perdón.

—Esto es el colmo, me ponen una multa y ahora encima me acusáis de ser el cabecilla de la invasión —protestó Pernía—. Quique y Genaro, confesad, fuisteis los primeros en saltar…

—Yo el primero no fui, que conste —sostuvo Genaro—. Mi mujer y yo invadimos un poquito el campo para apoyar a nuestro hijo, pero siempre en segunda fila.

—O en tercera —matizó la madre de Tomeo.

Unos empezaron a echarse la culpa a otros.

Incluso al propio Esteban, que siempre parecía tan serio y correcto.

Por lo que se ve, allí todos habían invadido el campo.

—¡Está bien! ¡Está bien! Acabemos con esto de una vez —propuso mi madre—. Yo pido perdón públicamente por invadir el campo y perseguir al árbitro. Me arrepiento. Y no volveré a hacerlo nunca más.

—Yo lo mismo que Juana, también pido perdón —dijo mi padre.

—Venga, sí, perdón —dijo Pernía, a regañadientes.

—Claro, pedimos perdón, estamos muy arrepentidos —añadió Laura—. Aunque yo solo lo hice por el pueblo.

—Eso, perdón —dijo Marimar.

Todos los adultos que habían estado el domingo anterior en el partido pidieron perdón uno a uno, excepto los entrenadores y Radu.

—A mí no mirar, yo no invadir campo —explicó él.

—Sabía que Radu no haría nunca algo así —dijo Ocho.

—Yo tampoco, eh, que la policía siempre está del lado del orden y la justicia —recordó Bermejo.

—Pues hala, ya está, nos hemos disculpado todos —sonrió mi madre—. Venga, vamos al córner.

—¡No! —respondí.

—¿¡Cómo que no!? —bramó mi madre—. Si ya hemos pedido perdón en público, como tú querías.

—¡No os habéis disculpado de corazón! —aseguré—. ¡Solo lo decís por quedar bien y para que tiremos el córner!

—Exacto, no lo habéis dicho de verdad —añadió Helena—. Además, es injusto: a nosotros nos castigan sin equipo, y vosotros invadís el campo, perseguís al árbitro, y ya está, una disculpa y olvidado,

—Qué cabezotas son estos niños —resopló Laura.

—¡Tienen toda la razón! —intervino Alicia—. Les habéis puesto un castigo en tres fases que no te menees, y vosotros os vais tan tranquilos cuando lo que habéis hecho es mucho peor.

—Peor tampoco… —trató de excusarse Laura.

—¡Ellos se han escapado de noche y han robado una copa, muy mal! —le cortó nuestra entrenadora, que estaba lanzada—. ¡Pero los adultos habéis sido incívicos, habéis gritado e insultado a una persona que solo hacía su trabajo, habéis invadido el campo dos veces! ¡Os merecéis un castigo mucho peor que ellos!

Alicia y Felipe se sentaron de brazos cruzados en el césped.

—¡Yo de acuerdo con entrenadora Soto Alto y con niños! —dijo Frida.

La Apisonadora de Leipzig dio un paso y también se sentó en el suelo.

—Estoy muy perdido —dijo Pernía—. Si ya hemos pedido perdón, ¿qué más podemos hacer?

—Pedir perdón de corazón —repetí.

—Y poneos un castigo a la altura de lo que habéis hecho —propuso Anita.

—¡Buenísima idea! ¡Ya te digo! —aplaudimos todos.

Mi padre levantó los brazos y exclamó:

—Creo que hablo en nombre de todos si digo que estamos arrepentidos de verdad. Fue intolerable invadir el campo en un partido infantil. Deberíamos dar ejemplo. Pido perdón y prometo que jamás volverá a ocurrir.

Los adultos se fueron sumando a las palabras de mi padre.

—Disculpad… lo sentimos de corazón… por favor, perdonadnos… estamos arrepentidos…

—¿Y el castigo? —preguntó Avelina Ramírez—. Perdón que me meta donde no me llaman, pero es que… falta el castigo, ¿no?

La taladraron con la mirada y ella se encogió de hombros.

—Vamos, Juana, la especialista en castigos eres tú —propuso Esteban—. Ponnos un castigo justo y proporcionado.

Mi madre asintió y dijo:

—Muy bien, lo habéis querido. Pongo un castigo en tres fases a todos los que invadimos el campo. Primera fase: ¡limpiar y regar las calles del pueblo todos los domingos de este verano!

—Uf, con el calorazo que va a hacer —suspiró Laura.

—Segunda fase —prosiguió mi madre—: Prohibida la entrada a cualquier recinto deportivo… durante un año.

—Ahí le has dado, Juana —dijo mi padre—. Aunque, a lo mejor, te has pasado un poquito.

—Ya te digo —se lamentó Genaro.

—Dejadme terminar —continuó mi madre—. Y tercera y última fase: en caso de que el equipo se clasifique para el TIRIRÍ… ¡Viajarán al Caribe con los niños los entrenadores y Radu, ningún adulto de los que invadimos el campo!

—¡El Caribe no! —suplicó Quique.

—¡Me has matado, Juana, si ya estaba yo con la operación bikini! —dijo Pernía.

—¡A lo mejor lo puedes reconsiderar! —pidió Laura.

—Más me duele a mí, pero es un castigo justo y proporcionado, he dicho —concluyó mi madre.

—¡Siempre había querido conocer la Ribera Maya! —aplaudió Radu.

Mi padre miró a mi madre con orgullo.

—Eres una gran mujer, Juana —le dijo con un brillo en los ojos—. No hay nadie mejor que tú para poner castigos, te quiero.

—Y yo, Emilio, yo también te quiero, anda, no te pongas tontorrón —respondió ella.

La verdad es que mi madre me había sorprendido.

—Han reconocido en público el daño hecho, se han disculpado y se han arrepentido —resumió Quincoces—. Además, tienen su castigo… y vaya castigo. ¿Tiramos el córner, por lo que más queráis?

Todos me miraron a mí.

Me puse en pie.

Y dije:

—¡Tiramos el córner!

Se oyeron aplausos y gritos de ánimo.

—¡Vamos, Soto Alto!

—¡Ahora sí que sí!

—¡Catán, Catán, Catán!

—Acabemos de una vez, que me va a dar algo —pidió Angustias.

Nos colocamos de nuevo.

Pasé la bota por el balón y levanté el dedo pulgar.

La Cefalópoda también levantó su pulgar.

Estábamos listos.

Esta vez, nada podría impedir que se lanzara el córner más largo del mundo.

En la banda, todos estaban de pie, atentos, con la respiración contenida.

Mis compañeros buscaban desmarcarse dentro del área.

Los defensas del Catán cubrían de cerca a los delanteros.

Quincoces levantó la mano.

—¡Píííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííí!

Di unos pasos atrás.

Tomé impulso.

Y por fin…

¡Golpeé el balón!

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