Los Futbolísimos - El misterio del córner más largo del mundo - Capítulo 16
El misterio del córner más largo del mundo

—¡Yo sé dónde escondió la Copa! —dijo mi padre.
—Hombre, Emilio, no le interrumpas —pidió Bermejo—. Que ya estaba a punto de confesarlo.
—Acabáis de ver a mi hijo resolver el caso —insistió mi padre—. Lo ha aprendido todo de mí. Y ahora os lo voy a demostrar: no hace falta que digas dónde la escondiste, Antonio, ¡lo sé porque soy un detective con un gran poder de observación!
—Pues fenomenal —dijo Antonio Pernía.
Todos contemplamos a mi padre, que levantó los brazos teatralmente.
—Aprovechando que el helicóptero captó la atención de todo el mundo, Antonio robó la Copa y la escondió en el lugar que tenía más a mano —dijo.
—Venga, Emilio, que eso ya lo sabemos —replicó mi madre.
—Voy, Juana, ya voy —siguió él—. Y ese sitio es… ¡Tachán! ¡Los contenedores de basura! ¡Muy hábil, eh, nadie buscaría un trofeo en la basura, je, je!
Mi padre dio un salto y abrió un contenedor.
Después otro.
Y, por último, el tercero.
Pero… nada.
—No la escondí ahí —dijo Pernía.
—Ya lo veo, los contenedores están vacíos, ejem —admitió mi padre—. Ya lo sé, ya lo sé, claro, es evidente, cómo no lo había pensado antes… ¡Ya sé dónde escondiste la Copa, bribón!
Dio unos brincos ante la atenta mirada de los presentes y…
—¡Tachán! ¡La papelera del patio! —anunció.
Mi padre metió las manos en una de las papeleras y revolvió el interior. Salieron volando restos de comida, latas, cáscaras de plátano… pero ni rastro de la Copa.
—Hay que impartir un curso urgente de reciclado en el colegio —musitó Esteban.
—En esta no hay nada, pero… ¡ajá! ¡En la otra papelera seguro que sí! —insistió mi padre, y empezó a revolver una papelera un poco más alejada.
—Al final Radu recoger todo, siempre igual —comentó Radu, viendo cómo mi padre lo ponía todo perdido de basura.
—Déjalo, Emilio, te aseguro que no la escondí en ninguna papelera —reconoció Pernía.
—¿Ah, no? Bueno, a la tercera va la vencida —dijo mi padre, rascándose la cabeza—. ¡Ya está! ¡Salta a la vista! ¡Por favor, está clarísimo!
—Tu padre es muy gracioso —me dijo Tomeo.
—Es un poco ridículo —comenté.
—Patético —soltó Toni.
—Oye, no te pases —repliqué—. Con mi padre me meto yo, nadie más.
—A mí me parece muy tierno —dijo Ocho—. Quiere demostrar delante de ti y de todos que por algo es el detective del pueblo.
—No da una —sonrió Camuñas.
—Qué lástima, me está dando un poco de angustia —dijo Angustias.
—A ti todo te da angustia —recordó Marilyn.
—Deberíamos ayudarle —propuso Helena.
—Déjale, yo creo que si intervenimos nosotros se sentirá peor —advirtió Anita.
Mi padre se lanzó hacia el atril y lo agarró con ambas manos.
—El último sitio donde nadie buscaría la Copa robada —explicó—. ¡Debajo del propio atril! ¡Tachán!
Levantó el atril en volandas.
Debajo…
No había nada.
—¿Este show lo hace siempre? ¡Me encanta! —aseguró Ramírez, aplaudiendo.
Mi padre se quedó muy decepcionado.
—Cómo pesa el atril… Creo que me ha dado lumbago —dijo, bajándolo y llevándose la mano a un costado.
—Anda, Emilio, que al final te lesionas a lo bobo —suspiró mi madre, ayudándole.
—Ya no puedo más —intervino Antonio Pernía—. Escondí la Copa en el sitio donde siempre debió estar.
Dio unos pasos hacia los bancos de madera que estaban frente al campo de fútbol.
Y cogió una gran mochila azul.
—¡Dentro de la mochila de mi hijo Toni! —anunció.
Por fin, Antonio Pernía abrió la cremallera y sacó la Copa a la vista de todos.
Allí estaba, reluciente bajo el sol.
—Lo siento muchísimo, hijo mío —dijo Pernía—. No debí robarla. Perdóname. Tú y todos.
Raquel Niebla y Álvaro Quincoces se acercaron a recoger la Copa y la devolvieron a su lugar.
—Ya te vale, Antonio —dijo Laura—. Nos has hecho pasar un sofoco horrible a todos para nada.
—Recibirás mañana la multa —le informó Bermejo—. Tienes un plazo de siete días hábiles para pagarla.
—¿Puedo recurrir? —preguntó Pernía.
—¡Ni se te ocurra, o será peor! ¡Te lo advierto! —le señaló Bermejo.
—Bien está lo que bien acaba —dijo el árbitro—. Por lo que más queráis… ¿¡podemos lanzar de una vez el córner!?
Absolutamente todos nos miramos. Entrenadores, jugadores del Soto Alto y del Catán, miembros del comité, padres y madres…
Y todos a una respondimos:
—¡¡¡Síííííííííííííííííííííííííííííí!!! ¡¡¡Al córner!!!
Alicia y Felipe nos hicieron gestos y nos encaminamos al césped.
—¡Vamos, equipo! ¡Ha llegado el momento! —exclamó el entrenador.
—¡Sin presión! —dijo Alicia—. ¡Pero sin relajación! ¡Todos muy concentrados!
Los seguimos con la mirada puesta en la portería, donde ya se estaban preparando la Cefalópoda y los defensas del Catán.
Mi hermano Víctor saludó a la portera desde la banda.
—Mamá, déjame que me quede a ver el córner, por favor te lo pido —suplicó.
—Eso no es cosa mía —contestó mi madre—. Se supone que el lanzamiento es a puerta cerrada.
—Por uno más o menos no pasa nada —Quincoces se encogió de hombros.
—Hasta ahora no me interesaba el fútbol —dijo Víctor—, pero ahora soy muy fan.
—Presidente Murillo, tome asiento a la sombra, al fin se va a lanzar el córner —indicó Raquel Niebla.
Para las autoridades, habían colocado un improvisado toldo con unas sillas junto a los banquillos.
—Yo ya he perdido la ilusión por el córner y por todo en general —suspiró Murillo, mirando desde lejos a Frida.
Ignorando a Murillo, la Apisonadora de Leipzig daba las últimas instrucciones a su equipo en el campo.
Movía muchos las manos.
Todos los jugadores asentían, muy atentos.
Cuando la entrenadora acabó, el Cazador gritó:
—¡Catán, Catán, Catán!
Y los demás respondieron al unísono:
—¡No somos un equipo, somos un titán!
Por si no había quedado claro, todos volvieron a corear a pleno pulmón:
—¡¡¡Catán, Catán, Catán!!! ¡¡¡No somos un equipo, somos un titán!!!
Los observamos un poco atemorizados.
—Deberíamos rendirnos y ahorrarnos más sufrimiento —murmuró Angustias—, el Recreativo Catán no ha perdido un partido en dos años.
—Alguna tendrá que ser la primera vez —dijo Marilyn—, no demos las cosas por hecho.
—Exacto, que todos dais por hecho que lo entendéis cuando lo gritan, pero yo lo de «titán» no sé muy bien qué significa —apuntó Tomeo.
—Yo tampoco, pero suena bien y asusta —reconoció Ocho.
—Titán es una persona con una fuerza excepcional —explicó Anita—, viene de la mitología griega.
—¿Siempre lo sabes todo, empollona? —preguntó Toni.
—Creo que sí, ignorante —sonrió Anita.
—Yo digo que podemos lograrlo —intervino Helena—. No es fácil, pero en cincuenta segundos podemos marcar un gol.
—Entrenadores, ¿subo yo también al remate? —preguntó Camuñas.
Alicia y Felipe se miraron, estaba claro que no lo habían pensado.
—Sí, o sea… yo creo que sí, ya no tenemos nada que perder —contestó Felipe.
—Pues claro que subes —decidió Alicia—. El objetivo es meter un gol. Si nos pillan al contragolpe y marcan ellos, mala suerte. Nos da igual empatar que perder. ¡Solo nos vale la victoria para ser campeones!
—¡Solo nos vale la victoria para ser campeones! —repitió Camuñas, levantando los puños—. ¿¡Os imagináis que ganamos la Liga con un gol del portero, o sea, mío!?
—No te vengas arriba tampoco —dijo Alicia—. Recordad: ¡Somos un equipo! ¡Eso es lo más importante!
—Ay, seguramente hoy se acabará el equipo —recordó Angustias—. La tercera fase del castigo es la peor con diferencia.
—No penséis en eso ahora —insistió Alicia.
—¿Cómo no vamos a pensar en eso? —dijo Ocho—. Es horrible: el Soto Alto se puede acabar, meterán a otros jugadores, nosotros ya no jugaremos juntos… ¡Ay, ay, ay!
—¡Si va a ser el último partido del Soto Alto, acabemos por todo lo alto! —bramó Felipe.
—Has dicho «alto» dos veces —señaló Anita.
—Lo he hecho aposta —replicó Felipe—. ¡Acabemos el Soto Alto en lo más alto porque somos muy… altos!

Le miramos sin saber cómo reaccionar.
—Entendemos la idea, Felipe, pero suena un poco raro —dijo Marilyn.
—Además, alto yo no soy —dijo Ocho.
—Los del Catán son mucho más altos y fuertes —indicó Tomeo.
—No os quedéis con la palabra en sí, me refiero al concepto —dijo Felipe—. ¡Vamos, equipo, altos y bajos, somos el Soto Alto!
—Eso sí —musitó Ocho—. ¡Vamos!
—Pakete, espera cinco segundos desde que pite el árbitro antes de sacar el córner —dijo Alicia—. Los demás, desmarcaos durante esos segundos, cambiad vuestras posiciones. ¡Querer ganar, saber perder!
—¡Querer ganar, saber perder! —repetimos todos.
El árbitro nos hizo gestos para que nos colocásemos.
—¡Jugadores, a sus posiciones! —señaló—. ¡Los demás, fuera del terreno de juego!
Los padres y madres que habían venido con la comitiva se agolparon junto a la banda.
Murillo, Raquel Niebla, Quincoces, Ramírez y Laura tomaron asiento bajo el toldo.
Las gradas estaban vacías.
Apenas unas veinte personas observaban el final del partido.
—Pase lo que pase, no se os ocurra protestar ni invadir el campo —avisó Anita.
—No te preocupes, cariño —respondió Laura—. Somos muy pocos, una invasión solo tiene gracia cuando somos cientos.
—Eso y que hemos aprendido la lección: no se invade un campo, está muy feo —matizó mi madre.
—Eso también, claro, claro —dijo Laura.
Dejé la pelota en el córner y la pisé con la bota.
Helena pasó a mi lado y murmuró:
—Por si acaso es nuestro último partido, quiero decirte que me ha encantado jugar contigo.
—A mí también —resoplé.
Me estaba emocionando.
—Es mi momento favorito —añadí—. Siempre esperaba que llegasen los partidos para estar juntos.
Ella asintió.
Y una gran sonrisa apareció en su rostro.
—Vamos a meter gol y ganar la Liga, ¿sabes por qué? —dijo Helena.
—Pues… porque es nuestro último partido… y porque nos lo merecemos… y también porque somos los Futbolísimos… —respondí.
—Por todo eso —afirmó Helena—. Pero además porque eres el mejor lanzador de córners del mundo.
Me puse un poco rojo.
Tragué saliva y asentí, convencido. Podíamos conseguirlo.
—¡Dejaos de cuchicheos y vamos al córner de una vez, matados! —gritó el Cazador.
—No son cuchicheos, estamos ultimando una táctica secreta —rebatió Helena—. ¡Vamos a marcar seguro!
—¡Ni en sueños! —dijo el Cazador.
—¡No tenéis ninguna posibilidad! —exclamó la Cefalópoda—. ¡Somos mucho mejores! ¡Somos el Catán!
—¡Olga, tú sí que eres un titán! ¡Brava! —aplaudió mi hermano.
—¡Víctor! —protestó mi madre—. Ni se te ocurra apoyar al Catán, tú con el pueblo y con tu hermano.
—Déjale, mujer, si es que el amor lo mueve todo —dijo mi padre, agarrado a la barra metálica en la banda, doblado—. Ay, cómo me duele el lumbago…
—¡Silencio todos! —ordenó el árbitro, pasando una mano por la coleta.
Estaba sudando. Se le veía un poco nervioso. Normal, después de toda la semana esperando, por fin había llegado el momento.
Todo estaba preparado.
El sol brillaba en lo alto.
Los dos equipos permanecíamos muy atentos.
El Catán para despejar el balón.
Y el Soto Alto para rematar.
En unos instantes, se decidiría todo.
Toni, Helena, Tomeo y Angustias estaban dentro del área.
Marilyn y Camuñas se encontraban al borde del área, esperando un rechace.
El árbitro miró a la Cefalópoda, que levantó el pulgar.
Luego me miró a mí, yo también levanté el dedo pulgar.
Estábamos listos.
Y por fin…
—¡Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!
Di tres pasos atrás para tomar impulso.
Conté en silencio hasta cinco, como me había dicho Alicia.
Uno… dos… tres…
Vi a mis compañeros intentando desmarcarse, perseguidos por los defensas del Catán.
Cuatro… y… ¡cinco!
Avancé hacia la pelota con decisión.
Y la golpeé con el pie derecho.
El balón salió disparado hacia el área, haciendo una rosca perfecta.
Voló justo al punto de penalti.
—¡Balón fuera! ¡Ya! —gritó Frida.
—¡Rematad, Soto Alto! —replicó Alicia.
El Cazador dio un tremendo salto para despejar… pero solo pudo rozar el balón con la cabeza.
La pelota siguió cayendo.
Nadie la alcanzó.
Ni los defensas, ni los delanteros.
—¡No puedo verlo! ¡Me va a dar algo! —dijo mi padre, tapándose los ojos.
—¡No seas flojo, Emilio! —gritó mi madre—. ¡Que alguien remate, por Dios!
El balón rebotó en el césped y salió disparado hacia arriba de nuevo.
—¡Míííííííííííííííaaaaaaaaaaaa! —gritó la Cefalópoda, volando con las manos por delante.
Y cuando estaba a punto de atrapar la pelota…
¡Angustias se puso en medio y le dio con la cabeza!
—Perdón, ha sido sin querer —se excusó.
—¡Bien hecho! —gritó Alicia.
—¡Balón fuera! —repitió Frida, desesperada.
La pelota se paseó por el área y…
¡CATACLONCK!
Chocó en el larguero.
—¡Uuuuuuuuuuuuuuuuuuuuyyyyyyyyyyyyyyyyyyy!
—Anda que si llega a marcar Angustias, yo es que me parto —señaló Laura.
—Esto no es el córner más largo del mundo —dijo Ramírez—. ¡Es el córner más emocionante del mundo!
La Cefalópoda estaba tirada sobre el césped, la portería había quedado vacía.
Tras botar en el larguero, el Cazador y Toni se lanzaron a por el balón.
Ambos corrieron, se metieron el codo el uno al otro y… y…. y…
¡Toni se adelantó unos centímetros!
¡Y remató con la rodilla! ¡A puerta vacía!
La pelota salió disparada y…
¡Entró en la portería!
—¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL!
—¡¡¡Toni, hijo mío, te quiero, si es que eres el mejor!!! —gritó Antonio Pernía.
—¡Golazo de todo el equipo! ¡Goooooooooooooooooool! —celebró mi madre.
—¡Árbitro, ha sido falta! —protestó el Cazador—. ¡Me ha empujado con el codo! ¿¡Árbitro!?
Pero el árbitro no podía responder, porque…
¡Estaba tirado en el suelo!
—¡Se ha desmayado! —exclamó Marilyn—. ¡Será por el calor! ¡O por los nervios! ¡O por todo!
—Si el árbitro no ha visto la jugada… ¡hay que repetir el córner! —gritó la Cefalópoda.
—¿¡QUÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉEÉÉÉÉÉÉ!?
