Los Futbolísimos

Los Futbolísimos - El misterio del córner más largo del mundo - Capítulo 15

El misterio del córner más largo del mundo

Futbolísimos vol5 cap15
As.com
Redacción Diario As
Actualizado a

—¡Olga! ¡Mi Cefalópoda! ¡Te echo de menos!

Mi hermano entró en el colegio y cruzó el patio corriendo.

De inmediato, la Cefalópoda salió disparada de la fila y fue a su encuentro.

Ambos corrían el uno hacia el otro.

Víctor pasó junto a los contenedores del patio, sorteó las canastas de baloncesto y siguió adelante.

La Cefalópoda dejó atrás el atril, saltó por encima de los bancos con las mochilas y continuó a la carrera.

Hasta que se encontraron en medio del patio.

Engancharon sus manos y allí, a pleno sol y delante de todos… ¡Se dieron un beso!

Uno de esos besos en la boca que se dan en las películas.

Puaaajjjjjjjj.

Por lo visto, a la gente le encantó.

—¡Oooooooooooooooooh! ¡Qué bonito! ¡Viva el amor! —exclamaron unos y otros.

Casi todos aplaudieron el gesto.

—¡He oído que la policía os había retenido en el colegio! —dijo Víctor—. ¡Estaba sufriendo por ti!

—¡Yo también te echaba de menos! —contestó la Cefalópoda.

Ambos se miraban fijamente, atontados.

—¿Qué haces aquí, Víctor? —preguntó mi madre—. ¡Estás castigado!

—Estoy castigado sin móvil —se defendió mi hermano—. Pero nada impide que pueda venir a ver a Olga en persona.

—¡Os recuerdo que no puede entrar la gente hoy en el colegio! —protestó el árbitro—. Es un córner a puerta cerrada, y al final hay más gente que en el Cercanías a hora punta.

—El amor vence todas las barreras —murmuró Víctor.

—Qué profundo eso que has dicho —susurró la Cefalópoda.

—Vaya turrón —dijo Camuñas.

—Pues a mí me ha parecido precioso —admitió Ocho.

—A mí también —suspiró Alfonso Murillo.

—Señoras y señores, ¡vamos al lío, por favor! —bramó Antonia Bermejo—. ¡Estamos a punto de revelar quién ha sido el ladrón de la Copa!

—Pero… ¿lo vas a resolver con la técnica del Cangrejo o con lo que te ha dicho el niño al oído? —preguntó Esteban.

—Bueno, podríamos decir que es una mezcla —respondió Bermejo—. Es la técnica del Cangrejo, pero mejorada.

—Dilo de una vez, Antonia, y nos ahorramos este interrogatorio interminable con el calor que hace —pidió Laura.

—A mí los interrogatorios siempre me han gustado —apuntó mi padre—. Descubres cosas muy interesantes de la gente, aunque no tengan nada que ver con el caso.

—Suéltalo de una vez, Antonia, te lo suplico —dijo Laura.

Bermejo me miró.

Y delante de todos, señaló la cámara de seguridad en la esquina del patio.

—¡Esa cámara ha grabado el robo! —exclamó Bermejo.

Un murmullo de admiración y sorpresa recorrió el lugar.

—Así es, la cámara ha grabado al ladrón llevándose la Copa —confirmé.

—Bien visto, cariño, si es que no se te escapa una —aplaudió mi madre—. ¡Mi hijo es un fenómeno!

—Tampoco es para tanto, la cámara podría haberla visto cualquiera —dijo Quique Camuñas.

—Ya, pero da la casualidad de que la ha visto mi pequeñín, mira tú por dónde —insistió mi madre, orgullosa.

Esteban dio un paso al frente y dijo:

—Debo explicar una cosa sobre esa cámara.

—Como encargado mantenimiento, yo también decir cosa sobre cámara —musitó Radu.

—Ya, ya sé lo que vais a decir —les cortó Bermejo—. Esa cámara está conectada directamente con la comisaría y revisar la grabación llevará varias horas. ¡Lo entiendo perfectamente!

—Pero… —intentó hablar Esteban.

—Nada —volvió a interrumpirle Bermejo—. No hace falta que lo expliquéis. Lo entiendo perfectamente.

En realidad, Esteban y Radu estaban a punto de decir que esa cámara no grababa desde hacía mucho tiempo.

Pero Bermejo no les dejó que lo contaran delante de todos.

Porque, tal y como yo le había dicho, el ladrón seguramente no lo sabía.

En ese momento, el ladrón, fuese quien fuese, debía estar muy nervioso.

Estaría pensando que la cámara lo había pillado.

Miré a todos los presentes.

Intentando adivinar quién se había puesto más nervioso al oír lo de la cámara.

Por un momento, se me ocurrió que tal vez mi hermano y la Cefalópoda habían vuelto a robar la Copa, pero estaban muy tranquilos, cogiditos de la mano. Ellos no eran los culpables.

También se me pasó por la cabeza que Camuñas o incluso Tomeo podrían haberla robado, para protestar por la disolución del Soto Alto. O simplemente por hacer algo que nadie se esperase.

Aunque no creía, la verdad. Cuando hacían algo, enseguida se les notaba.

Igual que a nuestros entrenadores, que seguían en shock con el robo. No podía estar seguro, pero no parecía que Felipe ni Alicia hubieran robado la Copa.

Pasé la vista por los del Catán y su entrenadora.

Parecían cansados de aquella situación, ni se inmutaron con lo de la cámara.

También observé a los dos recién llegados: Murillo y Ramírez. Eso sí que sería la bomba: que uno de ellos hubiera robado la Copa.

Era casi imposible, el robo se había producido mientras aterrizaban en el helicóptero. No les había dado tiempo.

Por la misma razón, descarté a Raquel Niebla, Laura Doreal y Álvaro Quincoces, los otros tres que habían llegado en el helicóptero.

Y al árbitro, que era un chico muy apocado que solo estaba preocupado por el córner. Ni se había acercado al atril, en todo momento había permanecido en el césped. Imposible que fuera él.

Ya solo me quedaban los adultos del pueblo, el grupo de madres y padres.

Bueno, y también Radu y Esteban, claro.

Si ellos dos no se habían puesto nerviosos, a lo mejor era precisamente porque sabían que la cámara no había grabado al ladrón ni había grabado nada.

La verdad es que no creía que fueran ni Radu ni Esteban, no me pegaba, y ambos a su manera eran muy de seguir las normas.

La intuición me decía que el ladrón era alguien que no respetaba las normas.

Mi padre siempre dice que lo más importante para ser un buen detective es la intuición.

Bueno, también dice que hay que observar. Y fijarse en todo. Y entender a las personas. Y estudiar mucho. Y otro montón de cosas.

Pero que lo más importante de todo es… la intuición.

Según él, es algo que se tiene o no se tiene.

Mi intuición en ese momento me decía que el ladrón era uno de los adultos que tenía delante.

Uno de los mismos que habían invadido el campo de fútbol.

Que cuando querían algo, lo hacían. Aunque no estuviera permitido.

Si podían invadir el campo y gritar al árbitro durante un partido infantil, ¿por qué no iban a robar una Copa?

Vale, no tenía pruebas, pero estaba casi seguro de que era uno de ellos.

Los miré con detenimiento.

Eran nuestros padres. Las personas que más nos querían. Y también las que habían invadido el campo de fútbol dos veces.

Quique Camuñas, Genaro, Marimar, Antonio Pernía, Renato y Melinda, mis padres…

—¡Antonia, te suplico que vayas al grano de una vez! —saltó mi madre.

—Eso, que estamos aquí como pasmarotes para nada —añadió Laura—. Y a pleno sol.

—Está bien —aceptó Bermejo—. La cosa es que el robo ha sido grabado. En dos o tres horas tendré la grabación y sabremos quién ha sido. Yo le ofrezco un trato al ladrón: si confiesa ahora y pide perdón, solo le impondré una multa. Si esperamos a ver la grabación, cursaré una denuncia y tendrá que ir a juicio.

Se hizo el silencio.

—¿Qué tiene que ver eso con la técnica del Cangrejo? —preguntó Anita.

—Es una variante, por así decirlo —contestó Bermejo.

—No lo entiendo —insistió Anita—. Si el robo está grabado, se acabó el tema. Ni técnica del Cangrejo ni nada.

Crucé una mirada con Anita para que no siguiera. Si lo hacía, podía destapar que en realidad no había grabación.

Me acerqué de nuevo a Bermejo y le dije otra cosa al oído:

—Perdona, pero será mejor que te des prisa. Tal vez el ladrón puede sospechar que la cámara no ha grabado. Es algo que se ha comentado en el colegio más de una vez.

La jefa de policía asintió. Y se ajustó una vez más la gorra.

Teníamos una posibilidad de pillar al ladrón antes de que se descubriera que esa cámara no grababa.

Era ahora o nunca.

—¡Última oportunidad! —dijo Bermejo—. ¡Que confiese ahora mismo el ladrón o que se prepare para que el peso de la ley caiga sobre él!

Todos se miraban entre sí, pero nadie decía nada.

¿Por qué no confesaba ya?

¿Quizá sabía que no existía ninguna grabación?

—Voy a contar hasta tres y se acabará la posibilidad de confesar —anunció Bermejo—. Si llego al tres, será mucho peor. ¡Ladrón de la Copa, levanta la mano y confiesa ya!

—Madre mía qué incertidumbre —dijo Esteban.

—¡Uno! —empezó Bermejo.

Hubo miradas, suspiros, algún susurro, pero nadie salía.

—Mucho nervio yo —admitió Radu.

—Por lo que más quiera, que confiese ya el ladrón —pidió mi padre.

—Déjalo, Emilio, si no confiesa, peor para él —dijo mi madre.

—¡Dos! —siguió Bermejo.

¿Quién podía haber robado la Copa?

Los Futbolísimos - El misterio del córner más largo del mundo - Capítulo 15

Miré el atril vacío.

Miré el campo de fútbol: la portería, el córner, la grada…

Y me vino una idea muy nítida.

Era solo intuición.

Pero era lo más importante para un detective.

Glups.

—Dos y medio… —continuó Bermejo, que se resistía a llegar al tres—. Y… y…

Dilo, Pakete.

Si no lo haces ahora, tal vez nunca se sabrá.

Puede que el ladrón sepa que la cámara no grababa.

Era el momento de soltarlo.

Me daba mucha vergüenza.

Y no lo sabía al cien por cien.

Pero abrí la boca y dije:

—¡Ha sido Antonio Pernía!

Todos giraron la vista hacia mí.

—¿¡QUÉÉÉÉÉÉÉÉÉ!?

—¿¡Tú qué dices, muchacho!? —exclamó el propio Antonio Pernía—. ¡Yo no he robado nada en mi vida!

—Bueno, Antonio, una vez te cerraron la fábrica por fraude —le dijo Laura.

—Y otra vez perdiste un juicio por no pagar impuestos, que es algo muy feo y se parece mucho a robar —añadió mi padre.

—Y recuerdo también aquel año que te condenaron por robar una patente de patatas fritas a la competencia, que ya te vale —señaló Genaro.

—Está bien, está bien, eso es agua pasada —se excusó Antonio Pernía—. El caso es que yo nunca he robado ninguna Copa ni ningún trofeo, eso sí puedo asegurarlo.

—¡No puedes acusar a mi padre sin pruebas! —me dijo Toni, enfadado.

—Tu padre fue uno de los primeros en saltar al campo cuando la invasión —repliqué—. Fue de los que más gritó al árbitro, y animó a los demás a saltar al césped.

—Suponiendo que eso fuera verdad, ¡no tiene nada que ver! —gritó Antonio Pernía, que estaba indignado.

—Tiene mucho que ver —contesté—. Porque alguien que no respeta las normas cuando no le convienen, se cree que puede coger lo que no es suyo.

—Qué bien habla mi niño —afirmó mi padre.

—Pakete tiene razón —dijo Helena—. Antonio Pernía fue uno de los líderes en la invasión del campo, yo lo vi.

—Toma, y yo —señaló Tomeo.

—Y dale, que ese es otro asunto —se defendió Antonio Pernía.

—La base es la misma: respetar las normas, aunque no te gusten —repetí—. Le has metido en la cabeza a Toni que es el mejor del equipo y que si jugara con otros, tendría un montón de trofeos y de premios.

—Es la pura verdad —dijo Antonio Pernía, convencido.

—Por eso robaste la Copa —volví a decir—. Porque crees que Toni se la merece. Porque no confías en que el Soto Alto gane el partido en el último córner. Y, sobre todo, porque cuando las normas no te gustan… ¡te las saltas!

—¡Ja! ¿Y todo eso cómo lo sabes? —preguntó él, desafiante.

—El niño lo sabe por intuición —contestó mi padre—. Lo más importante para un buen detective. Ah, y porque a Francisco le gustan mucho las personas y se fija en todo. Eso también.

—Vaya pastelón que me estáis contando —rebatió Antonio Pernía—. Ni una prueba has aportado, chaval. ¿Y la Copa? ¿Eh? ¿Dónde he guardado la Copa según tú?

—Esté donde esté la Copa, lo averiguaremos en cuanto revisemos la grabación —apuntó Bermejo—. Espero que no hayas sido tú el ladrón, Antonio Pernía. Te prometo que, si has sido tú, me encargaré personalmente de que acabes en prisión.

Hubo más y más murmullos.

Antonio Pernía cruzó una mirada con su hijo.

—Papá, ¿la has robado tú? —le preguntó Toni.

Él resopló y miró a Bermejo.

—A ver, Antonia, una duda —dijo Antonio Pernía—. Todavía no has llegado a contar hasta tres. Si el ladrón confesara ahora, ¿seguiría en pie la propuesta de dejarlo todo en una multa?

—Hum, supongo que sí —respondió Bermejo.

Rodeado por todos, Antonio Pernía se derrumbó y al fin…

—Vale, que sí, que he robado yo la dichosa Copa. ¡El ladrón soy yo! —estalló—. Tampoco es para tanto, digo yo. Si ya la habían robado antes los críos varias veces, por un robo más…

—Qué fuerte, robar la Copa de los niños —dijo Laura.

—Y delante del presidente de la FIFA y de la presidenta del TIRIRÍ —señaló Raquel Niebla.

—Por mí no se preocupen, yo es que en este pueblo me parto, sois la monda —dijo Avelina Ramírez.

—Precisamente por eso la robé —explicó Antonio Pernía—. Porque durante el aterrizaje del helicóptero, todos os quedasteis alelados mirando, y yo aproveché para coger la dichosa Copa.

—¡Papá! ¡No tenías que robarla! —protestó Toni.

Él miró a su hijo y le dijo:

—Lo he hecho por ti, cariño.

Toni negó con la cabeza.

—No lo has hecho por mí. Lo has hecho por ti.

—Eso no es verdad, yo solo quiero que tengas lo que te mereces —se excusó de nuevo Antonio Pernía.

—¡Tú quieres que sea el mejor y que gane todo! —contestó Toni.

—¿Y tú no?

—Pues a lo mejor no, papá. A lo mejor yo quiero jugar con mis amigos y pasármelo bien, sin más.

—Buah, eso no es… O sea, que eso no sirve… Vamos, que no… —empezó a decir Antonio Pernía.

Y de pronto se quedó callado.

Observando a su hijo.

—¿Lo dices en serio? ¿No quieres ser el mejor? —le dijo, perplejo.

—No lo sé, papá, es la primera vez que me preguntas lo que yo quiero —exclamó Toni.

Nunca había visto a Toni así.

—¿Y si me gusta jugar con estos matados? —dijo, señalándonos—. ¿Y si mi sueño es disfrutar con el equipo y con el fútbol y con mis amigos?

—Qué bonito, Toni —dijo Ocho.

—Sí, muy bonito, pero nos ha llamado matados por la cara —indicó Marilyn.

—¿¡Sabes lo que de verdad quiero, papá!? —gritó Toni—. ¡Que no robes la Copa de la Liga! ¡Y que no insultes al árbitro ni invadas el campo! ¡Y que no hagas fraude con las patatas fritas!

—¡Con las patatas fritas no se juega! —saltó Tomeo.

Antonio Pernía se había quedado mudo.

No sabía cómo reaccionar.

Solo acertó a decir dos palabras:

—Lo siento.

Estaba a punto de derrumbarse.

—Las normas a veces pueden parecer injustas, pero no se las puede saltar uno cuando no le convengan —dijo Alicia—. Si no, sería imposible la convivencia.

—No me des leccioncitas, entrenadora, que bastante hundido estoy —suspiró Antonio Pernía.

—No son lecciones, es la vida misma, tanto si la quieres oír como si no —dijo Alicia, meneando la cabeza.

—Si una norma no te gusta, hay que proponer un cambio —siguió Anita—, no saltártela.

—Exacto, bien dicho —señaló la entrenadora.

—Ya lo he pillado —dijo Pernía.

—Y yo —comentó Tomeo, rascándose la cabeza—. Voy a proponer cambiar la norma de que no se puedan comer bocadillos entre clases.

—Yo cambiaría la norma de entrenar por las tardes —apuntó Felipe—. Con lo bonito que sería entrenar a las siete de la mañana, viendo el amanecer.

—En el amor no hay normas, solo te puedes guiar por el corazón, ay —dijo Murillo.

—Creo que nos estamos desviando del tema —sugirió Laura.

—Cierto, pero es lógico que nos emocionemos todos con la resolución del robo —musitó Bermejo, satisfecha—. ¡La técnica del Cangrejo nunca falla!

Helena me susurró:

—Pero si esto no ha sido técnica del Cangrejo, ha sido por la cámara que tú le has soplado.

—Ya, bueno, pero no se lo digas, que le hace mucha ilusión lo del Cangrejo —me encogí de hombros.

—Perdón —dijo el árbitro, levantando la mano, sudando—. Veo que se ha resuelto el robo, y además hemos aprendido cosas muy valiosas. ¿¡Podemos lanzar ya el córner, por lo que más queráis!?

—Sí, sí, pero antes una última pregunta, Antonio —dijo Bermejo—. ¿Dónde has escondido la Copa?

—Ah, eso —musitó Antonio Pernía—. Total, ya puestos, lo voy a confesar todo...

—Eso confiesa, que está grabado en la cámara, je, je —le interrumpió Esteban sonriendo, y le guiñó un ojo a Bermejo.

—¡Eh! ¿Por qué ha guiñado un ojo? —preguntó Antonio Pernía.

—No, por nada, es un tic que tengo —se excusó Esteban.

—Yo no he visto que me haya guiñado ningún ojo —disimuló Bermejo.

—¡Que sí, que ha dicho que la cámara ha grabado todo… y a continuación ha guiñado un ojo! —insistió Antonio Pernía.

—No nos quedemos en los detalles tampoco —pidió Bermejo—. Vamos, Antonio, suéltalo de una vez y acabemos con esto: ¿dónde has metido la Copa?

—Pues ahora no lo digo —contestó Antonio Pernía, enfurruñado—. Hasta que no me explique el director del colegio por qué sonríe y guiña un ojo.

—Madre mía, qué perra le ha dado con el guiño —dijo Alicia.

—Ha sido sin darme ni cuenta —repitió Esteban.

—¿Qué más dará si ha guiñado el ojo o no? —dijo Bermejo—. ¡Confiesa del todo, Antonio, o cuento hasta tres y se lía gordísima!

—Que no, que aquí hay gato encerrado —dijo Antonio Pernía, cruzándose de brazos.

—¡Ya no puedo más con esta tensión! —soltó Angustias de repente—. Esteban ha sonreído y ha guiñado un ojo porque la cámara del patio no ha grabado nada. ¡Todo el mundo sabe que esa cámara no graba desde hace años!

—¡Ooooooooooooooooooooooooooooh!

—Que a gusto me he quedado, si es que no hay nada mejor que decir la verdad —dijo Angustias.

Durante unos segundos, nos quedamos paralizados.

Antonio Pernía me señaló.

—¡Tú! ¡Tú sabías en todo momento que la cámara no ha grabado! ¡Me habéis engañado! —me acusó.

—Un poco sí —admití—. Para que confesaras el robo.

—Pues hala, ahora retiro la confesión —dijo—. ¡Yo no he robado la Copa! Retiro todo lo que he dicho. He confesado coaccionado por una mentira.

—Será ladrón, pero qué vocabulario tiene: «coaccionado» es una palabra que me encanta —murmuró Anita.

—Antonio, hombre, que todo el mundo ha oído tu confesión —dijo Bermejo—. Di de una vez dónde está la Copa, te pongo la multa y solucionamos el asunto.

—Eso, y tiramos el córner —apuntó el árbitro.

—¡Nada, que no! ¡Que yo no he robado la Copa! —dijo Antonio Pernía, dándose la vuelta y cruzándose de brazos.

Toni se acercó a él.

—Papá, cuéntalo todo y acabemos con esto —le pidió—. Yo no quiero la Copa si no la ganamos en el partido.

Antonio Pernía meneó la cabeza, como si aquello le costara.

—Hijo, perdóname, yo solo… Solo quería hacer lo mejor para ti… Lo siento muchísimo —dijo.

—Lo sé —masculló Toni—. Pero has metido la pata.

Antonio Pernía asintió, sus ojos se enrojecieron.

—Es todo tan emotivo, creo que voy a llorar otra vez —aseguró Ocho.

—Decidido, me vengo a vivir a este pueblo —confirmó Ramírez.

Al fin, Antonio Pernía se giró.

Miró a Bermejo.

—La multa no será muy gorda, ¿no? —preguntó.

—Lo justo para estos casos —respondió ella.

—Está bien —dijo Antonio Pernía—. Robé la Copa. Y la escondí en el primer lugar que vi…

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