Los Futbolísimos

Los Futbolísimos - El misterio del córner más largo del mundo - Capítulo 14

El misterio del córner más largo del mundo

Futbolísimos vol5 cap14
As.com
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Todo el mundo se arremolinó en torno al atril vacío.

—¿A quién se le ocurre robar la copa otra vez? —gritó Esteban—. ¡Esto es una locura, un despropósito!

—¡A plena luz del día! —dijo Bermejo.

—¡Y delante del presidente de la FIFA, qué vergüenza! —añadió Raquel Niebla.

—Y de la presidenta del TIRIRÍ, que también es una persona muy importante —aseguró Quique Camuñas—. A ver si con suerte nos vamos una semanita al Caribe.

Murillo, Ramírez y el resto de la comitiva habían regresado al pie del campo.

Observaban el atril sin la Copa.

—Sepan ustedes que en nuestro pueblo no suceden estas cosas —se excusó Laura—. Como alcaldesa, les aseguro que Sevilla la Chica es un lugar de orden y tranquilidad.

—Menos cuando robaron en el Ayuntamiento —recordó Tomeo—, eso sí que fue gordo.

—O cuando descubrieron el cementerio secreto, qué miedo pasamos —resopló Ocho.

—O cuando apareció aquel tesoro robado a las afueras del pueblo —dijo Anita.

—Vale, vale, cosas han sucedido, como en todas partes —les interrumpió Laura—. Lo que quiero decir es que aquí impera la ley.

—Excepto cuando los ladrones empezaron a robar en varias casas del pueblo —empezó Camuñas otra vez.

—O cuando el Ayuntamiento fue saqueado… —apuntó Marilyn.

—Que sí, que ya ha quedado claro el concepto —zanjó Laura.

Alfonso Murillo parecía muy alicaído.

—No se agobie, presidente, le prometo que encontraremos al ladrón —dijo Bermejo.

Él negó con la cabeza.

—A mí la copa me da igual —aseguró Murillo—. Yo lo que quiero es tener una oportunidad con Frida. Es el amor de mi vida.

—Pues ella no parece muy por la labor —intervino Avelina Ramírez—. ¿Qué le hizo para que esté tan ofendida?

—Yo nada —respondió Murillo—. Bueno, o sea… teníamos planes de boda y yo… yo… la dejé plantada en el altar.

Un enorme «ooooooooooooooooooh» recorrió el lugar.

—Un momento, dejen que me explique —pidió Murillo—. Era muy joven y me iba a presentar a la presidencia de la FIFA, estaba muy agobiado…

—Excusitas —dijo mi madre.

—El caso es que, con el tiempo, ella me perdonó y volvimos a estar juntos —continuó Murillo—. Hasta que un buen día, Frida desapareció sin más. Dejó su trabajo, su vida, su país, y lo que es peor, me dejó a mí.

—Te lo tienes merecido, presidente —soltó Marimar—. Abandonar a una persona en el altar es muy feo.

—Lo sé, me arrepentí y le pedí perdón un millón de veces —repitió Murillo—. Cuando volvimos, yo creía que todo estaba olvidado, pero se ve que no. Ahora no quiere ni hablar conmigo.

—Hay cosas que no se olvidan —dijo mi padre—. Como cuando me echaron de la academia de policía, aunque luego me admitieron de nuevo, eh. Pero dolió.

—O cuando se puso enfermo el gatito de la plaza, Rodolfo, ¿os acordáis?, qué mal momento —dijo Melinda.

—O aquella vez que le eché sal en lugar de azúcar al roscón de Reyes —se lamentó Genaro.

—O cuando nos cambiaron el color de las camisetas a los árbitros —rememoró Quincoces.

—O cuando me cerraron la fábrica de patatas fritas —dijo Antonio Pernía—, qué mal lo pasé.

—Papá, pero eso fue porque habías cometido fraude —le recordó Toni.

—No entremos en detalles —replicó Antonio—. Lo que cuenta es que hay momentos que se te quedan clavados en el corazón para siempre.

Un suspiro general recorrió el colegio.

—¡A ver si nos centramos un poco, por favor os lo pido! —exclamó Bermejo—. ¡Aquí se ha producido un robo! Y como agente del orden os aseguro que encontraré al ladrón, pase lo que pase.

—O ladrones, en plural —matizó Esteban.

El árbitro pasó la mano por su coleta y dijo:

—Perdonen que les moleste. Llevamos una semana esperando para tirar el córner… ¿Vamos al tomate o hay que seguir esperando?

—Jovencito, un poco de respeto cuando hablan los mayores —intervino Quincoces—. Pero vamos, que bien pensado el muchacho tiene razón… ¿procedemos al lanzamiento?

—Hombre, con el robo tan reciente no sé yo —dijo Esteban.

—Ya que han venido las autoridades, que se tire el córner —sugirió Laura—. Y luego ya que se investigue el robo.

—¡Aquí no se lanza ningún córner hasta que aparezca el ladrón! —advirtió Bermejo, calándose la gorra de policía.

—Qué carácter —dijo Ramírez, admirada—. En el Tirirí necesitamos una jefa de seguridad, ¿no querrá usted venirse al Caribe?

—Mujer, yo me debo al pueblo y a la policía municipal —contestó Bermejo, sorprendida—. Pero claro, una oferta así la podría estudiar, ejem.

—Yo también fui policía muchos años —levantó la mano mi padre, ofreciéndose—, por si acaso necesitan alguien más.

—Bueno, ya veremos —dijo Avelina Ramírez.

—Entonces, ¿cuál es el siguiente paso? —preguntó Esteban—. ¿Va a interrogar a los testigos? ¿Buscar alguna pista? ¿Coger huellas dactilares del atril?

—Naaaaaaa, esas cosas son muy aburridas —dijo Bermejo—. Para resolver este misterio, tengo una idea mucho mejor.

—¡Encerrar a todo el mundo en el colegio hasta que el ladrón confiese! —propuso Camuñas.

—¡Llorar muy fuerte hasta que devuelvan la Copa! —dijo Angustias.

—¡Torturar a los sospechosos! —soltó Toni.

—No digáis barbaridades —replicó Bermejo—. Para este tipo de robos, me gusta aplicar la solución del Cangrejo.

Miramos a la policía con mucha atención, sin comprender a qué se refería.

—Suena a una técnica policial muy sofisticada —murmuró Anita.

—No lo había oído en mi vida —reconoció mi padre.

—Es una técnica que aprendí de mi profe de matemáticas cuando iba al cole —explicó Bermejo—. Le llamábamos el Cangrejo porque siempre estaba muy rojo y porque caminaba hacia atrás dando pasitos cortos.

—Igualito que mi abuelo, ja, ja, ja —apuntó Ramírez—. Me encanta esta mujer.

—Un día, mientras el Cangrejo escribía un problema de álgebra en la pizarra, un alumno le tiró una bola de papel y los demás se rieron —contó Bermejo.

—Seguro que fue Ocho, le flipan las bolas de papel —dijo Tomeo.

—¿Cómo voy a ser yo…? Eso debió ocurrir hace muchos años, cuando Bermejo era una niña —comentó Ocho.

—Ah, vale, que me he liado —se disculpó Tomeo.

—El caso es que el Cangrejo preguntó: ¿quién ha sido? —continuó Bermejo—. Se hizo el silencio, nadie respondió. Y entonces dijo: «Muy bien, pues hasta que salga el culpable, todos castigados».

—Otro castigo no, por favor, yo ya no puedo, de verdad —suplicó Angustias.

Bermejo se acercó al atril y exclamó:

—Uno de los presentes se ha llevado la Copa de la Liga, o confiesa, ¡o todos al calabozo!

Un murmullo recorrió el patio del colegio.

—Eso es injusto —protestó Helena.

—A mí ya me da igual todo, lléveme al calabozo, señora policía —dijo Murillo—. Sin amor, la vida no tiene sentido.

—Otro melodramático, igual que Víctor —murmuró mi madre—. Y este ya no es un adolescente.

—¡Vamos, no me cambien de tema! —insistió Bermejo—. Estoy hablando muy en serio: O confiesa ahora mismo el ladrón… ¡O los encierro a todos!

—A ver, Antonia, todos en el calabozo no cabemos —recordó mi padre—. En la comisaría como máximo entran seis detenidos a la vez.

—¡Ya nos apañaremos! —gritó ella—. ¡Última oportunidad! ¡Que confiese ahora el ladrón o será mucho peor! ¡Absolutamente todos pasaréis la noche en el calabozo!

—Yo eso lo veo un poco exagerado, con perdón —dijo la Cefalópoda.

—Mira, estoy de acuerdo con la Celafópoda —afirmó mi padre—. Es un atropello.

—Se dice Cefalópoda, pero puede llamarme Olga —sonrió ella—. Al fin y al cabo, somos un poco familia ya.

—Familia dice —rebatió mi madre—. Pero tú… ¿Desde cuándo eres novia de mi hijo?

—¿¡La Cefalópoda y Víctor son novios!? —exclamó Laura—. Y yo sin enterarme de nada.

—Mamá, hay que ver lo que te gusta un salseo —dijo Anita.

—Víctor y yo llevamos muchísimo juntos… Tres semanas ya —dijo la Cefalópoda.

—Qué bonito es el amor —asintió Ocho.

Los Futbolísimos - El misterio del córner más largo del mundo - Capítulo 14

Apreté la mano, aún tenía guardada la nota que me había dado para Víctor.

—Pues que sepas que este verano, Víctor no va a ir a Benalmádena ni a ningún sitio —zanjó mi madre—. ¡Por haberme mentido con eso del Mosca! ¡Y por haber robado la Copa para regalártela!

—¡O sea que el ladrón ha sido Víctor! —exclamó Esteban.

—Que noooooooooooooooo —dijo mi padre—. Eso fue la otra noche, el robo anterior. Del de hoy no tenemos ni idea.

—¿Y el Mosca quién es? —preguntó Laura.

—No es nadie, se lo inventó Víctor para que le dejaran ir a Benalmádena —explicó Anita.

—Yo ya me he perdido —aseguró Tomeo—. Me estoy mareando.

—No me extraña, todo esto es un lío horrible —dijo Angustias—. Y encima seguimos castigados y el equipo de Soto Alto se acabará hoy. Y todo es un desastre. Y quiero llorar…

—No empecemos con los lloros, por favor, que luego no paramos —pidió Ocho.

—Yo lágrima fácil —dijo Radu.

—Qué pueblo tan pintoresco —dijo Ramírez—. Sois muy graciosos.

—¡Silencio todos! —ordenó Bermejo—. ¡Que confiese de una vez el ladrón! ¡Aviso que esta sí que sí es la última oportunidad!

Por mucho que Antonia Bermejo insistía, nadie confesaba.

—Lo siento, pero tu técnica del Cangrejo no funciona —dijo Marimar—. Por otro lado, no puedes meternos a todos en el calabozo, eso es ilegal.

De nuevo, hubo más murmullos entre los presentes.

—No puede encerrarnos sin más —musitó Genaro.

—Yo voy a llamar a mi abogado, por si acaso —aseguró Antonio Pernía.

—Menos Cangrejo y más profesionalidad —dijo Esteban.

—Vale, vale, me rindo, al menos lo he intentado —dijo Bermejo, desilusionada—. ¿Por qué al Cangrejo le funcionaba y a mí no?

—Porque eran niños y nosotros adultos —dijo mi padre.

—Y lo más importante —añadió mi madre—. Porque el Cangrejo lo decía en serio y tú ibas de farol. No hay nada peor que solucionar las cosas de farol. Si amenazas con hacer algo, tienes que ir en serio. Todos sabíamos que no podías meternos en el calabozo. Por eso no ha confesado el ladrón.

—Qué lástima, creo que llevas razón —admitió Bermejo.

—No te desanimes, mujer —le dijo Ramírez—. La propuesta del Caribe sigue en pie. En el Tirirí nunca hay robos, basta con que pasees por el torneo con tu uniforme.

—Bueno, pues entonces vamos al córner, ¿no? —dijo una vez más el árbitro.

—¡Que no, que no! —interrumpió Bermejo—. Lo he dicho y lo repito: aquí no se lanza ningún córner hasta que se resuelva el robo. Si el Cangrejo no funciona, iré por el sistema clásico.

—¿Los interrogatorios?

—¿Las torturas?

—¿Buscar pistas?

—¿Analizar el lugar del robo?

—Un poco de todo —resumió Bermejo—. Menos las torturas, eso no, claro. Voy a empezar por los interrogatorios. Que se ponga en fila todo el mundo que estaba aquí cuando se produjo el robo. Voy a interrogar uno por uno a todos…

—Pero eso llevará mucho tiempo —se lamentó Laura.

—La ley no tiene prisa —dijo Bermejo.

—Pero yo sí —rebatió Laura—. Como alcaldesa, tengo muchos compromisos y no puedo echar aquí la mañana y…

—¡En fila todos, he dicho! —ordenó Bermejo—. Hala, a empezar el interrogatorio.

—Si ya sabía yo que no íbamos a lanzar el dichoso córner —dijo el árbitro.

—Definitivamente, este es «el córner más largo del mundo», yo es que me parto —dijo Ramírez.

—Por lo menos que alguien vaya a llamar a Frida —pidió Murillo—. A ella también habrá que interrogarla.

—Sí, sí, que venga la Apisonadora también —dijo Bermejo—. Nadie se escapa de mi interrogatorio.

A Alfonso Murillo se le iluminaron los ojos al saber que Frida tendría que volver al colegio.

Unos metros más allá del atril, Bermejo montó un tenderete con una mesa, un taburete y una sombrilla que le trajo Radu.

En mitad del patio, abrió un improvisado puesto de interrogatorio.

La fila era enorme. Entre los jugadores de los dos equipos, el árbitro y los adultos que habían venido en la comitiva, éramos un montón.

Mientras hacíamos cola, Helena me dijo:

—Tú siempre tienes ideas para resolver los misterios, ¿no se te ocurre nada?

—Es que han robado la Copa ya tantas veces que no sé qué pensar —contesté.

—El ladrón podría ser cualquiera —intervino Camuñas.

—Yo descartaría a los del Catán —dijo Anita—. Ellos saben que casi seguro van a ganar la Copa, ¿para qué iban a robarla?

—Eso está por ver —negó Toni—. Conmigo en el equipo, el Soto Alto siempre es favorito.

—Pero si casi nunca ganamos —recordó Ocho.

—No ganamos porque los demás sois muy malos —dijo Toni, como si fuera obvio—. Si solo dependiera de mí, tendríamos todos los títulos.

Toni siempre había sido un poco chulito.

Lo malo es que lo decía en serio.

Estaba convencido de que era el mejor jugador de la Liga.

Vale que metía bastantes goles y pegaba unos trallazos impresionantes, pero el fútbol es un juego de equipo.

Eso se le solía olvidar.

—¿De qué estamos hablando? —preguntó Marilyn—. ¿De los sospechosos del robo o de que Toni es un creído?

—Yo solo digo la verdad —insistió Toni—. Soy el máximo goleador del equipo. Merecería tener todos los trofeos y todos los premios.

—¿Qué premios? —dijo Camuñas.

—Yo qué sé, todos —replicó él, convencido.

—¡Un momento! —señaló Anita—. ¡A lo mejor has robado tú la Copa porque piensas que te la mereces más que nadie!

—¡Yo no soy ningún ladrón! —replicó Toni—. Y claro que merezco muchos más premios y trofeos. Si no jugara con vosotros, seguro que los tendría. Tal vez el año próximo eso empiece a cambiar, estoy deseando jugar con otro equipo por fin.

—Qué fuerte, pero entonces, ¿has robado la Copa? ¿Sí o no? —preguntó Anita.

—¡Por supuesto que no! —contestó él—. La duda ofende. Soy el mejor. The best. Toni Superestar. No un ladrón. Y se acabó.

Toni salió de la cola y se fue más adelante, donde estaban su padre y otros adultos.

Nos quedamos un poco tristes.

—¿Habrá dicho de verdad eso de que le gustaría jugar con otro equipo? —suspiró Ocho.

—Claro que no, ya lo conocéis, es solo su forma de hablar —respondió Helena.

Aunque no fuera cierto, todos nos quedamos un poco tristes.

Se podía acabar el equipo ese mismo día.

Y encima Toni estaba deseando jugar con otros compañeros mejores, con los que ganar más títulos y más trofeos.

Desde nuestra posición, observé a su padre, Antonio, revolverle el pelo y decirle algo.

Me pareció que le susurraba:

—Eres el mejor, te mereces mucho más.

No podía estar seguro, pero creo que eso fue lo que le dijo.

Puede que Toni incluso se alegrara del castigo que nos habían puesto. Prefería no pensarlo demasiado.

Un minuto después, Frida Schröeder atravesó el patio de regreso, acompañada de Raquel Niebla, que había ido a buscarla.

La Apisonadora de Leipzig también tenía que testificar ante la policía.

Se puso al final de la cola, lo más lejos posible de Murillo. El presidente de la FIFA la miró, pero no se acercó a ella.

Aquel interrogatorio podía durar toda la mañana.

Levanté la vista. El sol asomaba entre las nubes, por encima del tejado del colegio.

En ese momento… la vi.

¡La pista definitiva que podría resolver el robo!

¡Lo prometo!

Fue de repente.

Allí estaba.

Tal vez me equivocaba.

Pero si no lo intentaba, nunca lo sabría.

Salí de la fila.

Di unos pasos hacia el atril vacío, para que Bermejo y los demás pudieran verme.

Y exclamé:

—¡He descubierto una pista decisiva! ¡Ya podemos saber quién robó la Copa!

De inmediato, todos se giraron hacia mí.

Bermejo se puso en pie y el taburete cayó al suelo.

—Pakete —dijo—. ¿A qué pista te refieres?

Podía haberlo dicho allí delante.

Pero pensé que era mejor hacerlo de otra forma.

Eché a correr, me acerqué a Bermejo y le susurré algo al oído.

Ya sé que hablar en voz baja cuando hay muchas personas delante es de mala educación, pero es que era la jefa de policía, y aquello podía considerarse un secreto para resolver el misterio.

—Cariño, ¿qué está pasando? —preguntó mi madre, un poco más allá.

—Mi Francisco es un crack resolviendo misterios, lo ha heredado de mí —aseveró mi padre.

Mis compañeros, los jugadores del Catán, el presidente de la FIFA, la presidenta del Tirirí, la presidenta de la Liga, el presidente de los árbitros, los demás adultos que no eran presidentes de nada… Todos nos miraban expectantes.

—Qué nervios, a mí me da algo —musitó Esteban.

—Niño Pakete mucha intriga —afirmó Radu.

—En este pueblo sois la monda, ja, ja, ja —se rio Ramírez.

Venga, lo voy a contar de una vez.

Esto fue lo que le dije a Bermejo al oído:

—En la esquina del patio hay una cámara de seguridad. Apunta directamente al atril.

Bermejo se quedó atónita. Levantó la vista y contempló aquella cámara, igual que había hecho yo hacía un instante. Estaba muy vieja y oxidada.

—Esa cámara habrá grabado el robo —me contestó Bermejo, susurrando, tratando de disimular—. ¿Cómo es que Esteban o algún responsable del colegio no ha dicho nada?

—Muy sencillo —continué, en voz baja—. Porque hace años que esa cámara no graba. La desactivaron por algo de la ley de protección de datos. Vamos, que está ahí de adorno, pero no graba.

—Entonces no sirve para nada, muchacho —dijo Bermejo, desilusionada.

—Sí que sirve —apunté—. Porque el ladrón no sabe que no graba.

Todo eso lo dije bajando mucho la voz, para que no pudieran oírnos los demás.

Bermejo abrió mucho los ojos al oír mi última frase.

Pareció comprender lo que yo proponía.

Asintió, satisfecha.

—Es la técnica del Cangrejo, pero mejorada —concluyó ella.

—Más o menos —confirmé yo.

Volvió a mirar la cámara, valorando cuál debía ser el siguiente paso.

—Di algo, Antonia, que entre el niño y tú nos tenéis en ascuas —pidió mi madre.

Bermejo volvió a calarse la gorra y se dispuso a resolver el misterio del robo de la Copa de la Liga.

—¡Gracias a Pakete, ya podemos saber quién es el ladrón! —exclamó.

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