Los Futbolísimos

Los Futbolísimos - El misterio del córner más largo del mundo - Capítulo 13

El misterio del córner más largo del mundo

Capítulo 13. Los Futbolísimos Volumen 5.
As.com
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Un castigo por fases.

Nunca en mi vida había oído eso.

—¿Qué significa por fases? —pregunté.

—El castigo se divide en tres fases —contestó mi madre, con los brazos en jarra—. En la fase uno, fuera el móvil, nada de Play, ni tablet, ni ningún otro dispositivo.

—No, eso no, por favor —suplicó Víctor—. Mamá, si no puedo escribirme mensajes con Olga, prefiero morir.

—Qué mala es la adolescencia —murmuró Anita.

—Esta fase durará… cuatro meses —anunció mi madre—, hasta septiembre.

—Ayyyyyyyyyyyyyyyyyy —suspiró mi hermano, dejándose caer sobre la cama.

—Me ha dolido hasta a mí —admitió mi padre.

Mi madre le fulminó con la mirada.

—Perdón, quiero decir que me parece muy bien esta fase del castigo. Ejem, muy bien hecho, Juana —corrigió mi padre.

—La segunda fase es que este año no tendréis vacaciones —dijo mi madre—. Ni playa, ni montaña, ni Benalmádena, ni nada de nada. Todo el verano en el pueblo.

—Nooooooooooooooooo, por favor, es demasiado —suplicó Víctor—. Eso no.

Estaba a punto de echarse a llorar.

—Disculpe, señora Juana, pero mi padre ha preparado un viaje en caravana a Cullera durante el mes de julio —intervino Camuñas.

—Y mi madre ha reservado en un camping de Galicia —apuntó Marilyn.

—Mis padres han planeado llevarnos a ver a mis primos en Torremolinos —dijo Ocho.

—No os preocupéis, ya hablaré yo con vuestros padres —cortó mi madre—. Y me encargaré de que este castigo se cumpla.

Mis amigos me miraron como pidiendo ayuda.

Pero yo no podía hacer nada.

—A lo mejor es un castigo excesivo —dijo Toni.

—Y todavía queda la tercera fase, seguro que es la peor —dijo Angustias.

—De excesivo nada —replicó mi madre—. Os habéis escapado de casa en plena noche otra vez. Habéis robado la Copa dos veces, primero vosotros y luego Víctor. Habéis mentido. Habéis espiado. ¡Poco castigo me parece para lo que habéis hecho!

Nos quedamos en silencio.

—Diga la tercera fase, señora Juana —pidió Tomeo—, estamos preparados para lo que sea.

—Ya lo veo venir —dijo Camuñas—. Seguro que la tercera fase es que nos castiga sin jugar al fútbol.

Todos observamos a mi madre, esperando lo peor.

—Pues no —dijo ella—. Este domingo vais a ir a jugar el córner que falta para terminar la Liga. Y lo vais a hacer porque es vuestra responsabilidad.

—¿Podemos jugar el córner? —preguntó Camuñas, incrédulo.

—Podéis y debéis —respondió mi madre.

—Toma, toma y toma —dijo Ocho, dando un saltito.

—Perdone, señora Juana —intervino ahora Helena—. No comprendo muy bien. Dice que debemos jugar el córner y acabar el partido, pero los adultos han invadido el campo dos veces, es una vergüenza.

—En eso lleva razón la niña —admitió mi padre.

—Toda la razón —afirmó mi madre—. Los adultos nos hemos portado fatal. Por esa razón, el comité ha dictaminado que el lanzamiento sea a puerta cerrada, sin público. Y si se repite, habrá una sanción mucho más grande. Pero… ¡no podéis tomaros la justicia por vuestra mano, ni robar la Copa, ni escaparos por la noche, ni colaros en una casa ajena!

Bajamos la vista.

La verdad es que así dicho, nos habíamos pasado un poco.

—Entonces, ¿cuál es la tercera fase del castigo? —pregunté.

Mi madre resopló.

Y anunció:

—La tercera fase es que voy a proponer que el próximo curso… ¡se disuelva el Soto Alto Fútbol Club!

—¿¡¡¡QUÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉ!!!?

—El Soto Alto es nuestro equipo, mamá —traté de explicar—. Es lo que más nos gusta en el mundo: jugar juntos.

—Tal vez ha llegado la hora de hacer algunos cambios —rebatió mi madre como si tal cosa.

—Pero… ¿POR QUÉ? —insistí.

—Porque no estoy segura de que seáis una buena influencia los unos para los otros —contestó mi madre—. Tenéis una denuncia de la policía. Habéis robado, mentido y desobedecido. Y no es la primera vez.

Nos quedamos callados.

Mi madre hablaba en serio.

—Estoy temblando de los nervios —dijo Angustias.

—Yo creo que me voy a desmayar —musitó Tomeo.

—Yo tengo ganas de llorar —reconoció Ocho.

—¡Eso no es nada! ¡Solo es un equipo de fútbol! —exclamó Víctor, desconsolado—. ¡Lo mío es mucho peor! ¡Olga, prometo que algún día volveré a escribirte! ¡Y que cuando sea mayor de edad iré a Benalmádena a verte!

Mi madre negó con la cabeza y extendió la mano.

Empezando por mi hermano, uno a uno fuimos entregándole nuestros teléfonos móviles.

—Qué pena… qué tristeza tan grande… qué lástima…

Aquella noche acabó de la peor forma posible.

El castigo en tres fases nos había dejado planchados.

Nada de móviles ni Play.

Nada de vacaciones.

Y lo peor con diferencia, adiós al equipo de fútbol para la siguiente temporada.

No podía ser verdad.

Puede que mi madre se lo pensara mejor y cambiara de opinión.

A lo mejor si ganábamos la Liga.

Y nos portábamos muy bien.

Y éramos muy obedientes…

Nos perdonaba.

Pero no fue así.

Por lo visto, no tenía ninguna intención de echarse atrás.

A la mañana siguiente, ya había hablado con todos los padres y madres.

Y estaban de acuerdo en que merecíamos un castigo ejemplar.

Esteban dijo que apoyaba la idea en cuanto la conoció.

—Bien pensado, el equipo de fútbol lleva demasiado tiempo con los mismos jugadores —aseguró el director—. Hay que renovarse, meter caras nuevas. Los cambios son positivos.

Alicia y Felipe también aprobaron el castigo.

Pensé que ellos nos defenderían.

Que intentarían convencer a todos para que el equipo continuase.

Sin embargo, Alicia sentenció:

—Si es lo que habéis decidido las familias, nosotros no tenemos nada que decir.

—Solo somos los entrenadores, no los tutores —murmuró Felipe.

Increíble.

De pronto, todo el mundo estaba de acuerdo en que la disolución del equipo era algo bueno.

¿Sería el fin del Soto Alto tal y como lo habíamos conocido?

Si nos echaban a nosotros y metían jugadores nuevos, ¿qué haríamos?

—Pero… pero… ¿el castigo es la disolución del equipo? ¿O van a renovarlo? —preguntó Camuñas, rascándose la cabeza.

—Si van a meter jugadores nuevos, yo me presentaré —aseguró Toni—. Fijo que me cogen.

Durante el resto de semana, no pude pensar en otra cosa.

Pensé en convocar una reunión extraordinaria de los Futbolísimos.

Pero luego decidí que era mejor no liar más las cosas con reuniones secretas, por si acaso.

Como decía Angustias: todo podía ir a peor.

Fueron unos días muy tristes.

Hasta que llegó el domingo.

El momento clave.

Nos jugábamos la Liga.

En un córner.

A las doce en punto de la mañana.

Los entrenadores nos habían citado en el colegio una hora antes.

Llegué puntual.

Dejé la bici aparcada y me dirigí al campo de fútbol.

Mis compañeros llegaron al mismo tiempo que yo. Parecía que nos habíamos puesto de acuerdo para aparecer exactamente en el mismo instante.

Quizá era casualidad.

Los nueve pisamos el césped a la vez.

Llevábamos puesta la equipación del Soto Alto.

Nos miramos.

Era una situación extraña.

Podía ser la última vez que nos vistiéramos con aquel uniforme.

Marilyn tomó la palabra.

—Como capitana, propongo que nos centremos en el córner y que nos olvidemos de todo lo demás —dijo—. Sé que no es fácil, pero si va a ser nuestro último partido, que sea inolvidable.

—Estoy de acuerdo —contestó Helena—. Esta semana han pasado muchas cosas. Los adultos han invadido el campo… dos veces. Ha habido robos. Investigaciones. Nos han denunciado. Nos han castigado. Pero hemos llegado hasta aquí. Hoy tenemos que ganar la Liga. Después, ya resolvemos los otros problemas.

—¡Por el Soto Alto! —exclamó Camuñas.

—¡Por los Futbolísimos! —dijo Helena.

—¡Por los Futbolísimos! —repetimos todos.

Por un segundo, me sentí bien.

Incluso se me olvidó el castigo.

—¿¡Qué es eso de los Futbolísticos!?

Al borde del campo, apareció el Cazador, al frente de los jugadores del Catán.

Nos observaban extrañados.

—Decid, espabilados, ¿qué eso que estáis gritando de los Futbolísticos? —repitió el Cazador.

—Se dice los Futbolísimos, listillo —le corrigió Ocho.

—Shhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh —le dijimos todos.

Los Futbolísimos era un pacto secreto, no podía saberlo nadie.

—Huy, si resulta que tenéis secretitos, como los niños pequeños —dijo el Cazador, burlón—. De nada os van a valer esas tonterías cuando pite el árbitro.

—Grrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr —gruñó Gigante.

—No os metáis más con nosotros, por favor —pidió Angustias—. Habéis venido a entrenar a nuestro campo todos los días a las seis. Sois el mejor equipo de la Liga. Hace dos años que no perdéis un partido. Lo más probable es que ganéis otra vez el campeonato. Y encima nuestro equipo está a punto de desaparecer. ¿Qué necesidad tenéis de machacarnos?

Los Futbolísimos - El misterio del córner más largo del mundo - Capítulo 13

—Pues es verdad —dijo el Cazador, y se dirigió a sus compañeros—. ¡Vamos, equipo, a calentar!

Entraron al campo mientras coreaban:

—¡Catán, Catán, Catán! ¡No somos un equipo, somos un titán!

La Cefalópoda me miró de reojo.

Parecía que quería decirme algo, aunque a lo mejor solo era cosa mía.

Nos colocamos en una de las porterías y empezamos a pasarnos el balón. Teníamos que prepararnos.

—¡Calentamiento suave! —ordenó Alicia, que llegó con unos conos.

—Que no decaiga el ánimo, hoy podemos ser campeones —dijo Felipe, nervioso.

—¿Estás bien, entrenador? —le preguntó Anita.

—Son muchas emociones —reconoció Felipe—. Estoy bien… eh… o sea… estoy fenomenal… ¡¡¡No, estoy fatal!!!

Y de repente, empezó a sollozar.

—¡No quiero que se acabe el equipo! ¡Os quiero mucho! —explotó.

Ese fue el detonante.

Tomeo, Ocho y Angustias se abrazaron al entrenador.

—Nosotros tampoco queremos que acabe el Soto Alto —dijo Ocho.

—Ayyyyyy —se lamentó Angustias.

—Pero no lloréis todos delante del Catán, que nos están viendo —dijo Toni.

—Llorar es sano —se defendió Felipe.

—Ya te digo —secundó Tomeo—, ay, que me entra hipo.

Poco a poco, nos fuimos uniendo todos al abrazo.

Hasta la propia Alicia.

Y Toni.

Y Radu, que también apareció y se fundió con nosotros en un gigantesco abrazo.

—No nos separemos nunca, por favor —suplicó Ocho.

—Yo querer mucho a todos —dijo Radu, desconsolado.

Y venga a llorar.

Estábamos muy afectados, por mucho que tratásemos de disimular.

Entre lágrimas y lamentos, estuvimos un buen rato abrazados delante de la portería.

Me pareció oír algunas risas al otro lado del campo, pero alguien les mandó callar en alemán.

La Apisonadora de Leipzig.

—Respetad abrazo rivales —ordenó a sus jugadores—. Fútbol ser equipo unido. Esa imagen mucho bonita.

Se refería a la imagen de nosotros doce, apiñados, abrazándonos.

Supongo que desde fuera resultaba curiosa.

Nos habríamos quedado allí aún más tiempo, pero un sonido nos sobresaltó.

Era un ruido muy fuerte que venía del cielo.

Levantamos la mirada, sorprendidos.

Sobre el colegio, apareció… ¡un enorme helicóptero blanco!

En un lateral tenía el logotipo de la FIFA.

¿Quién viajaría allí?

¿Y por qué venía a nuestro cole?

En un extremo del campo, apareció Esteban junto a Bermejo y una delegación de padres y madres, entre los cuales reconocí a Antonio Pernía, Marimar, Quique Camuñas, Renato, Melinda, Genaro y… mis padres.

Todos parecían saber de qué iba aquello.

Habían colocado la Copa de la Liga en un atril para el recibimiento.

Y llevaban una pancarta en la que se podía leer:

¡Bienvenido a Sevilla la Chica! ¡Bienvenido al Soto Alto!

El helicóptero se fue posando muy suavemente en el centro del campo.

El ruido era ensordecedor y levantaba muchísimo aire.

Contemplamos aquel enorme aparato con la boca abierta.

Por fin, se abrió la puerta lateral.

Y de allí bajó… ¡Alfonso Murillo!

El presidente de la FIFA en persona había venido a nuestro colegio.

Sonrió a los presentes y saludó con una mano en alto.

Me pareció que Frida no estaba muy contenta de verle allí.

Detrás de Murillo, bajaron del helicóptero otras cuatro personas:

Laura Doreal, alcaldesa y madre de Anita.

Raquel Niebla, presidenta de la Liga Intercentros.

Y Álvaro Quincoces, jefe de los árbitros.

Se ve que habían ido a recibirle al aeropuerto.

Ah, la cuarta persona que bajó era una mujer muy alta y elegante que no había visto en mi vida.

—¡Soy Avelina Ramírez, directora del Tirirí! —se presentó ella misma—. ¡Encantada de saludar a todos los presentes!

—¡No queríamos perdernos un final de la liga infantil tan emocionante! —añadió Murillo—. ¡En el mundo entero se habla de este córner! ¡Ya lo llaman «el córner más largo del mundo»!

Hubo murmullos y gestos de aprobación.

Esteban se apresuró a darles la mano.

—Es un honor para nuestro humilde colegio recibir al presidente de la FIFA —dijo, haciendo una pequeña reverencia—. Y a la directora del Piripi también, por supuesto.

—Tirirí —le corrigió ella—. Estamos expectantes por saber qué equipo nos acompañará al Caribe una semana con todos los gastos pagados.

—Toma, y nosotros —dijo Laura—. Nuestros niños se han esforzado mucho y se lo merecen.

—Todos se lo merecen —apostilló Murillo—. Ahora me gustaría saludar a los entrenadores de ambos equipos…

Cuando el presidente se dio la vuelta, Frida había desaparecido del campo.

Se ve que a la Apisonadora no le apetecía saludarle.

—A ver, Murillo, díganos la verdad —dijo Alicia, estrechando su mano—. Usted ha venido por el córner y el fútbol… ¿o ha venido a ver a su antigua novia?

—Qué cosas dice, je, je —respondió Murillo, poniéndose un poco rojo—. Yo vengo en calidad de presidente de la FIFA, para observar este córner tan apasionante y entregar la Copa al equipo vencedor, solo me mueve el interés por el fútbol… y… y… ejem… ¿¡dónde se ha metido Frida!?

Murillo se encaminó raudo hacia el patio, donde localizó a la entrenadora alemana, que avanzaba a buen ritmo hacia la puerta principal.

—Qué mujer, qué carácter —dijo Murillo, echando a correr—. ¡Frida, hablemos un rato! ¡Te he traído flores!

—Es un rato pesado el tío —comentó mi madre.

Todo el comité de bienvenida corrió detrás de Murillo, el cual a su vez corría detrás de Frida.

—El amor lo mueve todo —murmuró alguien a mis espaldas.

Era la Cefalópoda, que suspiró y… ¡me pasó un papelito sin que nadie la viera!

—Dáselo a tu hermano de mi parte, por favor —me dijo.

—¿Eh? Sí, sí, vale —contesté.

Lo que me faltaba.

Pasar notas de amor entre la Cefalópoda y Víctor.

En ese momento, el helicóptero despegó armando un gran revuelo.

En unos minutos, disputaríamos el córner más largo del mundo.

Aunque se suponía que era a puerta cerrada, había bastantes visitantes, la verdad.

El árbitro ya estaba revisando la portería donde se iba a lanzar el córner.

Era el mismo del domingo anterior: el chico nervioso con coleta.

Parecía muy ensimismado. Después de comprobar que todo estaba correcto en la portería, se acercó al córner y examinó el banderín.

Yo era el encargado del lanzamiento. Tenía que hacer un saque perfecto. No muy abierto, ni tampoco muy cerrado. Que el balón volase lejos de la portera. Hacia el punto de penalti. Allí todo dependería de que mis compañeros rematasen…

—¿Crees que lo lograremos? —me preguntó Helena con hache.

—No tengo ni idea —admití.

—Sería una bonita manera de despedirnos del Soto Alto —sonrió ella—. Levantar la copa de campeones y pasar una semana juntos en el Tirirí.

—No digas eso, no es una despedida —pedí.

Ella se encogió de hombros.

—Sabes que, pase lo que pase, seguiremos siendo amigos, ¿verdad? —dijo Helena—. Aunque no haya equipo de fútbol, aunque nos cambiemos de colegio, tú y yo siempre seremos los mejores amigos del mundo.

Un enorme calor me subió por el cuerpo.

No quería que nunca se acabara el equipo.

—Perdonad, ¿yo también podré ser vuestro amigo siempre, pase lo que pase? —dijo Angustias, que estaba oyendo nuestra conversación.

—Pues claro, tontorrón —respondió Helena.

Tal vez podríamos haber empezado otra vez a abrazarnos todos y a emocionarnos un montón, pero no nos dio tiempo.

Unos gritos nos interrumpieron.

Era Radu.

Cruzando el campo de fútbol.

Levantando las manos.

Desencajado.

—¡Socorro! ¡Ayuda! ¡Auxilio!

—¿Qué pasa ahora? —preguntó Alicia.

Radu recuperó el resuello tras la carrera y dijo:

—¡Robar Copa de Liga! ¡Otra vez!

Señaló el atril que habían sacado para recibir al presidente de la FIFA.

Estaba vacío.

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