Pánico al frío
Paulino Granero, César Navas y Denis Cheryshev, doctorados en el hielo, revelan a AS cómo las gélidas temperaturas comprometen la salud y exponen el cuerpo al límite.

Las bajas temperaturas invernales y sus efectos no solo condicionan la vida diaria: también hacen tiritar al fútbol. Incomoda el juego, dispara el riesgo de lesiones y complica un calendario ya de por sí infernal y que colecciona quejas por doquier de sus actores principales por el aumento de partidos y viajes a todos los rincones del planeta.
Como el intenso calor que se vivió en el pasado Mundial de Clubes, con jugadores resguardados del alto mercurio de los termómetros en los vestuarios mientras se disputa el partido, o se vivirá en el próximo Mundial, las temperaturas gélidas son, por tanto, otro factor de riesgo para los jugadores, el mayor activo de la lucrativa industria en la que se ha convertido el fútbol. Todo ello tiene como consecuencia un espectáculo que se resiente cada vez más. Hay pánico al calor, pero también al frío.
El enemigo invisible
Coincidiendo con las bajas temperaturas invernales, entre diciembre y febrero, la enfermería de LaLiga EA Sports ha acogido el mayor número de lesionados de lo que va de temporada, nunca por debajo de los 70 jugadores. El 4 de diciembre, de hecho, se alcanzaron los 92, por los 46, por ejemplo, de finales de agosto. Take Kubo, Cucho Hernández, Rafa Mir, Sancet, Yuri, Rodrygo o Hugo Sotelo son algunos de los que han sufrido percances físicos en este periodo de alta frecuencia de partes médicos que invita a preguntarse cuánto de estrecha es la relación entre el frío y el rendimiento deportivo.
La guía médica de la UEFA es la primera que advierte que provoca un sobreesfuerzo energético que condiciona el rendimiento y altera la respuesta fisiológica del futbolista. Paulino Granero (Almería, 1970), preparador físico con currículum en climas de frío extremo tras su paso por el CSKA de Moscú o la selección rusa, lo define para a AS como “el enemigo invisible”: “El frío puede afectar al organismo con rigidez muscular y osteoarticular, reduciendo elasticidad y funcionalidad. Muchas veces se subestima”. Es el llamado stiffness.

Ese cóctel, continúa, da lugar a un cuerpo y un organismo más frágil que aumenta exponencialmente la probabilidad de lesionarse. Cada arrancada o cambio de ritmo, dirección o salto suponen un riesgo mayor que en condiciones normales. “Recuerdo alguna lesión por no haber calentado bien. La temperatura influye y, obviamente, cuando vas a Rusia con la selección en noviembre, hace mucho frío…”. Es el testimonio que ofrece a este diario alguien acostumbrado al frío casi genéticamente, como Denis Cheryshev (Nizhniy Novgorod, 1990), habitual internacional ruso criado en las bajas temperaturas y la humedad de Gijón o Burgos, donde jugó su padre Dmitriy, pero que ubica a Los Pajaritos como el estadio menos recomendable para jugar en invierno: “Hacía muchísimo frío”. Esa percepción del frío extremo no es una simple sensación: tiene consecuencias directas sobre la salud del futbolista.
“Miedo” a los riesgos
La rotura del bíceps femoral de la pierna derecha de Pedri en Praga, que privó al Barcelona de su jugador más estructural durante casi un mes, volvió a poner el foco en las contingencias de jugar en climas gélidos. “No es fácil. Sientes dolor en los pies y las manos”, dijo Fermín a Movistar Plus+. Hansi Flick, por su parte, se escudó en el “frío extremo” de la República Checa para tratar de contextualizar la lesión y el complejo partido azulgrana, en el que el canario estuvo alejado de su excelencia habitual antes de sentir el denominado pinchazo muscular: “No fue sencillo jugar”, incidiendo en el mayor “esfuerzo físico”.
El momento de la lesión de @Pedri. #LaCasaDelFútbol #UCL pic.twitter.com/WkrIk4agJ6
— Movistar Plus+ Deportes (@MPlusDeportes) January 21, 2026
Hasta ese momento, el canario, propenso a los problemas musculares, era el octavo jugador más utilizado del Barça. “La fatiga es el gran enemigo del rendimiento y el mejor aliado del frío”, explica Paulino Granero. “En ese momento, la mayoría de veces las lesiones no te avisan”, refrenda Cheryshev. ¿Hay lugar para el miedo entonces?
“Aunque el jugador no piensa en el riesgo de lesión de forma consciente, cuando no estás preparado físicamente, ese miedo existe. Si tienes, por ejemplo, una experiencia de alguna lesión, obviamente tienes más miedo en estas situaciones”, corrobora Cheryshev. Por tanto, el calentamiento y el trabajo muscular preventivo, “el de fuerza en el gimnasio”, son claves para aplacar las amenazas. De esta manera, “el nivel de riesgo que tiene el jugador de sufrir una lesión se baja casi a la mitad”, añade el internacional ruso, ahora en el Krasava chipriota y que, desafortunadamente, acumula 22 partes de diversos percances físicos y 1.092 días de baja a lo largo de su carrera.
¿Qué parte del cuerpo está más expuesta a la lesión? “Hay un poco más de riesgo articular que muscular, porque hay campos, ya sean o no de hierba artificial, donde se acumulan placas de hielo y sufren mucho los tobillos, rodillas, cadera y huesos como el peroné, los maleolos o los tibiales. Recuerdo un partido con dos fracturas de peroné que fueron provocadas por el hielo en el campo”, indica Paulino Granero, que apunta a futbolistas explosivos y con repetición de esfuerzos como los más expuestos.
César Navas (Móstoles, 1980), miembro de la generación madridista de los ‘Pavones’ y cuyo legado le alzó a categoría de Zar del Rubin Kazan y el Rostov, confirma esa realidad: “Recuerdo problemas en esguinces de tobillo y problemas musculares, sobre todo, en isquiotibiales y aductores”. A pesar de su exitosa carrera en Rusia, antes confesó a El País haber pensado: “¡En menudo lío me he metido!”, cuando aterrizó procedente del Racing de Santander: “Aterricé a las cuatro de la tarde y ya era de noche. La carretera del aeropuerto estaba repleta de nieve y hacía mucho frío, creo que unos 15 grados bajo cero”.

Trincheras contra el hielo
Las gélidas temperaturas condicionan tanto el día a día de un equipo que existen métodos específicos para combatirlo, como confirma Paulino Granero: “Lo primero es evaluar a qué temperatura vamos a entrenar en el exterior. Pueden ser 3 o 4 grados bajo cero, o -19. He llegado a entrenar con –20. Siempre calentábamos mínimo 30 minutos en el gimnasio antes de salir: bicicleta, movilidad, rodillo, aparatos para aumentar temperatura muscular”. “Hidratarse también es fundamental. Como el calor, el frío también deshidrata, inhibiendo la sensación de sed”, apunta, y afirma que el té caliente durante los partidos es un clásico.
También la táctica se ve afectada: “Los entrenamientos de balón parado deben ser dinámicos, y las charlas, dentro. Si hay molestias, comunicarlo y meterse dentro y los que han jugado no suelen hacer trabajo de campo al día siguiente”, añade. Pero también puede suceder que sea imposible jugar: “Una vez viajamos y el campo tenía tres metros de nieve. En otro, tuvimos que jugar a –20 grados porque había que decidir el campeonato y tuve que quemar papeles para calentar manos y pies. Fue tan inhumano que un futbolista tuvo que jugar con bolsas de plástico en los pies y yo, cuando me tuve que quitar los guantes por necesidad, la mano me dolía como si se me hubieran clavado cristales”.
César Navas lo ha vivido en primera persona. Desde partidos ligueros a –16 grados con sensación térmica aún menor ante el Volga, hasta el histórico duelo de Champions que enfrentó al Rubin Kazan con el Barcelona, uno de los más fríos de la historia de la competición, con el termómetro cercano a los –10 grados y con las lesiones de Bojan y Jeffren como triste recuerdo. “El frío se tiene muy en cuenta en los equipos a la hora de enfrentarlo y combatirlo. Los preparadores físicos y fisioterapeutas incidían mucho en el trabajo preventivo antes y después de entrenar y en realizar un calentamiento óptimo para no salir fríos al exterior y una vez fuera ir progresando en el tipo de ejercicio”, explica el mostoleño. Equipos que viven al filo en su rutina.
“Respirar el aire a esas temperaturas no es fácil a nivel bronquítico”, añade Paulino Granero como factor condicionante. Muchos ni siquiera pueden soportarlo. “Internacionales sudamericanos se han ido porque no podían vivir a esas temperaturas porque les salían sarpullidos”, señala también Paulino. “Compañeros como Cristian Ansaldi sufrían hipotermia en las orejas y, en Rostov, Michel Bastos o Kanga sufrían muchísimo dolor en las manos”, relata, por su parte, César Navas.
El organismo prioriza conservar el calor corporal: reduce el riego sanguíneo en las extremidades y acelera la frecuencia cardíaca y el consumo de glucógeno. “Hay que vigilar ese aumento de frecuencia porque puede conducir a un shock cardíaco”, advierte Paulino Granero. Eso supone un peaje energético adicional que merma el rendimiento, por lo que el cansancio llega antes. “Asimismo, es fundamental proteger las extremidades. Y la cabeza no es una excepción: un doctor me advirtió que salir sin gorro con frío extremo podía provocar meningitis”, puntualiza Granero.
“Antes la UEFA permitía jugar con orejeras. Ahora se usan muchas prendas térmicas para la termorregulación o parches para calentar los pies, una vez le tuve que dejar uno a Mateu Lahoz para que se lo pusiera en la mano porque no podía aguantar”, agrega Granero. “Lo más difícil es poder mantener la concentración y no caer en sentir y percibir el frío. Así como mantener el calor corporal durante un partido completo”, añade César Navas. Al igual que para Cheryshev, para el que se trata de una cuestión compleja, de una cierta resistencia “cuerpo-mente”. Es casi una cuestión de supervivencia del organismo. Y la UEFA lo sabe. Porque el frío no solo se combate con voluntad: también está medido, regulado y estudiado.
Bajo cero: la UEFA frente al termómetro
Según el UEFA Elite Club Injury Study, el riesgo de lesiones se incrementa por debajo de 10 °C y se dispara bajo los 5 °C. La UEFA, aunque no fija una temperatura mínima de suspensión, establece en sus guías médicas un criterio de riesgo progresivo entre 0 °C y –15 °C, facultando al árbitro para actuar si peligra la integridad de los jugadores. Pero hubo un partido que superó con creces ese umbral: el Estados Unidos-Honduras (Saint Paul, Minnesota) de clasificación para el Mundial de Qatar 2022 se disputó a –30 °C, con dos jugadores hondureños sufriendo hipotermia. Es el partido más frío de la historia del fútbol del que se tengan registros.

En el plano europeo, el caso más extremo lo protagonizó el Kairat kazajo: para evitar los –20 °C en su estadio abierto, trasladó su partido de Champions ante el Olympiacos a Astaná, donde al menos la temperatura era de –2 °C y el techo retráctil garantizaba condiciones mínimas. Fue el partido más frío de la historia de las competiciones europeas. Precedentes como el BATE-Arsenal a –12 °C, el Rusia-España a –10 °C o el Dynamo Kyiv–Juventus a –11 °C demuestran que es posible competir bajo cero, pero siempre con supervisión médica y medidas específicas.
De hecho, varias ligas reorganizan sus calendarios para esquivar los meses más gélidos: la Russian Premier League detiene la competición en invierno; la Bundesliga, la Ekstraklasa polaca o la Czech First League introducen pausas estacionales; y ligas nórdicas como la Allsvenskan sueca, la Eliteserien noruega o la Veikkausliiga finlandesa reordenan por completo sus temporadas para evitar el frío extremo.
¡Tus opiniones importan! Comenta en los artículos y suscríbete gratis a nuestra newsletter y a las alertas informativas en la App o el canal de WhatsApp. ¿Buscas licenciar contenido? Haz clic aquí
Rellene su nombre y apellidos para comentar