El cambio conquistado por las ‘supermamis’ de Islandia
La denuncia de Sara Björk a la FIFA propició que se mejoraran los derechos de las futbolistas que querían ser madres durante su carrera.

En el fútbol, como en la vida, hay victorias que no se celebran con un trofeo, sino con una sentencia judicial y un bebé en brazos. Mientras el mundo miraba hacia otro lado, Sara Björk Gunnarsdóttir decidió que no iba a pedir perdón por ser madre. Su historia no es solo la de una centrocampista de élite que ha levantado Champions, es el manifiesto de una revolución que nació en el frío de Islandia para calentar los derechos de todas las futbolistas del planeta, recordándonos que el talento no se evapora en el paritorio.
Todo empezó en Lyon, la ciudad que presume de ser la capital del fútbol femenino europeo pero que, entre lujos y títulos, olvidó lo más básico: la humanidad. Cuando Sara anunció su embarazo en 2021, la respuesta del club no fue un ramo de flores, sino un silencio administrativo que se tradujo en el impago de sus salarios. La jugadora, lejos de amilanarse ante el gigante francés, decidió que su lucha iba mucho más allá de una nómina.
“Se trata de mis derechos como trabajadora, como mujer y como ser humano”, clamó Sara en su ya mítica carta en The Players’ Tribune. Aquellas palabras resonaron en los despachos de la FIFA con la fuerza de un disparo a la escuadra. Para ella, ganar aquel litigio no era una cuestión de dinero, sino de dignidad. “La victoria fue más importante que yo. La sentí como una garantía de seguridad económica para todas las jugadoras que quieren tener un hijo durante su carrera. Que no es un ‘tal vez’ o una incógnita”, confesó con la serenidad de quien sabe que ha cambiado las reglas del juego para siempre.
“La victoria fue más importante que yo. La sentí como una garantía de seguridad económica para todas las jugadoras que quieren tener un hijo durante su carrera”.
Sara Björk
Sin embargo, el camino no fue sencillo. Mientras intentaba recuperar su forma física tras dar a luz a su hijo Ragnar, Sara se enfrentó a una soledad institucional que hoy todavía escuece al recordarla. “Nadie se ocupó realmente de mí, de ver cómo me encontraba mental y físicamente. Me hicieron sentir que haber tenido un bebé era algo negativo”, admitió con una dureza que obligó al fútbol mundial a mirarse al espejo. Pero ella, fiel a ese carácter indomable de las hijas de la isla del hielo, volvió al césped apenas cuatro meses después del parto y lideró a su selección en la Eurocopa de 2022 con su pequeño en la grada, demostrando que la conciliación no es un favor, sino un derecho.
Lo que para el resto de Europa fue un terremoto legal, para Islandia fue simplemente justicia. En la isla nórdica, ser futbolista y madre es una tradición tan arraigada como sus volcanes. Allí, la estructura social y la mentalidad de su federación han creado un ecosistema donde las ‘Supermamis’ son parte del paisaje habitual de los torneos cortos. Ya en la Eurocopa de 2017, la imagen de Harpa Þorsteinsdóttir amamantando a su hijo Ýmir, de apenas cinco meses, rompió tabúes en los vestuarios de los Países Bajos. Harpa no solo competía al más alto nivel, sino que lo hacía siendo madre de dos hijos, acompañada en aquel mismo plantel por Málfríður Erna Sigurðardóttir, quien ya sumaba tres hijos en su cuenta personal mientras defendía la camiseta nacional.

Esa normalidad islandesa se ha extendido como una mancha de aceite necesaria. Hemos visto a Sandra Sigurðardóttir viajar a la gran cita de 2022 con su pequeño, o a Dagný Brynjarsdóttir regresar con más fuerza si cabe tras su segundo embarazo para liderar el centro del campo. Para ellas, el parón internacional no es un sacrificio familiar, sino una extensión de su hogar donde los carritos de bebé conviven con las botas de tacos en los hoteles de concentración.
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La lucha de Sara Björk ha marcado un antes y un después, logrando que la FIFA establezca por fin un marco de protección con bajas maternales remuneradas y prohibiciones estrictas de despido. Islandia nos enseñó el camino a través de la cultura y Sara puso los puntos sobre las íes ante la ley. Hoy, el fútbol femenino ya no pide permiso para ser madre, ahora, simplemente, ejerce su libertad. El legado de Ragnar y su madre es, posiblemente, el gol más importante en la historia de este deporte.
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