De pasar penurias, a ganar el Balón de Oro y ser un ídolo
Surgido de la pobreza más extrema, George Weah le debe todo al fútbol. Gracias a él, pudo conquistar Europa y regresar a su país para, si sus compatriotas le eligen, gobernarlo.

A los doce años fumaba marihuana, robaba y vivía casi en la delincuencia como reconoció en una entrevista a El Gráfico en enero de 1996, a los treinta ganaba el Balón de Oro y a los treinta y nueve está a punto de ser elegido presidente de Liberia. Con una vida semejante, del personaje de George Weah se podría publicar una enciclopedia. Antes de convertirse en la estrella del gran Milan de los últimos años noventa George Weah pasó todo tipo de penurias. Creció en un barrio de Monrovia llamado Gibraltar, a sólo unos metros del cenagal maloliente que llega hasta el puerto, y sus padres se separaron cuando tenía tres meses. Era el más pequeño de trece hermanos y sobrevivió gracias a su abuela Emma, que le crió desde casi el primer día. Parecía un caso perdido hasta que en 1982 algo le cambio la vida, y no fue precisamente la llamada de su primer equipo. Tenía 16 años y odiaba al mundo entero cuando cayó al suelo y quedó afónico. Se levantó y estuvo horas sin hablar "hasta que empecé a rezar, Alá se había instalado en mi vida, había entrado en mi alma". Eso y la llegada de Samuel Kanyon al poder en 1980 cambió a Weah.
Kanyon relanzó el fútbol y la selección, justo poco antes de que Weah conociese al técnico surafricano Fernando Shitoli, amigo de Rivelino y gran conocedor del fútbol brasileño. Shitoli le perfeccionó, con él ganó en velocidad y potencia, y gracias a él firmó por el Tonnere Yaoundé camerunés, justo el país africano donde el fútbol estaba más asentado. Allí empezó de verdad el Weah futbolista. Vivió en casa de Zaccarie Noah, padre del famoso tenista, brilló en el equipo y conoció a Claude Le Roy, que lo ofreció al Mónaco a través de su director deportivo Henry Biancheri.
Weah había dado el salto a Europa. Allí estuvo cuatro años con el Mónaco, tres en el Paris Saint Germain con 49 goles y una inolvidable semifinal de la Liga de Campeones ante el Milan. En el partido de ida en el Parque de los Príncipes el liberiano dejó boquiabierta a Europa entera, y el Milan se decidió por él para sustituir el vacío del gran Van Basten.
Noticias relacionadas
Su triunfo en el fútbol le convirtió en emblema de la lucha por el racismo en el mundo, y además embajador de UNICEF. Por eso Weah siempre será mucho más que un gran futbolista. Miembro de la etnia Kru liberiana, musulmán de religión, surgido de la extrema pobreza, ni siquiera ya como jugador consagrado escapó del terror. Jugaba en Francia cuando estalló la guerra civil en su país con sus hijos allí. Con las diversas facciones político-militares enfrentadas y el presidente destituido, Weah ni tenía noticias de ellos. Aun así marcó 5 goles en 17 partidos, cifra ridícula para su nivel pero asombrosa en aquellas circunstancias.
Fueron días en los que su casa era un auténtico refugio de compatriotas. Ahora que está a punto de ser presidente de Liberia, seguro que para él tendrá un hueco especial la calle Bushrod Island, donde creció y donde aún muy a menudo críos desnutridos y descalzos dejan en su honor un ramo de okanhas, la flor silvestre que crece en los pantanos vecinos. Porque quizá nadie hizo más por Liberia en los últimos años que el gran George Weah.



