Primera | Valencia - Barcelona

El arte de Ronaldinho

El mejor Barça después de Johan Cruyff se ríe gracias al ánimo de Ronaldinho. Frente a las especulaciones blancas, las azulgranas rinden a sus adversarios y dan una lección de cohesión y de fútbol. Seguir al Barça ha sido esta temporada reivindicar una manera alegre de ver jugar al fútbol.

<b>GRANDE.</b> Un fenomenal futbolista para un gran conjunto para conseguir el objetivo de la Liga.

El enfado. Hubo un momento de tensión en el Barça en la primera parte, y en ese instante en que el equipo no sabía qué hacer, Ronaldinho y Etoo se vieron las caras en la mitad del campo del Valencia. Ronaldinho le había hecho un pase excesivo al camerunés y éste fue a decirle que así no se hacía. Un gesto así resulta insólito ante el futbolista con más autoridad de la plantilla. Pero Ronaldinho es un hombre de creencias religiosas. Reza cuando falla y reza cuando acierta, y debe rezar también para alejar de sí cualquier síntoma de amor propio que incluya el deseo de venganza. Así que reaccionó como un místico y muy poco después tuvo una respuesta apasionada para las inquietudes de Etoo. Marcó él mismo un gol que parecía un padrenuestro y después salvó a Etoo de sus propias iras, otorgándole la oportunidad de un gol que el Barça va a agradecer hasta la otra Liga.

La confabulación. Me estuve fijando todo el partido si se repetía la apariencia de un rifirrafe, secuela del anterior, o un lance que los distanciara. No lo hubo. El Barça jugó como el campeón que es, como si quisiera darle un golpe de autoridad a la web del Real Madrid y tachara de un plumazo las especulaciones de Luxemburgo. Pensé entonces que en realidad Etoo y Ronaldinho no se habían enfadado, sino que habían firmado la confabulación de los héroes.

La alegría de los herederos. El Barça de ahora es la mejor herencia del Barça de Cruyff. Desde hace cinco años, al menos, este título que ahora viene era también buscado como una reivindicación de un modo de ver el fútbol. Van Gaal puso la alegría del Barça en entredicho y aunque ganó, fue incapaz de darle al equipo la ilusión que ayer se hizo sólida ante la gaseosa actuación del Valencia. No sólo ha ganado este año la tesis de Cruyff, sino que se ha puesto de manifiesto que reír, que es el arte de Ronaldinho, es mejor que abroncar, que es el arte de los que no saben reír.

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La venganza. El equipo ha estado por encima de la afición, que quería venganza; por fortuna, la afición ultra es minoría en los últimos tiempos, pero está ahí, el Real Madrid también sufre la suya. Hubo un conato de celebración anticipada de la Liga y el entrenador cortó esa arrogancia. La plantilla fue muy inteligente: se negó a celebrar antes de tiempo la victoria que anoche asomó con más claridad. Nunca se dejaron llevar los jugadores por la provocación de la venganza, y a pesar de que el Madrid hizo lo posible por divulgar la idea de que el Barça iba a perder, ni un momento los futbolistas se olvidaron de que el fútbol no lo hacen ni las web ni las declaraciones.

El motor del cambio. Los directivos suelen ponerse las medallas de los héroes. Demasiado pronto esta temporada se divulgó la especie de que Ronaldinho no era el del año pasado. Era una tribulación. Alguien quería atribuirle el éxito a espaldas que no fueran la suya. Ronaldinho ha cumplido con una fe que no tiene parangón hoy en el fútbol que vemos. Le ha dado cohesión a lo intangible, pues el alma del Barça ha residido en su propio ánimo, y cuando él no ha estado para animar a los suyos, éstos han tenido que encomendarse al azar. El partido de ayer fue su penúltima oración en un año en el que casi todas la plegarias le tuvieron como protagonista.

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