Las locuras de Milán-San Remo: ejemplos para Pogacar
En las últimas décadas de la Classicissima, varios han sido los corredores que dieron la sorpresa con maniobras arriesgadas. Repasamos los ejemplos.


Históricamente, tal como refleja el palmarés de una de las carreras más longevas del ciclismo, la Milán-San Remo ha sido la clásica por excelencia de los esprínters. Ese escenario en el que, tras más de seis horas de esfuerzo, podían imponer su punta de velocidad ante el resto de corredores versátiles y clasicómanos. Esta tendencia se ha revertido en los últimos tiempos, siendo los corredores más habilidosos y oportunistas quienes se han impuesto a los hombres más rápidos del pelotón. Eso es algo que, por una u otra razón, todavía no ha podido conseguir un Tadej Pogacar que suspira por alzar los brazos en la Classicissima casi más que en cualquier otra carrera de las pocas que le faltan por ganar. A continuación repasamos varios ejemplos que se salieron del guion y de los que el esloveno habrá tomado buena nota.
Fignon y Bugno: la subida al Poggio también decide

Laurent Fignon, que ganó consecutivamente las ediciones de 1988 y 1989, y Gianni Bugno (1990), consiguieron lo que en la inmensa mayoría de casos de la Milán-San Remo fue imposible: alzar los brazos tras marcharse en solitario con un ataque en el Poggio. La clase y el poderío de dos genios se impuso a la lógica en esa llevadera subida de únicamente 3,8% de promedio en la que fueron capaces de romper al resto.
El Turchino y la gesta irrepetible de Chiappucci

La actuación de Claudio Chiappucci en la Classicissima de 1991 no tiene nombre, en el mejor de los sentidos. ‘El Diablo’ decidió atacar en el Turchino, ascensión más exigente del recorrido pero que se sitúa a 170 km de la meta, en lo que pareció una maniobra absolutamente suicida. Horas más tarde, todos se dieron cuenta del error... El italiano se unió a los fugados, a los que uno a uno fue soltando hasta quedarse solo en el Poggio. Una gesta que, casi con toda seguridad, no volveremos a ver jamás.
El ‘todo o nada’ de Nibali

En la época más reciente, Vincenzo Nibali mostró un escenario que en años posteriores serviría de ejemplo para los corredores más atrevidos: el peligroso descenso del Poggio podía hacer más daño que cualquier otro punto del recorrido. A su cima llegó con un puñado de segundos de ventaja sobre el selecto grupo de favoritos, ante los que nada podría hacer en caso de un final al esprint. ‘El Tiburón’ lo tenía claro: descenso a tumba abierta. Un todo o nada de manual. Limando cada curva con precisión quirúrgica y rozando los muros, Nibali logró la renta suficiente para saborear el triunfo el la Via Roma. Pura poesía en movimiento que recordó a la de Sean Kelly en 1992, que se impuso a los 35 años a Argentin en el esprint tras darle caza en otro descenso al Poggio memorable.
La pillería de Stuyven

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Jasper Stuyven tiene el privilegio de ser uno de los underdogs (ganador inesperado) más sorprendentes de la Classicissima. Sobre todo, por la forma de ganar. En unos años en los que Van Aert y Alaphilippe estaban imponiendo su ley en esta carrera, el belga echó la puerta abajo con una salida por el córner de manual. En la última parte de la bajada del Poggio, el belga arrancó como alma que lleva el diablo aprovechando un parón generalizado entre los favoritos, que cuando quisieron reaccionar ya habían perdido la carrera. Triunfo del buen oportunismo.
El descenso suicida de Mohoric

No fue un ejercicio de tanta belleza o plasticidad como el que le dio la victoria a Nibali, pero tanto más efectivo, más demoledor. En 2022, cuando todavía se le tenía como uno de los grandes clasicómanos del momento, Matej Mohoric pasó a la acción en el descenso del Poggio, donde más tajada podía sacar a su increíble habilidad para las bajadas, una de las mejores del planeta. El esloveno lanzó su ataque como un elefante en una cacharrería, saliéndose incluso de la carretera pero salvando el lance saltando por encima de un bordillo para continuar su maniobra suicida. Gracias también al uso de una tija telescópica que le permitió bajar su centro de gravedad y trazar mejor las curvas, Mohoric acabó ganando el primer y único Monumento de su palmarés gracias a esa alocada bajada que le puso el corazón en un puño a más de uno.
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