El neorrealista italiano: dureza y ternura
La lección de liderazgo de Scariolo se sustancia en enseñarnos a reconocer lo extraordinario que hay en las cosas ordinarias de un deporte tan complejo y atractivo como lo es la vida.

¿Cuántos Scariolo hay en el mundo? Esta pregunta funciona como reflexión sobre la singular influencia que puede lograr una sola persona en un determinado sector profesional o en una esfera de la opinión pública e imaginar si habrá calado en la conciencia colectiva un pacto para imitar sus ideas, ética de trabajo y estilo de liderazgo dado que, si así fuera, sería una cosa buena socialmente, trascendiendo el mundo del deporte y elevándose como modelo ético transversal.
Aquella misma cuestión fue planteada en 2006 por el historiador de cine Orio Caldiron en su antología sobre el teórico y guionista cinematográfico más influyente del siglo XX en Italia, Cesare Zavattini. Así, al atreverse Caldiron a formular “¿cuántos Zavattini tenemos en nuestro país?”, transcurrido poco más de un decenio desde su fallecimiento, la respuesta fue desalentadora: ninguno que destilase el deseo por plasmar la verdad de lo real, esa que se escapa pese a tenerla ante nuestros ojos debido a una nula capacidad para la concentración, acumulando miedo al otro en vez de percibirle con ternura. Sin embargo, tanto Cesare como Sergio comparten paralelismos, aunque no lo parezca a primera vista, pues lo que sí sabemos es que nuestro querido entrenador de baloncesto admira la obra de Vittorio de Sica y, en especial, su filme “Milagro en Milán” (1951), ideado por Zavattini primero como novela. Con este hilo se puede coser una elegante afinidad sobre el amor a una profesión y la obsesión por los detalles tan característica del temperamento de ambas figuras.
Precioso homenaje a Sergio Scariolo.
— Teledeporte (@teledeporte) August 21, 2025
🥹 Visiblemente emocionado el míster en un sentido homenaje por su trayectoria.
❤️ En pie todo el Movistar Arena. Se irá tras el Eurobasket con el cariño de todo un país.
En breve, resumen y crónica del partido en https://t.co/D0qAjFRc76 pic.twitter.com/h5oUsbdoWD
Cesare Zavattini (1902-1989), escritor, periodista, abogado y activista social de su tiempo, fue el ideólogo del movimiento neorrealista del cine italiano. Su anhelo fue demostrar que todo el cine que se había producido en Hollywood y en Europa antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial nunca logró comprender la esencia de lo que trataba de encuadrar con sus artificiales historias, actores y puesta en escena. Había impuesta una sustracción de todo lo que podía perturbar al espectador y fabricar un resentido. Postuló que en el cine comercial siempre había existido un lado de la realidad que era reprimido, que nunca se narraba, aportando una fantasía de la vida cotidiana y la condición humana, unas veces para idealizarlas estéticamente y otras para atemorizar al público y movilizarlo contra el cosmopolitismo y la pluralidad democrática. Zazattini resumía su propósito corrector en este mensaje: “la verdadera función del cine es no contar cuentos”. El mundo real le resultaba tan fascinante que solo se le hacía justicia si se le captaba en su dura desnudez, sin maquillajes, con precisión, en un esfuerzo por no interferir en la naturaleza observable de las cosas sencillas. La filosofía de Zavattini, para nada geométrica ni cartesiana sino espontánea, se circunscribió al territorio de lo fraternal, a la conciencia de que lo decisivo en la vida es no perder la curiosidad por saber todo lo que se pueda del ser que habita junto a ti y poner toda la energía en ayudarlo para que sea él mismo quien transforme su situación; dicho de otro modo, hay que acompañarlo con tanta firmeza y rigor como solidaridad y compasión.
Scariolo nació en Brescia, en la región de Lombardía. Hijo de profesores de ciencias (matemáticas su padre; química su madre). Por ser educado en unos valores de pasión por el trabajo codificados con una alta intensidad en su personalidad, no es de extrañar que el mismo los haya asociado con una caracterología de ascendencia calvinista. En realidad, Lombardía, con su alta densidad industrial tan típica del norte de Italia, reunió cierto hálito concordante con la ética protestante que diagnosticó el sociólogo Max Weber, pero mayoritariamente se mantuvo fervientemente católica, lo que sin duda explica la enantiodromia del propio Sergio como entrenador y quizá como persona: el misterio químico que le permite unir polos opuestos y sintetizar en su propia mentalidad una dosis perfecta con la que resistir un estado de obsesión compulsiva por la perfección y el orden (síntoma de una insatisfacción permanente que frecuentemente lleva a las personas a la frustración y el enfado) que compensa con un semblante empático, descentrado de la soberanía del yo, por ello no le cuesta acoger al prójimo y hacerse cargo de su destino.



































En sus inicios acumuló mentores de la talla de Riccardo Sales y Valerio Bianchini, que le enseñaron el oficio mientras formó parte de sus equipos. Le abrieron la cerradura al brillo del baloncesto cotidiano y Scariolo solo tuvo que sublimar su caudal de energía libidinal para ir absorbiendo las lecciones que le transmitieron sobre gestión técnica del juego y psicología de los jugadores. Aquellos realistas de la canasta le brindaron una hoja de ruta para alcanzar su objeto de deseo: ¿cómo ser el mejor? Contemplado desde fuera del encuadre, parece que en su modo de liderar hay un lazo con la Beruf, una palabra alemana que designa la vocación sentimental por una profesión, pero con un matiz añadido: un sentido místico, como si ese goce por ser lo que uno hace en la vida, en realidad, estuviera predestinado, impuesto desde un lugar ajeno a tu voluntad, pero a la que uno no puede renunciar.
La evolución baloncestista de Scariolo ha sido como la de una Inteligencia Artificial que va ajustándose progresivamente hasta que los miles de piezas que forman el mecanismo engranan en una sola aguja humanista. El colectivo emerge como lo único importante al mismo tiempo que la auténtica recompensa es la forma ética con la que es buscada la meta. En sus éxitos con nuestra selección de baloncesto, no solo logró crear un refugio hogareño para todos los egos de nuestras estrellas, sino que a medida que algunas iban jubilándose, fue capaz de hacer un homenaje en carne al filme italiano, también de espíritu neorrealista, “La clase obrera va al paraíso” (1971), tal y como Sergio nos recuerda en su último libro “Mi amor por el baloncesto” (2022).

Con este ejemplo demostramos que las sendas del bresciano y del guionista nacido en Luzzara son complementarias. Sus huellas rezuman de un compromiso por impedir la alienación del individuo para despertarlo y hacerle participe de algo más importante que sus propias emociones egotistas y del anhelo de ser otro diferente a quién uno es realmente. Simbolizan un cruce entre el deber de cumplir con el trabajo bien hecho para superar lo mundano y la mirada tierna que capacita para encontrar la belleza hasta en lo que otros consideran un desecho o un pan amargo. La sentencia es firme: el talento se gana democráticamente.
La lección de liderazgo de Scariolo nos enseña a reconocer lo extraordinario que hay en las cosas ordinarias de un deporte tan complejo y atractivo como lo es la vida, lo que equivale a mirar el mundo con nuevos ojos. Tal y como Dante descifró en su “Vida nueva”, hay miradas que tiene la virtud de embellecer todo cuanto mira, lo cual equivale a decir que conducen a un amor en potencia, incluso allí donde no está. Así cristaliza la humildad necesaria para que los demás te sigan a la batalla.
Alberto González Pascual es profesor asociado de la URJC, ESADE y la Escuela de Organización Industrial. Es director de cultura, desarrollo y gestión del talento en PRISA MEDIA.
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