Por qué el pueblo más tranquilo del Ártico es hoy la mayor pesadilla de Trump y el gran sueño de China
Bajo los fiordos de Narsaq se esconde el tesoro que decidirá quién domina el futuro. Mientras Washington ofrece cheques en blanco y Pekín diseña caballos de Troya, una comunidad de pescadores inuit tiene en su mano la llave para decidir la nueva Guerra Fría.


Esta historia empieza en Narsaq, un pueblo del sur de Groenlandia donde viven apenas 1.300 personas. Un lugar de casas de colores, pescadores de fletán y un silencio que solo rompe el crujir del hielo. Pero Narsaq tiene un problema: está a los pies de una montaña llamada Kvanefjeld. Y esa montaña no es solo piedra; es un cofre que guarda el segundo depósito de tierras raras más grande del planeta y el sexto de uranio.
En 2018, los chinos decidieron que ese cofre iba a ser suyo. Y casi lo consiguen.
El caballo de Troya de Pekín
China no es de las que invade si puede conseguir lo mismo con inversiones. Su estrategia en Groenlandia fue de libro. Entraron a través de una empresa llamada Shenghe Resources, que se hizo con el control de Greenland Minerals, la compañía australiana que tenía los derechos de Kvanefjeld.
Pero los chinos no solo querían la mina. Llevaban varios años demostrando que querían la isla.

En 2016, la empresa china General Nice Group había intentado comprar la base naval de Grønnedal. Washington hizo sonar los teléfonos en Copenhague hasta que la venta se abortó. Preferían que una base siguiera vacía a que tuviera bandera china.
En mayo de 2018, Pekín lanzó un nuevo órdago. La empresa estatal CCCC se ofreció a financiar y construir tres aeropuertos internacionales en Groenlandia. Para un país que no tiene carreteras, tres aeropuertos son la diferencia entre el siglo XVIII y el XXI. Era una oferta que el gobierno groenlandés de entonces, liderado por el partido Siumut (los socialdemócratas que llevaban décadas mandando), vio con muy buenos ojos. Trump, que estaba en su primer mandato, llamó a Dinamarca. No fue una sugerencia, fue una orden: “O paráis esto, o tenemos un problema serio”. Copenhague, que no quería líos con su gran aliado, tuvo que poner el dinero de su propio bolsillo para construir esos aeropuertos, dejando a los chinos con la miel en los labios.
En 2019, Tele Greenland tenía que decidir quién gestionaría el cerebro de sus comunicaciones. Huawei ya estaba dentro, controlando la electrónica de la fibra óptica, y se disponía a dar el salto al 5G. En mayo, el Departamento de Estado lanzó una campaña global contra la marca. En diciembre, se anunció que el contrato se lo llevaría a empresa sueca Ericsson. Pocos meses después, EE. UU. anunció un paquete de ayudas de 12,1 millones de dólares para inversiones civiles en Groenlandia.

Toda esa actividad china provocó que Despacho Oval viviera en un permanente estado de nervios. Si China conseguía controlar todas las comunicaciones de la isla, controlaría el territorio. Habían tenido éxito parando todo ese plan, pero Washington sabía que no bastaba. China seguía sentada sobre el uranio de Kvanefjeld.
Por eso, en agosto de 2019, Donald Trump soltó la bomba: “Quiero comprar Groenlandia”. El mundo se rió de él. Le llamaron loco, ególatra y ridículo. Pero Trump no estaba loco; estaba aterrorizado. Sabía que si no compraba la isla, o al menos su voluntad, China acabaría siendo el dueño de facto de las materias primas que necesitan los cazas F-35 y los misiles americanos y tendría una base de operaciones gigantesca en el Atlántico Norte y el Ártico. Fue una oferta de compra agresiva para evitar una opa hostil de Pekín, que se podía convertir con un solo golpe de mano en actor principal en una zona del planeta que hasta hace muy poco parecía inalcanzable para China.
El volcán político de 2021
Aquí es donde la historia se vuelve de cine negro. Es importante recalcar que en este asunto era el parlamento de Groenlandia el que tenía la última palabra, y no Dinamarca. El gobierno groenlandés del Siumut estaba decidido a abrir la mina de Kvanefjeld. Necesitaban el dinero para ser independientes de Dinamarca. Les daba igual que el uranio fuera radiactivo o que China tuviera la llave.
Pero en el Ártico, el pueblo todavía tiene voz.

Apareció un joven político, Múte B. Egede, líder del partido Inuit Ataqatigiit (IA). Su campaña fue sencilla y brutal: “Uranio, no”. IA es un partido ecologista y de izquierdas, pero sobre todo es un partido que cree que la identidad inuit vale más que una mina china. Si se abría la mina, el polvo radiactivo habría volado directamente hacia los fiordos. En Groenlandia, el agua es sagrada porque de ella sale el 90% de lo que venden al mundo. Si el fletán negro o las gambas groenlandesas hubieran tenido un solo rastro de contaminación, la marca “Groenlandia” habría muerto. Habrían cambiado su futuro alimentario por una mina que, tras 20 años, solo dejaría un agujero y residuos para los próximos siglos.
El 6 de abril de 2021, Groenlandia fue a las urnas. No votaban sobre impuestos o carreteras; votaban sobre Kvanefjeld. Y el resultado fue un terremoto: el IA arrasó. El gobierno pro-mina del Siumut cayó tras décadas de poder y lo primero que hizo Egede al sentarse en el despacho fue prohibir la minería de uranio: “¿De qué sirve ser libres si no podemos comer lo que pescamos?”
Pekín acababa de perder su mayor apuesta en el Ártico. Y lo había hecho contra un grupo de pescadores y activistas que no querían que su fletán supiera a radiación.

Cambio político y partida de ajedrez
EE. UU. celebró la victoria de Egede solo a medias. Suspiraron aliviados porque China estaba fuera de momento, pero tenían que asegurarse de que ellos estaban dentro. Durante el gobierno de Biden, se pasó de la oferta agresiva de compra de Trump a una política de seducción silenciosa. Se reabrió el consulado en Nuuk que habían cerrado en los años 50. Enviaron a expertos a enseñar a los groenlandeses cómo abrir minas que no tuvieran uranio…
Desde que Donald Trump recuperó las llaves de la Casa Blanca, su obsesión por Groenlandia ha vuelto a ser una prioridad de seguridad nacional. Ya no pide “comprar” la isla como si fuera un casino en Atlantic City; ahora la define como un activo “necesario” para frenar a China y Rusia. La estrategia de Washington es de bloqueo por inversión. Es una partida de ajedrez donde EE. UU. no deja ni un centímetro de hielo libre para que Pekín ponga un pie. No es filantropía, es defensa propia.
El año pasado hubo un volantazo político que volvió a cambiar todas las fichas del juego. El 11 de marzo de 2025, Groenlandia fue a las urnas y el resultado fue un castigo severo a la parálisis económica. Múte B. Egede y su partido IA sufrieron un desplome histórico, cayendo a la tercera posición. El resultado del histórico Siumut fue aún más desastroso. El partido que quiso negociar con China, quedó cuarto con su peor resultado histórico. El pueblo inuit, cansado de ser “ecologista y pobre”, decidió cambiar el rumbo.
Hoy, quien manda en Nuuk es Jens-Frederik Nielsen, líder de los Demokraatit (Demócratas). Es un político joven, liberal y, sobre todo, pragmático. Nielsen no tiene la alergia de Egede a las minas; al contrario, sabe que si Groenlandia quiere ser algo más que una postal de hielo, necesita dinero. Y lo necesita ya. Su victoria ha sido el pistoletazo de salida para una nueva era de realismo ártico. Muchos en Washington creyeron que Nielsen era su hombre, el que abriría las puertas de par en par. Se equivocaron. Por ahora ha elegido el refugio estratégico de Copenhague. No por amor a Dinamarca, sino para usarla como escudo y negociar con Washington desde una posición de fuerza: quiere los dólares de Trump, pero no está dispuesto a entregar las llaves de la casa.
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La paradoja es amarga: los groenlandeses, que quieren mayoritariamente la independencia total, se están viendo obligados a abrazarse a Dinamarca para no ser engullidos por la “generosidad” de los Estados Unidos. Mientras tanto, China sigue al acecho, y Trump no ceja en su objetivo de que no quede ni un solo inversor que no hable inglés en lo que él considera su “patio trasero ártico”. El Paso del Noroeste, el “Canal de Suez” del siglo XXI, está en juego. Y en esta subasta, el que ponga el último ladrillo se queda con las llaves del reino. Trump lo sabe. Pekín también. Solo falta que los inuit decidan cuánto vale su silencio.
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