Sociedad

Ni Venezuela ni Cuba: el país americano que se declaró en “estado de guerra” contra EEUU y perdió el conflicto en 72 horas

Antes de Venezuela, Estados Unidos ya intervino militarmente para provocar el colapso de un régimen latinoamericano gobernado por un dirigente acusado de narcotráfico y que había perdido unas elecciones.

El presidente de Estados Unidos George Bush envió soldados a Panama para derrocar a Manuel Antonio Noriega.
jean-Louis Atlan
Mariano Tovar
Redactor Jefe de Especiales
Empezó a trabajar en AS en 1992 en la producción de especiales, guías, revistas y productos editoriales. Ha sido portadista de periódico, redactor jefe de diseño e infografía desde 1999 y pionero en la información de NFL en España con el blog y el podcast Zona Roja. Actualmente está centrado en la realización de especiales web e historias visuales
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La escena es tan insólita que parece inventada, pero tiene similitudes inquietantes con la actualidad. Mientras hoy miramos a Venezuela, conviene recordar que ya ocurrió antes algo muy parecido. El 15 de diciembre de 1989, la Asamblea Nacional panameña, controlada por el dictador Manuel Antonio Noriega, se declaró oficialmente en “estado de guerra” contra Estados Unidos. Cinco días después, a medianoche, comenzó la invasión estadounidense. En setenta y dos horas, la resistencia organizada se había desmoronado.

Noriega llevaba mandando en Panamá desde 1983, pero su relación con Estados Unidos venía de mucho antes. Durante años había sido colaborador de la CIA. Un hombre útil en la Guerra Fría, protegido por Washington mientras servía a sus intereses. En mayo de 1989, sin embargo, el sistema empezó a romperse. La oposición derrotó al régimen en las urnas con Guillermo Endara al frente y una ventaja aplastante. Cuando Noriega anuló las elecciones, los Batallones de la Dignidad salieron a la calle y atacaron a los líderes opositores. Las imágenes de Guillermo “Billy” Ford, candidato a la vicepresidencia, apaleado y ensangrentado ante las cámaras internacionales, dieron la vuelta al mundo. El viejo aliado se había convertido en un problema.

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El dictador panameño Manuel Noriega en una ceremonia conmemorativa de la muerte del héroe nacional Omar Torrijo.William Gentile

El detonante estalló la noche del 16 de diciembre de 1989, en uno de los lugares más sensibles de Ciudad de Panamá. Cerca de La Comandancia, el cuartel general de las Fuerzas de Defensa y corazón del poder de Noriega, un coche con oficiales estadounidenses vestidos de civil fue detenido en un control militar panameño. La presencia de tropas de EEUU en el país era legal. Estados Unidos controlaba el Canal y mantenía miles de soldados desplegados, pero la tensión llevaba semanas desbordada. El encuentro terminó mal. Cuando el vehículo intentó retirarse, los soldados panameños abrieron fuego. El teniente de marines Robert Paz, colombiano de nacimiento y ciudadano estadounidense, murió por los disparos. Washington interpretó el incidente como la prueba definitiva de que el régimen había perdido el control. Para George Bush, se había cruzado la línea roja.

La madrugada del 20 de diciembre, mientras Guillermo Endara juraba el cargo como presidente legítimo de Panamá, en una ceremonia improvisada y celebrada en instalaciones controladas por Washington, arrancó la Operation Just Cause. Para Estados Unidos, Endara era el ganador real de las elecciones anuladas meses antes y debía asumir el poder, un contraste evidente con lo que está sucediendo en Venezuela, donde Washington reconoció la victoria de la oposición en las elecciones presidenciales, pero, pese a haber apresado a Nicolás Maduro, no ha dado el paso de investir a los vencedores.

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Tropas estadounidenses desembarcan en Panamá durante la operación Just Cause en diciembre de 1989.Jason Bleibtreu

El plan militar resultó abrumador: más de 27.000 soldados y unos 300 aviones golpearon de forma simultánea una larga lista de objetivos clave. En apenas tres días, la resistencia organizada había sido derrotada y el país quedó bajo control.

El contexto venía de lejos. Noriega había sido acusado en 1988 por narcotráfico en Estados Unidos y se convirtió en un criminal reclamado por un gran jurado federal en Florida. Su relación con Washington estaba muy deteriorada desde 1985, cuando el opositor Hugo Spadafora fue secuestrado al cruzar la frontera con Costa Rica, decapitado y abandonado en un saco, un crimen político que marcó un antes y un después. Panamá tenía presidentes civiles, pero el poder real lo ejercía Noriega, jefe de las Fuerzas de Defensa, que forzó la caída de mandatarios incómodos para un régimen militar que gobernaba desde las sombras. George Bush justificó la intervención alegando la necesidad de proteger a los 40.000 estadounidenses que había en Panamá, defender la democracia, combatir la droga y garantizar los tratados del Canal. “Anoche ordené a las fuerzas de Estados Unidos entrar en Panamá… Ningún presidente toma esta decisión a la ligera”.

Ni Venezuela ni Cuba: el país americano que se declaró en “estado de guerra” contra EEUU y perdió el conflicto en 72 horas
Un soldado estadounidense avanza por Panamá a bordo de un tanque cubierto de grafitis. Estados Unidos invadió Panamá en 1989 para llevar al dirigente Manuel Noriega de vuelta a EE UU y que se enfrentara a cargos por crimen organizado, narcotráfico y blanqueo de dinero.Steven D Starr

El guion bélico dejó también varias escenas memorables. Una, digna de una película de operaciones especiales, fue Acid Gambit, una maniobra lanzada en las primeras horas de la invasión para rescatar al ciudadano estadounidense Kurt Muse. Muse, encarcelado por el régimen de Noriega tras dirigir una emisora ilegal contra la dictadura, estaba retenido en la Cárcel Modelo, en pleno centro de Ciudad de Panamá. Para sacarlo de allí, comandos de Delta Force aterrizaron de noche en la azotea de la prisión en pequeños helicópteros MH‑6, diseñados para inserciones urbanas. Durante la huida, uno de los aparatos de extracción se estrelló y la operación solo pudo completarse cuando un blindado estadounidense acudió a cubrir la retirada.

La otra es todavía más ruidosa. Cuando Noriega se escapó y pidió asilo en la Nunciatura Apostólica, el ejército estadounidense montó altavoces alrededor y empezó a enchufar un playlist que hoy sería meme: Van Halen (“Panama”), Kenny Loggins (“Danger Zone”), Billy Idol, The Clash… La presión psicológica funcionó. Tras diez días atrincherado, y bombardeado por música a todo volumen, Noriega se rindió el 3 de enero de 1990.

EEUU informó de 23 muertos y 325 heridos. Del lado panameño hay menos precisión: entre 200 y 300 combatientes y más de 300 civiles según recuentos conservadores, con estimaciones que suben hasta 500 civiles (ONU) o por encima del millar según organizaciones locales. El barrio de El Chorrillo se convirtió en la cicatriz más visible: incendios, desplome de viejos caserones de madera y familias enteras a la intemperie. Americas Watch criticó la proporcionalidad de los ataques en zonas densamente pobladas.

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Coches calcinados y edificios destruidos es todo lo que quedó en amplias zonas de Panamá tras la invasión estadounidense.Steven D Starr

La guerra trajo consigo dos postales opuestas. La primera: el fin de las Fuerzas de Defensa, Endara en la Presidencia y el proceso ya acordado para que Estados Unidos devolviera el control del Canal a Panamá en 1999, según los Tratados Torrijos–Carter. La segunda: una bronca diplomática monumental. El 29 de diciembre de 1989, la Asamblea General de la ONU aprobó una resolución que “deploraba profundamente” la intervención y la calificaba de violación del derecho internacional. La condena no pasó el filtro del Consejo de Seguridad por el veto de EEUU, Reino Unido y Francia.

El verdadero juicio a Just Cause no está en los primeros cinco días, sino en lo que vino después. Guillermo Endara gobernó hasta 1994 y, por primera vez en décadas, lo hizo sin generales detrás, con todas las debilidades de un país que salía de una dictadura y de una invasión, pero con elecciones, prensa y poder civil. En 1994 hubo alternancia y ganó el torrijista Ernesto Pérez Balladares, del PRD, y en 1999 Panamá recibió el Canal, tal como marcaban los tratados firmados veinte años antes. Desde entonces, el país ha tenido una democracia imperfecta, a ratos áspera, pero estable, sin cuartelazos ni tutelas militares.

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Eso no borra El Chorrillo, ni las víctimas civiles, ni la condena internacional, ni las preguntas incómodas sobre el uso de la fuerza. Pero sí deja un dato difícil de ignorar: Noriega cayó, la dictadura no volvió, Panamá tomó las riendas de su destino y la soberanía sobre el Canal.

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