Ni Groenlandia ni el Ártico: la isla que provocó la ‘Guerra del Whisky’ entre Dinamarca y el vecino más incómodo de EEUU
Canadá y Dinamarca mantuvieron durante décadas un conflicto sin disparos por una minúscula isla del Ártico groenlandés. En su lugar hubo notas manuscritas, schnapps, whisky y un ritual diplomático que convirtió una roca helada en la guerra más educada del planeta.


La guerra del Whisky no empezó con una botella, sino con una línea mal cerrada en un mapa. En diciembre de 1973, Canadá y Dinamarca firmaron un tratado para delimitar su frontera marítima en el Ártico. Querían repartirse la plataforma continental entre Groenlandia y la isla canadiense de Ellesmere, dejar claro quién podía explorar qué y, en el fondo, evitar problemas futuros. Todo quedó delimitado siguiendo una línea equidistante… salvo una cosa.
La isla Hans, un pedazo de roca de 1,3 kilómetros cuadrados, plantada en mitad del canal Kennedy, quedó fuera del acuerdo a propósito. La frontera llegaba hasta la orilla, se detenía, desaparecía sobre la isla como por arte de magia y reaparecía en la orilla opuesta para seguir su camino como si nada. No fue un olvido ni un descuido. Fue una decisión consciente: la isla estaba a la misma distancia de ambos países, nadie tenía argumentos incontestables para reclamarla y a nadie le parecía lo bastante importante como para discutirlo entonces. “Lo resolveremos más adelante”, vinieron a decirse.
Ese “más adelante” duró casi cincuenta años.

Durante un tiempo no pasó nada. La isla era inhóspita, no tenía población, ni recursos conocidos, ni valor estratégico aparente. Pero a principios de los años ochenta alguien empezó a mirarla con otros ojos. La compañía canadiense Dome Petroleum, interesada en el potencial energético del Ártico, comenzó a realizar estudios geológicos en la zona. No construyó edificios ni dejó instalaciones permanentes, pero sí hubo aterrizajes de helicóptero, toma de muestras y presencia reiterada sobre el terreno.
Era justo lo que Dinamarca necesitaba para inquietarse. En derecho internacional existe un concepto clave: la ‘ocupación efectiva’. No se trata de vivir allí, sino de demostrar que mantienes algún tipo de actividad. Para Copenhague, que una empresa canadiense se moviera con normalidad por la isla era una señal clara. Aquella roca que no importaba empezaba, de repente, a importar.
En 1984, el asunto dejó de ser académico y entró de lleno en lo simbólico. Tom Høyem, ministro danés de Asuntos de Groenlandia, voló en helicóptero hasta la isla Hans, clavó una bandera danesa y dejó como firma una botella de schnapps danés, un destilado seco y fuerte, la versión nacional del whisky. Junto a ella, una nota escrita con humor seco: “Welcome to the Danish island”.
Canadá respondió sin montar un drama, pero sin ceder ni un milímetro. Sus patrullas comenzaron a aterrizar de vez en cuando: arrancaban la bandera danesa, colocaban la canadiense y dejaban whisky como prueba de visita. Aquel gesto, improvisado al principio, se convirtió en un ritual. Cuando uno iba, el otro volvía poco después. Siempre con alcohol. Siempre con educación.
Así nació la guerra del Whisky, el único conflicto en el que las ‘armas’ eran botellas. Simon Marston, diplomático británico experto en fronteras árticas, lo resumió con ironía años después: “No llegaban para conquistar, sino para dejar constancia de que no habían olvidado el problema”.
El asunto se formalizó en 1995, cuando ambos países reconocieron oficialmente que la soberanía de la isla Hans estaba en disputa. Y, aun así, el tono no cambió. Un oficial danés bromeó diciendo que aquella roca era “el único sitio del Ártico donde siempre podías encontrar alcohol sin saber quién lo había dejado”. Lo curioso es que no hay constancia de que el ‘enemigo’ se llevara nunca las botellas rivales como botín cuando llegaba para clavar su bandera y dejar su propia bebida espirituosa. Todo lo contrario: el gesto estaba pensado precisamente para no cruzar esa línea. Beber la botella del otro habría pasado de símbolo a burla directa, algo que ambos gobiernos evitaron conscientemente. En la guerra del Whisky, incluso el alcohol tenía reglas.
En 2005, la guerra subió de temperatura si eso es posible en el Ártico. El ministro de Defensa canadiense, Bill Graham, aterrizó en la isla, posó para las fotos y reafirmó públicamente la soberanía canadiense. En Dinamarca respondieron con una protesta formal, aunque el primer ministro Anders Fogh Rasmussen se apresuró a añadir que “las guerras de banderas no tienen sentido entre países modernos”.

Y entonces ocurrió algo que define mejor que nada todo el conflicto.
En 2007, en plena guerra del whisky, científicos canadienses y daneses propusieron construir juntos una estación meteorológica en la isla Hans. Se trataba de una instalación pequeña, automática, de unos tres metros de altura, con sensores, paneles solares y baterías para sobrevivir al invierno ártico. Serviría para estudiar los vientos que empujan el hielo por el estrecho de Nares, una zona clave para entender el comportamiento del Ártico.
El proyecto fue aprobado por ambos gobiernos y lo lideraría el profesor Kent Moore, de la Universidad de Toronto. Cuando le preguntaron por la soberanía de la isla, fue claro: “Si tiene que hacerse de forma conjunta, perfecto. La ciencia va por delante. Ya decidirán los políticos de quién es la isla”. Sin embargo, el proyecto fue cancelado por problemas logísticos ese mismo año.
La guerra siguió dormida durante años, sin escalar nunca. El mundo, mientras tanto, empezó a cambiar. El deshielo convirtió el Ártico en una región estratégica, las rutas marítimas comenzaron a atraer atención y aquel punto ridículo del mapa dejó de ser tan irrelevante. En 2022, por fin, Canadá y Dinamarca cerraron el asunto.
El acuerdo de paz fue tan elegante como lo había sido la guerra. Dividieron la isla por la mitad. Canadá se quedó una parte; Groenlandia —y por tanto Dinamarca—, la otra. Canadá obtenía así su primera frontera terrestre con Europa. Y para celebrarlo, los ministros intercambiaron botellas del tradicional schnapps Gammel Dansk y whisky de arce Sortilège. No podía ser de otra manera.
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La guerra del Whisky no dejó muertos ni héroes. Dejó algo más raro: la sensación de que, incluso en política internacional, a veces basta con paciencia, humor… y no pasarse con el alcohol.
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