Las personas que mantienen la alegría y jovialidad pasados los 70 años tienen estos seis hábitos, según la psicología
Estas personas no han detenido el tiempo, han aprendido a vivirlo con tanta plenitud que el tiempo, simplemente, se ha vuelto su aliado.


En un mundo obsesionado por las cremas antiedad, las rutinas de gimnasio, las pastillas como remedio para todo, hay un grupo de personas que parecen haber descubierto un secreto más profundo. No se trata de genética privilegiada ni de tratamientos milagrosos. Son hombres y mujeres que, incluso pasados los 70, irradian una luz serena, una energía contagiosa, una juventud que no se mide en arrugas, sino en actitud.
La psicología ha empezado a ponerle nombre a lo que muchos intuían: hay hábitos cotidianos que no solo alargan la vida, sino que la embellecen desde dentro. Aquí, los ocho pilares que comparten quienes envejecen con gracia, alegría y plenitud.
No huyen del estrés: lo transforman
El estrés no es el enemigo, sino la forma en que lo enfrentamos. Estas personas no viven en una burbuja de calma, pero sí han aprendido a replantear los desafíos como oportunidades. Practican la reevaluación cognitiva: ven los problemas como pasajeros, manejables, incluso como maestros. Y eso, según la ciencia, reduce el cortisol, la hormona que acelera el envejecimiento.
Tejen redes, no solo recuerdos
La soledad envejece más que el tabaco. Por eso, quienes brillan a los 70 cultivan la conexión como un jardín: llamadas a viejos amigos, paseos con vecinos, tardes de coro o lectura. No lo hacen por llenar el tiempo, sino por llenarse de vida. La comunidad es su vitamina diaria.
Se mueven con suavidad, pero sin pausa
No levantan pesas ni corren maratones. Pero bailan, caminan, hacen yoga o jardinería. El movimiento no es castigo, es placer. Y eso crea coherencia: cuando el cuerpo se mueve con alegría, el hábito se mantiene. El resultado es movilidad, energía y una postura que no se encorva ante los años.
Conservan la curiosidad como un tesoro
Hay algo mágico en una persona mayor que aún hace preguntas, que se maravilla, que aprende. La apertura a la experiencia mantiene el cerebro joven y el corazón despierto. Leen, exploran, prueban. No viven en el “siempre fue así”, sino en el “¿y si…?”. Y eso los mantiene vivos por dentro.
Agradecen incluso respirar
No hacen grandes discursos de gratitud. Pero cada día, en pequeños gestos, agradecen: una taza de café, una conversación, un atardecer. La gratitud, dicen los psicólogos, reconfigura el cerebro hacia la abundancia. Y eso se nota: en la mirada serena, en la sonrisa fácil, en la paz que transmiten.
Duermen como si fuera sagrado
Mientras el mundo glorifica el estar ocupado, ellos glorifican el descanso. Protegen su sueño como un bien preciado. Porque saben que sin él, el cuerpo se apaga y la mente se nubla. Dormir bien no es un lujo: es su ritual de juventud.
Ríen. Mucho. Y a menudo.
La risa no es solo alegría: es medicina. Reduce el estrés, fortalece el sistema inmune, une a las personas. Los ancianos radiantes no han perdido el sentido del humor. Al contrario: lo han afinado. Se ríen de sí mismos, de la vida, con otros. Y eso los ilumina.
Viven con propósito, no solo con rutina
No se levantan por inercia. Tienen motivos. Un nieto, un proyecto, una causa, una planta que cuidar. El propósito da dirección, sentido, impulso. Y eso, más que cualquier crema, es lo que les da ese brillo inconfundible.
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Envejecer no es una condena. Es un arte. Y como todo arte, requiere práctica, intención y amor. Estas personas no han detenido el tiempo. Han aprendido a vivirlo con tanta plenitud que el tiempo, simplemente, se ha vuelto su aliado.
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