Sociedad

Las once bombas atómicas que Estados Unidos ha perdido por todo el mundo y que nadie sabe dónde están

Según la documentación existente, el ejército estadounidense ha perdido casi una docena de bombas nucleares, pero algunos analistas sugieren que podrían ser más: “Todavía hay muchas cosas que no sabemos sobre el programa de armas nucleares, y probablemente nunca las sabremos.”

Un cartel rememora el accidente nuclear de 1961 en Goldsboro, Carolina del Norte.
Mariano Tovar
Empezó a trabajar en AS en 1992 en la producción de especiales, guías, revistas y productos editoriales. Ha sido portadista de periódico, redactor jefe de diseño e infografía desde 1999 y pionero en la información de NFL en España con el blog y el podcast Zona Roja. Actualmente está centrado en la realización de especiales web e historias visuales
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En esta vida, todos perdemos cosas, y a veces cosas que nos parecen muy importantes. Un bolígrafo, las llaves, el móvil… Pero cada uno pierde en función de sus posibilidades y en EE. UU. saben mejor que nadie lo que es perder a lo grande. A día de hoy, tienen hasta ¡once bombas atómicas! perdidas. Algunas de ellas están más o menos localizadas, y podrían aparecer, pero el riesgo de provocar una fuga radiactiva o un accidente durante su recuperación es lo bastante alto como para que hayan preferido no buscarlas. Además, el número podría ser aún mayor según Stephen Schwartz, experto en seguridad nuclear: “El gobierno de EE. UU. nunca ha sido completamente transparente sobre el número y el destino de sus armas nucleares perdidas”. “Todavía hay muchas cosas que no sabemos sobre el programa de armas nucleares, y probablemente nunca las sabremos.”

El caso más mediático sucedió en Tybee Island, en la costa de Georgia (EE. UU.) y a escasos 30 kilómetros de Savannah. El 5 de febrero de 1958, un bombardero B-47 y un caza F-86 chocaron en el aire durante unas maniobras nocturnas. El B-47 transportaba una bomba termonuclear Mark 15 de 3.400 kg. El comandante del B-47 intentó un aterrizaje de emergencia y le concedieron permiso para librarse de la bomba. La soltó a 2.200 metros de altitud sobre la bahía de Wassaw Sound, una zona relativamente pequeña y de aguas poco profundas en la que parecía sencillo recuperarla. La Marina y la Fuerza Aérea rastrearon durante dos meses sin éxito una zona de 40 km2 y fueron incapaces de encontrarla. En abril, el gobierno se rindió y declaró la bomba como irrecuperable.

En 2004, Derek Duke, teniente coronel de la Fuerza Aérea retirado, organizó una búsqueda privada de la bomba. No la encontraron, pero sí detectaron un punto con niveles elevados de radiación. Supusieron que se encontraba ahí, bajo varios metros de sedimento. Sin embargo, el Departamento de Energía de EE. UU. afirmó que esos niveles elevados eran naturales y no tenían nada que ver con la bomba, que sigue en paradero desconocido.

Las once bombas atómicas que Estados Unidos ha perdido por todo el mundo y que nadie sabe dónde están
Una de las dos bombas que cayeron sobre Goldsboro, Carolina del Norte. Quedó enganchada a un árbol y no detonó porque falló un interruptor.

A un cable suelto de la hecatombe

Aún más grave fue el caso del B-52G que se desintegró en pleno vuelo mientras transportaba dos bombas termonucleares Mark 39 de 3,8 megatones sobre Goldsboro, Carolina del Norte, el 24 de enero de 1961. Cinco de los ocho tripulantes sobrevivieron, pero las bombas cayeron al suelo. Una quedó sumergida en un lago de fango y la otra abrió su paracaídas y quedó colgada de un árbol. Aunque toda la historia parezca desastrosa, el resultado final fue milagroso. Tres de los cuatro sistemas de seguridad de la bomba del árbol no funcionaron, y no estalló porque dos cables de un interruptor de bajo voltaje fallaron al conectarse. Si hubiera funcionado correctamente, se habría producido una explosión 260 veces mayor que la bomba de Hiroshima en una zona muy poblada de EE. UU.

Los problemas no terminaron ahí. Se recuperaron elementos de la bomba que se hundió en el fango, pero la mayor parte quedaron sumergidos. El gobierno compró los terrenos, los cercó y decidió no excavar para recuperar el resto por el peligro de dispersar material radiactivo. Y hasta hoy, ahí sigue, a varios metros de profundidad, sin que nadie se atreva a intentar recuperarla.

Las once bombas atómicas que Estados Unidos ha perdido por todo el mundo y que nadie sabe dónde están
La parcela de terreno contaminada por el accidente nuclear en Palomares continúa hoy en día vallada y con carteles de prohibido el paso. Los niveles de radiación siguen siendo altos, aunque por debajo de los límites permitidos para el ser humano.Europa Press News

La operación Chrome Dome

Entre 1960 y 1968 los Estados Unidos pusieron en marcha una serie de operaciones conocidas como Chrome Dome. Consistían en vuelos continuos de bombarderos estratégicos B-52 armados con bombas nucleares. Patrullaban cerca del espacio aéreo soviético para garantizar una respuesta inmediata en caso de ataque nuclear. El programa se suspendió después de varios accidentes graves. El primero sucedió en Palomares, España, el 17 de enero de 1966. Un B-52 colisionó con un avión cisterna y dejó caer cuatro bombas nucleares B28. Dos impactaron en tierra y sus explosivos convencionales detonaron, esparciendo material radiactivo por toda la zona. Una tercera cayó intacta a tierra y fue recuperada sin daño. La cuarta cayó al mar y fue localizada a 300 metros de profundidad a principios de febrero. Durante la recuperación, se soltó del cable debido al peso del paracaídas desplegado bajo el agua y volvió a caer, pero esta vez a 870 metros de profundidad. Después de una operación casi de ciencia ficción para la época, fue recuperada el 7 de abril.

El segundo accidente de Chrome Dome ocurrió en Thule, Groenlandia, el 21 de enero de 1968. Un B-52G se estrelló sobre el hielo de la bahía de North Star y tres de sus cuatro bombas sufrieron explosiones convencionales que destruyeron sus componentes nucleares y dispersaron material radiactivo en toda la zona. Sin embargo, la cuarta bomba nunca apareció. Nadie sabe si cayó al fondo o quedó atrapada en el hielo, y podría aparecer algún día dentro de un iceberg.

Las once bombas atómicas que Estados Unidos ha perdido por todo el mundo y que nadie sabe dónde están
Aviones y helicópteros descansan sobre el portaaviones Ticonderoga.Dean Conger

El avión que no echó el freno

Varios de los sucesos siguen clasificados o sin confirmación oficial. La mayoría son accidentes en distintos mares, Ártico, Mediterráneo, Pacífico… en los que no se recuperó la bomba. Hay algunos especialmente enigmáticos. Según el análisis de expertos, basados en la poca documentación revelada, uno de ellos sucedió en los años 60 dentro de EE. UU. Una bomba cayó a tierra y no pudo ser recuperada por el riesgo de la operación, pero el lugar no es público y toda la información sigue estando clasificada. Hay un caso aún más opaco, que se mantiene altamente clasificado. Se especula con que esté relacionado con operaciones encubiertas o fallos graves de seguridad, pero sin pruebas públicas de ello. Es mencionado en documentos del Departamento de Defensa de EE. UU. pero sin especificar más información.

Y por mencionar el caso más ridículo, el 5 de diciembre de 1965 un Douglas A-4E Skyhawk cargado con una bomba termonuclear B43 de 1 megatón estaba siendo trasladado desde su hangar hasta el ascensor número 2 del portaaviones USS Ticonderoga. Por un descuido, el avión siguió moviéndose lentamente mientras la tripulación hacía señales al piloto, el teniente Douglas M. Webster, para que frenara. Lamentablemente, no entendió lo que le intentaban decir y el avión terminó cayendo por la borda. Piloto, avión y bomba acabaron en el fondo del mar de Filipinas a 4.900 metros de profundidad y jamás fueron recuperados. El incidente tuvo lugar a poco más de 100 kilómetros de la costa de Japón, que presentó una protesta diplomática a EE. UU. por la presencia de armas nucleares en aguas cercanas a su territorio.

Según Jaya Tiwari, investigador del Center for Defense Information de Washington: “Algunos de estos accidentes fueron más peligrosos de lo que podría sospecharse”. En la actualidad, existen 12.241 ojivas nucleares documentadas en el mundo. Crucemos los dedos para que nadie vuelva a perder ninguna, porque si extraviar las llaves ya es un problema, perder una bomba nuclear debería ser, como mínimo, imperdonable.

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