Las 627 ‘Donut Dollies’ que lucharon por la cordura en la Guerra de Vietnam: “Habla, lo que sea. Solo... habla”
No eran soldados ni enfermeras, pero su misión era la más difícil: sonreír por contrato en mitad de una masacre. Solo 627 mujeres bajaron de los helicópteros con un tablero de Monopoly bajo el brazo para intentar salvar el alma de medio millón de hombres.


Peggy Kelly siempre decía que no recordaba su primer mortero, pero sí la primera vez que un soldado le suplicó que hablara. El chaval tenía 19 años y los ojos vacíos. No quería bromas, ni juegos, ni propaganda. Solo quería escuchar una voz que no fuera la guerra. “Llevo semanas sin oír a una mujer”, le confesó. “Habla, lo que sea. Solo… habla”. Esa frase explica mejor que cualquier parte de guerra quiénes eran las Donut Dollies.
Su historia comenzó con unas mujeres del Salvation Army que freían donuts en cascos de acero en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Aquellas pioneras se llamaban Donut Lassies, y su misión era tan básica como importante: recordar a los soldados que todavía quedaban cosas por las que merecía la pena vivir. Pero el apodo “Donut Dolly”, tal y como lo conocemos, nació en 1942, cuando la Cruz Roja convirtió viejos autobuses británicos en clubmobiles. Estaban equipados con máquinas de café, freidoras de donuts, periódicos y un fonógrafo que sonaba a hogar en mitad de la Europa bombardeada. Fue entonces cuando las voluntarias americanas fueron bautizadas como Donut Dollies de forma cariñosa. El nombre se quedó pegado para siempre y sus donut no eran un desayuno, sino un salvavidas.
En Vietnam, el nombre se les quedó pequeño. Las antiguas cocineras se convirtieron en un cuerpo de élite de la empatía formado por solo 627 mujeres para un ejército de medio millón de hombres. La escena se repetía, y parecía de ciencia ficción: un helicóptero Huey bajaba entre el barro y el humo de una base perdida en Vietnam y, de repente, aparecían ellas. Dos mujeres jóvenes con un vestido azul celeste impecable, cargando tableros de Monopoly en una selva que se estaba tragando un país entero.

Peggy Kelly, que venía de las marchas pacifistas de la universidad, aterrizó en Tuy Hoa y entendió que el truco no estaba en los juegos, sino en la presencia. Contaba que había soldados que llamaban todos los días a la grabación telefónica del comedor solo para escuchar una voz femenina. Era “gasolina emocional” para hombres que habían olvidado lo que había más allá de la jungla. Pero por el camino, el corazón de ellas se destrozaba. “Uno no va a Vietnam para salir igual”, decía Peggy. Tras la guerra, muchas sufrieron el mismo estrés postraumático que los soldados, mientras que la sociedad las trataba como si hubieran estado un año de vacaciones.
Vestir el uniforme azul celeste no era sencillo. La Cruz Roja y el Pentágono las seleccionaban con lupa: jóvenes, solteras, universitarias y, sobre todo, capaces de mantener una sonrisa incluso cuando todo alrededor se derrumbaba. Una de ellas lo resumió sin florituras: “Nuestro trabajo era sonreír y ser burbujeantes durante un año entero, pasara lo que pasara”. No importaba que acabaran de ver cómo bajaban a un amigo en una bolsa de plástico de un helicóptero; su contrato las obligaba a sonreír. Su imagen, comportamiento y presencia eran esenciales. Tenían prohibido tener citas. Tampoco podían usar jerga militar, ni llevar armas para defenderse. Eran actrices de una obra de teatro en mitad de un incendio. Peggy recordaba la noche que recibió dos cartas que dos soldados habían preparado para sus mujeres por si no volvían. Al día siguiente, los dos estaban muertos.

Debbie Alexander se pasó meses saltando de base en base en helicóptero, acompañada muchas veces por un piloto llamado Doug Moore. Años después, cuando Moore participó en un acto del Memorial de Washington, una mujer le tocó el hombro: “Hola, Mayor Moore. Soy Debbie, ¿te acuerdas de mí?”. Él no necesitó pensarlo. Se acordaba de cada vuelo, de cada silencio. Y le confesó que el azul del vestido de Debbie fue lo único que le había mantenido cuerdo a los mandos del helicóptero.
El azul celeste no las protegía de la muerte. Tres de las 627 se quedaron para siempre en el suelo de Vietnam: Hannah E. Crews falleció en un accidente de jeep en Bien Hoa; Lucinda J. Richter fue devorada por una enfermedad fulminante en la selva; y Virginia “Jenny” Kirschke fue asesinada a puñaladas por un soldado estadounidense en su propio barracón en Cu Chi. El peligro no siempre venía del otro lado del río; a veces el horror estaba dentro del propio campamento.
Durante la Ofensiva del Tet de 1968, Nancy Smoyer tuvo que correr hacia un búnker mientras los morteros destrozaban su barracón, solo para enterarse poco después de que su hermano, un Marine, acababa de morir en el frente. Camilla Meyerson, por su parte, se sentaba en los hospitales de evacuación a escribir cartas para heridos que ya no tenían manos. Eran una familia improvisada en un mundo de huérfanos.

Terry Farish siempre repetía con ironía: “Nunca vi un donut en Vietnam. Una vez hicieron coffee cake. Eso fue lo más parecido". Ella y sus compañeras del 25ª de Infantería hacían concursos de “Jeopardy” en bases rodeadas de minas porque la risa era la única forma razonable de no romperse.
Cuando los últimos helicópteros despegaron de Saigón en 1972, el programa de las Donut Dollies se cerró para siempre. Habían dejado de tener sentido en un mundo que estaba cambiando demasiado rápido. Aquella idea de enviar a universitarias solteras para animar a las tropas en mitad de una escabechina era un anacronismo. La sociedad ya no aceptaba que el papel de la mujer en la guerra fuera sonreír por contrato para que los hombres no se rompieran.
Además, el propio ejército mutó. Las mujeres dejaron de ser ‘invitadas’ recreativas para integrarse en la estructura militar con rango, uniforme de combate y armas. Ya no hacía falta que nadie bajara de un Huey con un tablero de Monopoly para humanizar el frente; las mujeres eran las que pilotaban el Huey o dirigian el hospital de campaña.
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